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lunes, 1 de diciembre de 2008

Yo toqué la guitarra de Billy Corgan

Ya salió la tercera edición de la revista Ojo, editada por la estudiante universitaria más hermosa entre todas las madres, y viceversa: Verónica Ruiz del Vizo. Ajá, sí, mi esposa. ¿Y? La publicación se hace con la colaboración de un poco de chamos que trabajan por gusto y el resultado es contundente: 90 páginas de buenas lecturas y el diseño marca Negro TM. Producen eventos pequeños y mueven gente para bailar sin música, para beber, para comer pescado crudo... tema de otro post. Acá leerán una crónica de esa tercera edición, escrita en primera persona por Korangel Bueno. Salud.



Luego de haber paseado la tarde de aquél primero de agosto del 98 en Lord & Taylor, mi tía y su amiga Nitia se dieron cuenta de que ya era hora de volver a casa: a las ocho de la noche acompañarían a mi prima Gauri al concierto de una de las bandas del momento; The Smashing Pumpkins, en el Radio City Music Hall. Apenas llegamos, me obligaron a tomar el baño más rápido de mi vida. Vista la emoción y la expectativa que despertaba el evento, me vestí estrenando una camisa.

Tomamos un tren rumbo a Manhattan. Cuando atravesamos la entrada del Radio City, ya había comenzado el concierto. Según mi prima, iban por la tercera canción. Nuestros asientos quedaban lejos de la tarima, en la fila N. Yo sentía una emoción inexplicable, pero no entendía por qué; después de todo, no conocía tanto a la banda y era la primera vez que los veía en acción, aunque sí sabía de la existencia de Billy Corgan, gracias a Gauri, mi prima. Ella lo amaba con locura, coleccionaba sus fotos, le reservaba los portarretratos más costosos y los mejores espacios de su cuarto, se sabía su vida entera, y ni hablar de los CD… los tenía todos.

Sin embargo, ahora que lo pienso, me resulta curioso que me hablara tan poco de sus discos ese día. Comienzo a creer que, a propósito, quería dejar todo a mi criterio.

En pleno concierto Gauri sacó lápiz y papel –no sé de dónde– y comenzó a escribir algo parecido a una carta, con una letra espantosa y grande, apoyándose en sus rodillas. Yo la observaba mientras disfrutaba el espectáculo. Me dio su misterioso escrito y me empujó hacia adelante, cada vez más cerca de la tarima, para buscar alguna forma de dársela a Billy. Sí, Billy es Billy Corgan. Bajé por un largo pasillo sin preguntar, entre un montón de gente y bastante confundida. Me detuve algunos minutos a observar, hasta que me habló una mujer uniformada. Yo no entendía lo que me decía. Mi prima se acercó. Hablaron. No sé sobre qué, pero fue tan determinante que la mujer me puso en primera fila. ¡Podía tocar la tarima y veía a los Smashing tan perfectamente que no lo podía creer! Al rato le permitieron a mi prima estar junto a mí.

Ya estaba terminando el concierto y Gauri me gritaba al oído que saltara, que le mostrara la carta a Billy, que se la diera. Yo estaba cansada de tanto brincar, pero seguí intentando. Finalmente, lo increñible: Billy me vio e hizo algunas señas.

No esperé más de tres canciones, Billy estiró su brazo para “tomar la carta”, pero me llevó con todo y papel hasta la tarima. Fue tan rápido que no tuve tiempo de pensar en lo que estaba sintiendo. Me colgó su guitarra eléctrica, que me llegaba casi a los tobillos, la ajustó y me dio su uña. Sí, su uña. Levanté la cara hacia al público y sonreí de tal manera que me dolían los cachetes. Vi a mi prima que me gritaba “tócala, tócala, tócala, tócala. Muévete, muévete, muévete”. Comencé a tocar como si supiera las melodías. Al mismo tiempo, Billy subía a otras personas del público para que tocaran el bajo de D’arcy, la guitarra de James Iha y la batería de Jimmy Chamberlin. El salón se caía. El público estaba eufórico. Los que estábamos arriba, ¿cómo describirlo? Moríamos mientras hacíamos un escándalo.

Lean a continuación: Los Smashing Pumpkins se despidieron dejándonos cerrar el espectáculo. Se acercó a mí un hombre enorme que tomó la guitarra, y me dejó la uña de Billy, y también una de D’arcy. Gauri, mi prima, me ayudó a bajar del escenario. Estaba como loca de la alegría. Le di la uña de Billy y caminamos para salir del lugar.

Estábamos buscando a nuestras madres para irnos cuando se nos acercó un chico con una radio en la mano, y le habló a mi prima. Yo, sin entender, sólo observé los gestos de shock y emoción de Gauri. Su boca abierta. Le pregunté qué pasaba y me contestó que Billy Corgan quería vernos y que el chico nos llevaría con él. Caminamos por la calle hacia una puerta lateral del Music Hall; la gente nos veía y gritaba. Subimos por un ascensor y llegamos a un piso iluminado, lleno de gente. El chico nos dejó en el cuarto donde Billy nos recibió calurosamente, habló un rato con mi prima, que se reía nerviosa y decía de todo. Yo atendía en silencio. De repente, D’arcy me pasó por un lado con su blusa negra transparente, y me impresionó mucho.

Billy habló con nosotras. Mi prima le contó algo sobre mí porque ambos me vieron y él se agachó para decirme “hola”, colocando sus manos en mis hombros; yo seguía sonriendo. Quisimos tomarnos fotos, pero la cámara de Gauri se atoró. Algo tenía que salir mal, dijo suspirando en perfecto castellano. Billy nos firmó autógrafos en varias hojas e intentó decirme frases en español. Luego nos despidieron amablemente y salimos del edificio. Nuestras madres nos recibieron desesperadas, haciéndonos millones de preguntas.

Compramos camisas del concierto a un inválido que estaba en la calle, y un chico se nos acercó prometiéndonos que nos vendería un video del show, grabado por él. Le pedimos su teléfono y al mes tuvimos el material prometido, que junto al autógrafo de Billy, el ticket de entrada, la uña de D’arcy y unas fotos que incluía el video, se suma a las pruebas. Todo fue real.

Sobre la carta, a estas alturas desconozco si Gauri especificó quién la había escrito, pero lo cierto es que una pequeña venezolana de tan sólo once años fue el gancho perfecto para sensibilizar el lado humano que caracteriza a Billy Corgan: el texto, escrito en primera persona y dirigido a él, decía que “tenía cáncer, que el sueño de mi vida era conocerlo y que había acudido de muy lejos sólo para poder verlo”.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

23 N

+ + +

Iba a escribir un comentario vacío sobre los resultados de las elecciones del pasado domingo 23 de noviembre, alguna anécdota recreada en aquél trompito de apuestas tan de moda en los ochenta que tenía seis caras (Toma uno, Toma dos, Pon uno, Pon dos, Toma todo, Todos ponen). Mi conclusión: que los jugadores, después de caer la perinola hexagonal en "Todos ponen", casi siempre leían "Toma todo". Y que ese mismo impulso (ese deseo disfrazado de error) se refleja ahora en eso que llaman "el electorado", quien –una vez más– se autoengaña pensando que ahora sí, "algo" va a cambiar. O peor, "a mejorar".

También iba a escribir algo sobre las golpizas adolescentes en las que uno se fajaba "de caballero". Como sabrán, en esas batallas, luego de terminar con un ojo morado y la trompa rota, los que peleaban se iban pensando en los golpes que debieron lanzar y esquivar, mientras sus seguidores, que gritaban a un lado durante la coñaza, siempre comenzaban un nuevo debate para exigir el reconocimiento de su gallo. Así, lo importante no era haberle partido la jeta al otro, sino lo que opinara la gente que había visto la vaina.

Pero, por los momentos estoy muy ocupado haciendo patria en mi casa y aquí hay un buen análisis sobre estas elecciones, así que se quedarán con las ganas de leer mis inmejorables reflexiones.

Salud.

martes, 30 de septiembre de 2008

Diario. 2999


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Texto escrito y enviado por Juan Carlos Eurea.





11/I
En alguna calle de Catia, Caracas. 6:30 pm, nubes, vientos suaves.

No es de noche aún, la luz del sol se apaga como el eco de un mal pase. Voy caminando y veo rostros que muestran más que el sucio acumulado durante el día. Un sentimiento de profundo pesar consume a los hombres de bien. A tus amigos, Balzac, los burgueses.

Pareciera que en las sucias calles se bañan los perros y luego viene la gente a verse en el reflejo de las charcas. Hay unos vagabundos que se pelean por un rincón limpio de un nuevo edificio. Pelean encarnizadamente hasta que uno de ellos pierde y saca su cuchillo, buscando la manera de enterrarlo en el abdomen de su contrincante de turno. Pasa todos los días. Siempre llega la muerte. Incluso para mí. Pensando en esto, pongo a sonar “Corporal Clegg” y espero a que caiga alguien que será devorado por quienes aún viven, la carne de alguien que acaba de morir es tierna, jugosa y calida y esponojosa. Un trozo de carne, para traficarlo y así salvar el día, o ganar algún favor, o para algún rito que abra cualquier umbral que dé a las calles actuales donde el pulso empieza a calmarse y las cadenas que chillan al ser arrastradas por el suelo ya no me recuerdan mi presidio, pues el ruido logra disimular y un largo eco que no puedo distinguir; hasta que las luces de un Galaxie 500 color rojo me escandila, mientras el chofer, que ha clavado los frenos, saca la cabeza por la ventana y comienza a insultarme y yo no entiendo nada y no veo un carajo. Me falta oxígeno. Paso por un callejón, veo unas siluetas, me acerco un poco. Una pareja de homosexuales, uno de ellos arrodillado, lamiendo la verga de quien está de pie y recostado sobre una pared que tiene un afiche que tiene una foto del papa Benedicto. Me pareció que se había tragado el semen, el otro sumergido en su orgasmo. Paso. No me ven. La vagina de Stefi. Su maldito sabor. Salada. Sanguínea. Ese sabor húmedo, de un gusto… prefiero olvidarlo todo y seguir caminando, caminando, caminando. Olvidar la frenética carrera al olvido y la nada. Prefiero concentrarme en la avenida Rómulo Gallegos.

11/I Urbanización Altamira, Av. Rómulo Gallegos. Casa Rómulo Gallegos. 8:42 pm, no hay brisa, cielo despejado.

En el CELARG hay una maldita presentación de libros. Voy acercándome. Comienzan a reconocerme, o más bien, pensar que soy alguien conocido; aunque ninguno podría decir a quién les recuerdo. Mejor. Los periodistas y sus bayonetas. Nadie ha podido matarme. Me decepciono. Sigo caminando. Me invade una inconmensurable; pero tranquila arrechera, que me obliga a clavar la mirada en el suelo y evitar, en lo posible, establecer alguna clase de contacto. Soy un soldado sin guerra y escupo fuego. Veo un televisor donde sale un video de música donde aparece, no sé, creo que Julieta Vanegas, y tiene sus manos extendidas y de ellas salen mariposas y flores que se me antojan girasoles y me río, pues no puedo concebir nada más gay que eso, incluso, es una imagen cursi, propia para cualquier chica que sigue creyendo que el amor, al menos lo que ella cree que es el amor, existe.

12/I El Trasnocho. Recital de… 8:15 pm Acaba de llover, brisa fría.

Estoy sentado, en una mesa grande, un panel, lleno de gente que reconozco pero prefiero no darme cuenta que estoy aquí con estas personas. Nadie se ha dado cuenta; pero me he puesto mi iPod, nuevamente, donde escucho “The Celebration of Lizard” me doy cuenta de que me duelen los riñones. Estoy enfermo. Mi doctora me ve y se lee en su expresión: “este jovencito ya está bien jodido”. Me bebo la copa de agua. Necesito una cerveza. Necesito comer. Estoy vencido, así que me entrego a lo que sea que se esté dando. Después de todo, debo cumplir con lo que vine hacer, es decir, leer unas cuartillas que he compuesto en alguna madrugada hace como quince días. La gente parece luciérnagas que iluminan nuestros egos ya inflados. Siento la cicatriz de mi pecho, no la toco; sólo la percibo. Recuerdo el hospital de campaña. Tan oloroso a sangre y pólvora. El olor a muerte. ¡Carajo! En las batallas, sí que me sentía vivo! Deseo que amanezca, a pesar de que ni siquiera son las ocho. Gaby llega y se sienta atrás. Me siento apoyado. Al fin llegó la caballería. La Valkiria. Me anuncian y no veo a ninguna parte, y aplauden, y comienzo a leer y me concentro en leer, nada más importa.

Uno de esos fantasmas salen a decir lo que siempre dicen y me ordena que haga literatura, que escriba “cosas literarias”, mi respuesta es simple <¿y qué rayos será eso?> porque todo lo que era la literatura, todo lo que se conoce como literatura, se ha ido, ha desaparecido. Se ha esfumado en su manto de poéticas, estéticas, de discursos y disertaciones que nadie entiende y que a nadie le importa, de “cuidado con lo que dices”, de respeto al lector, de sujetos postmodernos problematizados tratando de de quebrar o imponer algo que apenas puede concebir. Como tengo mis propias palabras, soy mi propio centro. Escribir se ha convertido en un vuelo que se prolonga con la misma crueldad de un muro infinito.

Entonces me pongo a pensar en que uno de mis reiterados pensamientos matutinos es que quizá mi tiempo en este mundo ya se agotó. Cada día que pasa es un regalo, una ofrenda de libertad, entonces pienso que me duermo sintiendo que mis manos se abren como las nubes. No me doy cuenta y ya ha terminado esta tertulia. Me invade cierto pánico porque no sé qué más dije, sobre todo me asusta ver la cara de una chica a la que me gustaría invitarle una botella de sake y ver qué pasa. Mi Mont Blanc, pesa, me recuerda que estoy firmando autógrafos y le pido el nombre y ella me dice > y me pregunto si es la misma jeva que salía con mi amigo Ernesto, lo que pasa es ando con Gaby (o será que ella anda conmigo?) y no me gusta andar mezclando vainas. Le firmo su cuestión, me da las gracias, se voltea, se va, llega Gaby con una taza grande de café, que humea bien de pinga. Las cosas que estoy viendo parecen estar muertas. Y es entonces cuando empiezo a sentir un poco de malestar, me lleno de tristeza y me siento como cuando uno está en una fiesta y aún así, no puedes dejar de sentirte miserable.

Hablando de fiestas, esta noche (o sea, cuando salga de esta vaina) voy a un desnalgue, a una depravación, a un coje culo inaudito, un fósforo encendido dentro de un ataúd enterrado en su última morada. Preciso es morir.

En la puerta de su edificio encuentro a Andreína. Ella, siempre viendo a todos lados. Nadie nos ve. Vamos agarrados de la mano. Y yo le digo cualquier mierda poética que me viene a la cabeza y la emocione y me permita besarla, meterle mano, divertirme con sus colores rosados. Al llegar a la plaza Brión, notamos que había por allí en la misma onda. Todo un movimiento: ganyeros, ponketos, gallos, menores, etc. Nos sentamos en un banco solitario, la veía de perfil y ella veía a la gente, distraída. Entonces metí mi mano debajo de su minifalda y comencé a acariciar su sexo, cuando se puso húmeda, comenzó a mostrar vergüenza y trataba de respirar tranquilamente; pero yo no la dejaba: quería que gimiera. Trataba de detener mi mano; aunque en realidad lo que hacía era afirmar el ritmo. Su piel estaba caliente. Una lenta marea inunda mis manos y ella se sumergió en mis hombros para emitir libremente diversos gemidos. La ciudad se duerme. Pensé que su cuerpo iba a succionar mi mano, más adentro y profundo, lo suficiente como para que mi alma no escape.

14/I PH Edif. Altagracia. Quinta transversal de Los Palos Grandes. 9:16 am, vientos frescos, nubes.

Las horas pasan sin dejar de recordarnos el aburrimiento que implica vivir en estos tiempos y en estas ciudades. La vastedad de todo, el vacío de los lugares, aniquilamiento de los encuentros y aunque fuera posible un nuevo camino, los días siguen iguales, y todo parece irse de las manos y los días cambian justamente para que todo siga igual. > me dice la compañera de turno, luego de haber fachado, con la prontitud necesaria como para conjurar un momento de angustia.

Hoy es un buen día. Suena “June Afternoon” y no habría posibilidades de que me sintiera mal. Intento decidir algo, pero más que decidir, trato de no escoger alguna jugada estúpida. Mi desconcierto es total, pues no entiendo cuál sería el problema. Las luces de la ciudad tienen sonidos que a lo lejos encallan en el olvido. Está amaneciendo.

<¡¡Hey!! ¿Qué haces aquí?> Amanda había llegado a su apto. Venía del gimnasio. Sudada, bella, en licras, con olor… a… vida. > solté. <¿Quééé? ¡¿Cómo?!> respondió ella, no sabiendo si horrorizarse o brincar de la emoción. <Definitivamente estás loco. Además tienes una cara de sueño que no te la quita nadie>. Me puse de pie y comencé a verla fijamente. > le dije, a ver qué sale. > ella, como quien no quiera la cosa. <Bésame> dije con suave firmeza. Ella se me acercó y dejé que me besara. Un beso ahí, normalito; pero sus labios, sus carnosos labios con sabor a cacao, recordé el fondo del mar. Le dije par de versos donde metí lo del fondo marino y aunque le gustó el asunto, sé que no entendió lo del mar. Pasamos a su casa. Me preguntó cómo era eso de escribir. Le expliqué lo básico: uno ve, busca palabras que expliquen lo que uno ve, y luego anota todo eso. Ella me preguntó si yo creía en lo que hacía. Nunca le iba a decir que sí. Más bien le dije que dos versos que le susurré al oído le trajeron algo de felicidad. Ella sonrió. <Siempre trae algo bueno> y dije esto, con la mirada perdida, viendo a través de la ventana.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La pornografía o el cuento del nunca acabar

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En plátanoverde se publicaron alrededor de doscientos trabajos, no todos periodísticos, no todos investigativos, no todos sobre música, no todos buenos. Y algo quedó claro, conseguimos lo imposible: fracasar en el mercado editorial con firmas de la talla de Eugenio Montejo, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, César Aira, Mario Bellatin, José Roberto Duque, Efraim Medina Reyes, Boris Muñoz, Andrés Neuman, Edwald Scharfenberg, Alberto Fuguet, Edmundo Bracho, Fernando Iwasaki, Pedro Lemebel, Hugo Prieto, Fabrizio Mejía Madrid, Ednodio Quintero y Daniel Link, entre otras. Es como tener la plantilla de los New York Yankees o el Real Madrid y llegar segundos.

En medio de esto, fue una joven desconocida quien escribió el texto que más me gustó entre las mil trescientas páginas de contenido en cinco años (con el perdón de mis amigos Parra y Chuchi): Carolina Rodríguez Tsouroukdissian. Fue un ensayo que hizo para la edición número 12 que dirigió Jorge Sayegh y, cómo no, tiene que ver con la pornografía.

A continuación lo reproduzco con algunas imágenes que bajé de la web.


Érase una vez

I

La mujer está parada y mantiene su pierna izquierda alzada en posición de patada de kárate: 180 grados de apertura, el torso casi horizontal. Pero no va a patear a nadie. Al menos no por ahora. Una criatura con cuerpo de hombre y cabeza de lobo introduce la punta de su pene en ella. Él también está de pie, la ve a ella abierta, esforzada: recibiéndolo. Se recrean sin hacer ruido, ni siquiera se les escucha respirar, pero la posición debe ser buena, ya que no se despegan desde el año 5.000 antes de Cristo. Cabe destacar que se trata de un dibujo hecho sobre piedra durante la época del Neolítico, que ahora observo desde la página nueve de un libro de historia.

Paso el dedo por encima de la ilustración y la brillante página rechina y pienso que es la mujer emitiendo los sonidos inevitables. Según el libro, éste es uno de los dibujos eróticos más antiguos. Se encontró en un lugar llamado Ti-n-Lalan, cerca de Fezzan, en Libia, África. Para estas fechas (5.000 a.C.) ni siquiera se había inventado la escritura.

Enseño el dibujo a varias personas y obtengo distintas respuestas:

–Oye, voy a probar esa posición (28 años, abogado, ceja izquierda levantada).
–Mmmmejem. ¿Quieres que te prepare algo de almorzar? (75 años, abuela de tres, manos sobre las rodillas).
–El otro día yo también dibujé un perrito en el colegio (6 años, estudiante de segundo grado, mastica galleta).
–¿Qué tal?, el tipo está disfrazado de lobo, eso me gusta (30 años, licenciada en Artes, se acomoda el cabello detrás de las orejas).
–Los hombres prehistóricos dibujaban esas cosas porque no tenían estructura mental, la estructura mental es una cosa tan bella (47 años, maestra de primaria, dedo índice en la sien).

La historia de la pornografía comienza igual que un cuento infantil: hace miles de años, en un lugar remoto de la Tierra. Los arqueólogos señalan que nació en el Paleolítico Superior (38.000-9.000 a.C.) en las cavernas donde habitaba el hombre primitivo. Allí aparecieron los primeros dibujos de personas desnudas teniendo sexo. En las pinturas de esta época los penes son tan grandes que se confunden con piernas, las figuras están de perfil y no existe la tercera dimensión: miras la ilustración y no ves a dos personas copulando, parece que ves a dos personas copulando a las que les pasó una aplanadora por encima. Una suerte de cubismo no premeditado, sino accidental.

De este mismo período es la venus de Willendorf, tatarabuela de las conejitas Playboy con unos 30.000 años de antigüedad. Esta estatua, de apenas 11,5 centímetros, muestra a una mujer desnuda orgullosa de sus kilogramos, que luce su gran barriga como un órgano sexual, una suerte de ecuador que demarca el círculo máximo de placer.

Los arqueólogos españoles Marcos García Díez y Javier Angulo explican que el hombre comenzó a representar su sexualidad a partir del momento en que aparearse dejó de ser un mero acto reproductivo y pasó a ser algo placentero.

Desde tiempos remotos hasta la actualidad hay temas que parecen repetirse: sexo oral, anal, vaginal, orgías, tríos, zoofilia, sadomasoquismo, fetichismo, exhibicionismo, masturbación. Aunque también es cierto que las diferentes etapas de la historia han impregnado a la pornografía de personajes, indumentarias, medios de expresión, escenografías, corrientes estéticas y discursos políticos particulares. Por ejemplo, cada época ha tenido sus prototipos de estrellas porno, que si se pusieran en fila india conformarían un grupo más heterogéneo que los de los comerciales de Benetton.

En la tradición grecorromana y egipcia, además de personas, abundaban animales y deidades, quienes aparecían teniendo sexo en murales, escritos y vasijas de cerámica. Los griegos produjeron, entre los siglos IV y V a.C., cantidad de jarroncitos con dibujos picantes. Algunos muestran a hombres copulando con ciervos, hombres copulando con hombres, tríos, orgías, y hay uno que exhibe a una mujer corriendo orgullosa con un pene gigante bajo su brazo, cual pan francés. Estas vasijitas, que se vendían con éxito en el mercado mediterráneo, fueron en su momento el equivalente del Betamax, el VHS y el DVD, por lo que ocupan un puesto importante dentro de lo que ha sido la revolución de los formatos en la industria porno.

De la misma época es el Kamasutra, obra escrita en el siglo IV a.C. que marcó un hito pues logró, a través de la palabra, una tridimensionalidad en la forma de presentar el sexo, aún desconocida en la pintura. Se considera como el primer manual de posiciones.

En la religiosa edad Media –la época del llamado amor cortés– una de las estrellas porno más emblemáticas de la pintura erótica fue el diablo. Sus intervenciones iniciales eran tímidas. Aparecía metido en la cama de alguna noble dama a la que trataba de seducir mientras dormía.

Pero después, gente como Miguel Ángel le asignaría nuevas tareas. Un detalle de la Capilla Sixtina muestra a un hombre con cachos de diablo y expresión agónica metiendo su puño dentro del ano de un sujeto musculoso de sonrisa retorcida.

Durante la Revolución Francesa, el arte erótico se pobló de soldados que, la mayoría de las veces, aparecían follando en situaciones no planificadas. Nunca en una cama. Siempre en la sala de estar de alguna distinguida dama, en una pradera solitaria, en un camino de tierra. También era frecuente verlos en orgías de más de diez personas. Libertad, igualdad, pero sobre todo fraternidad.

Proliferaron también en el siglo XVIII ilustraciones sadomasoquistas, muchas de las cuales se hicieron para los libros del Marqués de Sade: mujeres amarradas con cuerdas, niños procurando sexo oral a torturadores, mutilaciones. Estos dibujos eran escenificados en salas llenas de estatuas, muebles refinados y techos altos con sistemas de polea que servían para colgar a la víctima como si fuera una piñata.

Como una expresión artística cualquiera, el erotismo no es, por supuesto, una exclusividad occidental. El Kamasutra es la obra decana de la sexualidad, no sólo debemos considerarlo como el primer manual de posiciones, sino como el best seller de autoayuda de todos los tiempos, porque su contenido es también un tratado de las relaciones de pareja en sociedad. Asimismo, en Japón, durante los siglos XVII y XIX, estuvo muy de moda el “makurae”, el equivalente al “animé” actual, pero sin colegialas. Y en el Imperio Incaico, antes de que los conquistadores españoles importaran la Inquisición, la tribu Mochica se especializó en reproducir toda clase de encuentros íntimos en los públicos jarrones de barro que se usaban cotidianamente para conservar el agua o servir el licor de maíz fermentado. Si eras una cholita y te servían un coctel de jojoto en una vasija cuniligus, ya podías imaginar las intenciones de tu galán.

La historia demuestra que la pornografía ha estado presente desde siempre como una prolongación de nuestra libido. Las prolongaciones: una vieja maña humana. Nos gusta ver cómo las partes de nuestro cuerpo toman vida en objetos externos. Las piernas en los automóviles; los ojos en las cámaras fotográficas; el cerebro en las computadoras. Y el deseo sexual en la llamada pornografía.

II

El significado original de la palabra pornografía –de raíz griega– aludía a los escritos sobre las prostitutas antiguas. Sin embargo, en 1860, durante la época de la reina Victoria de Inglaterra, fue redefinida como sinónimo de obscenidad. Y ésta es la acepción que ha prevalecido en los diccionarios modernos.

“Representación de conductas obscenas en libros, revistas, fotografías, películas cinematográficas, videos y otros medios con la intención de provocar excitación sexual” (Enciclopedia Hispánica, pornografía).

Nunca se sabe quién define qué en los diccionarios. Pero el que decidió que pornografía era sinónimo de vulgaridad, terminó de plantar la semilla de una larga discusión sobre su diferencia respecto del arte erótico, que incluso se trasladó a la esfera legal.

En los primeros años del siglo XX se aprobaron leyes que prohibían la difusión de todo aquel material que se considerara indecente desde el punto de vista sexual. Al mismo tiempo, cientos de miles de ejemplares del pequeño Larousse escolar salían de las imprentas con la nueva definición victoriana: pornografía f. obscenidad.

Este veto se extendió hasta bien entrados los años sesenta. Pero después de dos guerras mundiales, la carrera armamentista, la crisis de los misiles, las matanzas en Vietnam, la revolución sexual hippie y el Mayo Francés, la industria porno logró la legalización, además, en un año bastante pornográfico, 1969. Estados Unidos y Dinamarca fueron los primeros. Francia tuvo que esperar hasta 1975.

En adelante salió a flote toda una industria que había venido trabajando en la clandestinidad. Destacan las pornos de cine mudo A free ride (1914) y On the beach (1915), que se veían en selectos clubs privados llamados smokers; cintas animadas como Buried treasure (1924-1933); y films eróticos como Keyhole silhouettes (1930), Hula Tease (1940) y Smart Aleck (1951).

El primer número de Playboy también salió antes de la legalización, en 1953, al igual que los primeros nudis, films donde el sexo ocurre en paisajes naturales: la cosquillita que da el roce con las plantas, el cuerpo contra la arena, el mismísimo océano entre las piernas, escenas que marcan los inicios del llamado género soft, explotado luego por Russ Meyer.

Todas estas producciones que nacieron jugando al escondite antes del año 1969 fueron incluidas en History of blue movie (1970), el primer documental lícito sobre la historia del porno. Y, unos dos años después, sucedió lo que tenía que suceder:

–Mi problema es que no disfruto el sexo, doctor.
–Continúe.
–El sexo tiene que ser algo más que cascabelitos. Quiero escuchar campanas.
–La examinaré, abra las piernas.
–Sí, doctor.
–¡Señorita Lovelace!...parece que no tiene clítoris.
–¿¿¿Qué???
–Espere, quizá lo tenga en otro lado. Abra la boca.
–Sí, doctor.
–Déjeme ver… ¡Allí está! ¡Lo tiene en la garganta!
–¿Qué se supone que haga ahora?

El generoso médico se bajó los pantalones y le dio instrucciones a la insatisfecha señorita Lovelace.

–Agáchese…abra la boca, procure tragarlo todo, hasta la base…exacto…así…así

Minutos después llegaron las campanas. La dócil paciente jamás había experimentado un orgasmo. Se sintió tan agradecida y feliz que decidió asumir eso de la chupadera como ocupación laboral. Éste es el argumento de Garganta profunda (1973), película de Gerard Damiano que marcó la pauta de lo que sería el cine porno, en términos de tiros de cámara, planificación y guión.


Fue con Garganta profunda que la industria entendió su verdadero potencial económico. Esta cinta supuso una inversión de 24.000 dólares frente a una recaudación de seis millones. También, gracias a este filme, el cine X se llenó de close ups genitales.

Durante los setenta, la explosión mediática se hizo sentir y el mercado se llenó de nuevos títulos. El porno pasaba a convertirse en un producto de consumo masivo, estilo jabón de baño. Ya no era un privilegio de élites, como había sido desde los tiempos antiguos. En estos años se bailaba disco music y la gente usaba pantalones bota ancha, pero también estaba de moda follar como John Holmes, Linda Lovelace, Georgina Spelvin, Ron Jeremy y Marilyn Chambers, las estrellas más populares de la industria.

Los entendidos consideran que las mejores películas del género se produjeron en esta época, de la mano de directores como Damiano, De Renzi y los hermanos Mitchell. Además de Garganta profunda, destacan El diablo en la señorita Jones (1973), Tras la puerta verde (1973), La resurrección de Eva (1973) y La historia de Joanna (1975).

Luego llegaron los ochenta envueltos de esa sonriente estética del ejercicio. Lo primordial era la Lycra. Todos usaban bandanas en la frente. Y la música: si ésta no servía de telón de fondo para trotar, era desechable. Los zarcillos eran triangulares y la complejidad sólo podía estar presente en la forma de vestirse. Todas las demás cosas de la vida debían regirse por un criterio de practicidad, incluso la pornografía.

Por eso se impuso en la industria el llamado Star System, con el cual el cine de autor propio de los setenta se convirtió en un escombro del pasado. Los guiones desmejoraron, también la calidad dramática de las producciones. A partir de 1983, lo importante era vender. Y, para ello, bastaba con incluir en el reparto a los pechos más populares del momento. La estrategia funcionó: el éxito en ventas fue un hecho, que además se vio apalancado por la llegada del video. Ahora los amantes del género podían ver sus peliculitas desde el sofá. Ya no tenían que salir de casa jorobados y con lentes oscuros a un teatro de cine porno.

Pero, en estos mismos años, el floreciente sector recibió tres duros golpes: la actriz porno Shawna Grant se suicidó en 1984; el FBI descubrió que Tracy Lords, otra figura importante de la industria, grabó más de 100 videos siendo menor de edad; y, más adelante, en 1988 el famoso John Holmes descansó en paz junto a sus 30 centímetros de masculinidad por culpa del Sida.

III

Se calcula que la industria pornográfica global mueve unos 57.000 millones de dólares al año. El rubro más importante es el de los videos y DVD (35%), seguido de la prostitución (19,2%), las revistas (13,1%), los clubs de bailarinas (8,7%), las líneas calientes (7,8%), los canales por suscripción (4,3%), los portales web (4,3%), el material en CD-ROM (2,6%), los juguetes sexuales (1,7%) y otros ítems (2,6%).

Estimaciones recientes indican que los ingresos totales de este sector son mayores que la suma de las entradas netas registradas por todas las franquicias profesionales de fútbol, béisbol y básquetbol, lo que coloca al sexo como el verdadero deporte rey. Estas cifras fueron obtenidas del portal web familysafemedia.com, cuyo eslogan dice o, mejor dicho, reza: proveyendo soluciones de control para las familias preocupadas por la presencia de lo profano, lo promiscuo y lo violento en los medios de comunicación. Nadie sabe más de la industria porno que sus detractores.

La influencia de la pornografía, como fuerza de mercado, ha sido tan grande que se ha sugerido que Betamax perdió la guerra de los formatos frente a VHS, debido a que la llamada industria de entretenimiento para adultos escogió la segunda tecnología en vez de la primera, que se suponía era técnicamente superior.
Se piensa que los productores triple equis también jueguen un papel importante en la escogencia del próximo estándar de DVD. Un artículo publicado en Reuters dice que “la multimillonaria industria de la pornografía distribuye 11.000 títulos en DVD al año, lo que le da un tremendo poder en términos de decidir entre las dos tecnologías (Blu-ray Disc y HD-DVD) que compiten por convertirse en el formato de las nuevas generaciones”.

Es tanto lo que se produce, que ya se habla de más de 100 subgéneros. Muchas de las nuevas tendencias comenzaron a aparecer con la llegada de la videocámara, la cual puso el poder creativo en la gente normal: ésa que se echa champú todas las mañanas y va para el trabajo. Ellos eran ocurrentes y no demasiado bonitos. Pero ellos inventaron el Porno amateur.

Se trata de producciones caseras que lograron penetrar un mercado que ya estaba hastiado de ese cine de clones de los noventa, donde todos lucían igual, gemían igual, cogían igual. Las grandes distribuidoras se dieron cuenta de que la textura hogareña de este nuevo material gustaba a la gente y sirvieron de puente para su comercialización. Ver a Ginger Lynn fornicando es interesante, pero ver al vecino puede serlo aún más. Y estos videos eran como ver a la inquilina de arriba por un huequito. Ése era el sabor.

Este filón “hágalo usted mismo” cobró mucha más fuerza con la expansión de Internet. Hoy en día, personas que necesitan redondear sus ingresos crean sus propios sitios webs de porno en vivo, en los que hacen lo que la ciberaudiencia les pide a través de los foros: muérdele el trasero, ahora métele el dedo por atrás, voltéala y cójetela, ahora acábale en los ojos. Muchos de estos portales de sexo hecho en casa cobran una suscripción, otros generan ingresos a través de publicidad. Se estima que unas 5.000 parejas hacen esto en los Estados Unidos, logrando elevar sus ingresos anuales de cinco a seis dígitos.

Si bien los principales consumidores de porno son hombres, ésta es una industria que depende mucho de la mujer. Se estima como normal que una actriz del género logre contratos de 50.000-70.000 dólares al año, que no estipulan más de cinco días de trabajo al mes. Cinco días de trabajo duro de grabación y el resto libre. Aunque están las que por su demanda y fama pueden cobrar hasta 13.000 dólares por semana. Cifras basadas en el mercado porno norteamericano indican que las mujeres ganan tres veces más que los hombres por cada escena de sexo. Además, ellas deciden con quién quieren trabajar y qué cosas no están dispuestas a tolerar de su contraparte masculina: si me metes el dedo en el culo te pellizco un testículo. Y los hombres tienen que hacer caso, pues ellos están allí más como vehículo que como estrellas. El video se va a comprar es por las mujeres que aparezcan. ¿Quién usa a quién en la industria?



Los hombres lo tienen mucho más difícil. No es sólo que ganan menos, sino que mientras la mujer puede fingir, ellos deben mantener una erección durante toda la grabación y además eyacular bajo comando del director frente a un equipo de producción que no hace más que mirar el reloj porque quiere irse a almorzar. Por la industria ha pasado toda clase de gente. Victoria Zdrok, galardonada estrella porno de origen ucraniano, no sólo es abogada, psicóloga y terapista sexual, sino que en 1989, cuando tenía 16 años, fue la primera adolescente soviética a la que se le permitió ir a Estados Unidos como estudiante de intercambio y en calidad de embajadora de buena voluntad del glasnost y la perestroika.

También está Asia Carrera. Ella es de Nueva York y sabe excitar a los hombres, pero además estudió piano, a la edad de 15 ya se había presentado dos veces en el Carnegie Hall, y pertenece a Mensa International, la más grande, antigua y conocida agrupación de personas con alto coeficiente intelectual. Y por qué no mencionar a David Cummings, militar retirado estadounidense que decidió convertirse en actor porno a sus 54 años. Actualmente, produce, dirige y protagoniza videos en los que aparece fornicando con bellas mujeres que tienen la mitad de su edad. Gana 140.000 dólares al año por este concepto y dice que su éxito se basa en que él representa la fantasía de todo hombre maduro, pues es bajito, gordito y feo.

En Venezuela, tenemos que el rubro de la industria porno que más dinero mueve es el de los prostíbulos y locales de bailarinas exóticas. Más allá del video quemado de Roxana Díaz, las líneas calientes y las revistas Urbe Bikini y ahora Playboy, en nuestro país no existe una industria del porno, menos aún de video, por la extendida piratería.Lo que sí hay son talentos de exportación, que protagonizan cintas eróticas de distribución internacional, como Victoria Lanz y Johnny Montoya, quienes han sabido conquistar al público europeo con todo menos su inteligencia, lo que no es poco decir.

Si la historia de la pornografía comienza como un cuento de niños, hace miles de años, en un lugar remoto de la Tierra, no termina igual, pues colorín colorado este cuento no se ha acabado: el porno tiene más de 40.000 años con nosotros y no hay nada que apunte a su extinción.



domingo, 17 de agosto de 2008

Francisco Rivero: "Sin moralidad estamos perdidos".

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El profesor de filosofía y conductor del programa “Sin contemplaciones” que actualmente se transmite por Venezolana de Televisión, asegura que no puede haber democracia sin voluntad moral. Dice que nadie en el gobierno critica al gobierno y que nadie en la oposición critica a la oposición. Desde ese estado de bronca permanente, agrega, el Centro Comercial Sambil se ha convertido en el colmo de la libertad.

Por Harrys Salswach *

Se puede decir que el Occidente moderno vive una crisis de racionalidad. Hay un empeño por reducir el mundo a Sistema: Mercado o Revolución, que usted ha señalado como más afines que lejanos.

Tienen una fuente común, una raíz metafísica que nace en el siglo XVII, y serían dos versiones del racionalismo moderno: una idealista cartesiana, y otra empirista inglesa. La primera supone que el punto de partida del conocimiento son las ideas propias del espíritu humano. La segunda -la empirista- supone que el punto de partida del conocimiento es la experiencia. La raíz es hacer abstracción del mundo real, del contexto efectivo en el que se da la vida, la conciencia y la acción humana. Aislar a la mente de la realidad, abstraerla del Mundo.

Ese rompimiento es radical.

Pero ahí es donde está la raíz del pensamiento moderno. De eso se trata la Revolución entendida en términos modernos. La mente queda aislada dentro de sí misma y se erige como única fuente de verdad. Descartes dice que descubre las ideas claras dentro de sí, son innatas, y traduce el mundo de las matemáticas que es el mundo de la claridad y la lógica. El contexto cultural de la última Edad Media se derrumba; las certezas que le daban firmeza se tambalean; así, si el mundo es incertidumbre, la mente busca un punto de apoyo desde el cual cimentar un principio inamovible, el cogito ergo sum (“pienso luego existo”) cartesiano funda ese principio en el pensamiento racional, dos más dos son cuatro universalmente y por encima de todo conflicto.

¿Esas “ideas claras”, en Descartes, eran una suerte de “Revelación”?

Sí, es una revelación porque rescata el espíritu sin referente; el espíritu sin luz es infelicidad; la conciencia no puede entonces acercarse a nada en realidad; no sabe si algo es auténtico, si es cierto o incierto, no tiene puntos de apoyo. Lo que busca Descartes para evitar ese abismo que se abre ante los hombres es una certeza, una verdad que no pueda ser dudada, un punto de apoyo absoluto para el Saber, para la Conciencia; que sea el SER definitivamente alcanzado. Y sobre esa certeza re-construir el orden entero de la realidad.

¿Habrá alguna semejanza con nuestra situación?

Nosotros vivimos en una micro-situación como esa; pero sin toma de conciencia de que es una situación que tiene fondo; desconocemos la tradición de pensamiento de la que somos hijos, porque aquí se ha vivido frívolamente desde por lo menos toda mi existencia. Así que serán 40 años viviendo más o menos versiones de lo mismo: una liviandad, una insustancialidad, un modo de vivir absolutamente vacío, no digo de toda la nación; siempre hay un pequeño grupo que no vive en la vacuidad, pero no tiene eco, no tiene voz. Así que el orden político nacional se desfonda en esa inanidad, es decir ¿por qué se desfondan COPEI, AD, por qué se desfonda la democracia tradicional? Por vaciedad moral y espiritual, porque el orden político no crece como un mango.

John Stuart Mill escribe: “… el pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el cual es ejercido […] la voluntad del pueblo significa, prácticamente, la voluntad de la porción más numerosa o más activa del pueblo… el pueblo, por consiguiente, puede desear oprimir a una parte de sí mismo…”

Ese es el problema. No puede haber Democracia sin voluntad moral que se funde en la conciencia de un orden de bienes; unos de valor esencial, otros, de valor relativo, circunstancial. No hay voluntad moral cuando desconocemos la naturaleza de lo que está en juego; la Libertad no es nada más un “vamos a votar” cada cuatro años y sacamos a un infeliz o a un sabio, porque da igual, porque tanto el sabio como el infeliz son parte de un Sistema que erigimos como encarnación de la Libertad. Sin conciencia estamos perdidos, si relativizamos todo no hay nada normativo y esencial, nos encontramos con lo que decía antes: apatía, desidia, transitoriedad, todo está vaciado de contenido.

¿La Libertad en estos términos es una instancia meramente operativa absorbida por la lógica de los Sistemas?

Mira a los muchachos que agitan las manos pintadas y en el aire pidiendo “¡libertad, libertad!”: Es una estupidez. ¿Cuál es la substancia de la Libertad? Pues, un fin o un bien esencial. Es en razón del Bien que la Libertad alcanza sustantividad y efectividad, si no es así, es sólo Poder, es sólo posibilidad de elegir, mientras más posibilidades de elección hay, más libre eres. Resulta que el colmo de la Libertad ¡pues será el Sambil! porque ahí encuentras ochocientas tiendas de calzoncillos y mientras más haya, más libre serás.



Se escucha en los medios oficiales hablar de “Socialismo científico”: ¿Modernidad en la expresión más ostentosa?

El “socialismo científico” supone que el hombre es capaz de conocer absolutamente el orden de la realidad, que el hombre no es como dijo Pitágoras “un amante de la Verdad porque sólo Dios es Sabio”, no, ahora no, porque la Modernidad dice que el hombre es el portador del Ser, y por consiguiente el hombre es lo absoluto. La toma de conciencia de esa condición es la Libertad, la Soberanía, y esto no se alcanza accidentalmente, se sigue un proceso lógico (la Historia para los marxistas) y el hombre es el prototipo de su realización.

La crisis en Venezuela es generalizada. El lenguaje utilizado por la Voz pública señala una decadencia de orden espiritual y devela una alarmante carencia de conocimiento.

No hay aristocracia de espíritu, de pensamiento. Pero no es solamente en el chavismo. En aspectos del chavismo -diríamos- esencial, no vamos a ningún lado, ni tiene sentido, ni puede fundar, ni reconstituir en términos profundos, de justicia, de libertad, ni de humanidad, nada. Es de nuevo buscar una fórmula encarnada en un líder ante la idolatría de los súbditos. Se abdica de la capacidad de juicio y crítica, y obedeces al Poder. Nadie en el gobierno critica al gobierno, nadie en la oposición critica a la oposición. Se está en un estado de bronca permanente. La idea de que todo el problema es Chávez exime a la oposición de pensar, y sin pensamiento no hay reflexión, y sin reflexión no hay juicio, de nuevo abdicamos de nuestra condición crítica, nos deshumanizamos.

Un programa como “Sin contemplaciones” no habría salido al aire por ningún canal privado. Aunque muchos creen que no durará por Venezolana de Televisión mucho tiempo.

No se trata de hacer una prédica política, ni una apología de los dos bloques enfrentados. Lo patético de la oposición es que ellos sí sienten que son el Oráculo de Delfos y que son portadores de la antorcha de la libertad y de la civilización, pero precisamente ellos engendraron a Chávez. Grabo cada programa como si fuese el último.

“Sin contemplaciones” busca despertar la reflexión sobre temas fundacionales de la Cultura Occidental, principalmente de la Modernidad. El tono de su alocución va in crescendo, agita al espectador.

Bueno, esa es la intención: sacudir al oyente hasta la reflexión. Estamos perdidos si no somos capaces de reconocer, evaluar, juzgar el drama de eso que llamamos Modernidad, que termina identificando Libertad y Poder.

Términos con los cuales dimos inicio a esta conversación.

Mira, como la realidad no es Sistema, tienes que crear un mundo adaptado a dicho Sistema. Tomamos dos acciones: creamos un muro para no contaminarnos (el Muro de Berlín), o nos aislamos como Cuba, “¡la fortaleza de la libertad!” en nombre de la dignidad, de la justicia, del hombre nuevo y de la Revolución. Se llega a la locura en nombre de un hombre solidario y justo. Camus se pregunta ¡¿cómo se llegó a esto en nombre de la Libertad?¡

Parte de la población no quiere ver una realidad cruda que es la desolación en la que viven tres cuartas partes del país, y esta ve en su situación de miseria una prerrogativa a su favor.

Se ha asumido el proyecto moderno como la última escala en el pensamiento del hombre, entonces, cualquier intento por materializarlo irá directo al fracaso. Es descabellado imponer tanto una Revolución como un Mercado que promete al hombre un Paraíso recobrado. La Verdad no se puede imponer, el Bien no se puede imponer, tiene que ver con un constante hálito de espíritu; la imposición es la negación de la Verdad; mata la Libertad, anula al Espíritu.


* Texto publicado en la edición número 4 de la escurridiza Plaza Mayor, una revista gratuita que se distribuye azarosamente en algunas calles de Caracas. Las fotos originales de esa pauta son de Andrés Manner, pero no las tengo a mano. Estas dos las bajé desde Google. La primera es de Orlando Alviárez y la segunda es de un tal Roberto (supongo que Hernández Montoya, a juzgar por el "Fundación Celarg" que tan estratégicamente se lee detrás).


sábado, 5 de julio de 2008

Sobre Europa, el racismo y otros nombres

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Bien lo explicó Jon Lee Anderson en una entrevista: El racismo de nosotros no se ha ido y Europa tiene el problema de haber cometido durante el siglo XX las peores atrocidades en contra de etnias, inmigrantes y minorías. Ahora está siendo invadida por ellos. 

El pana Duque cree que el asunto es embarazoso: le toca a los negros, latinos y asiáticos preñar a cuanta mujer blanca respire en Europa, porque el continente se hace muy viejo y el futuro es multicolor.

Con cierto pánico, los poderosos de Europa se enfrentan al dilema de alzar la voz o plegarse en silencio a las pleitesías de lo políticamente correcto. Ellos saben que ninguna de estas opciones, sin embargo, garantiza resolver un problema que tiene que ver con la naturaleza animal. 

Aquí les dejo una inquietud que recogí del blog de Marc Caellas, quien a su vez recibió el mensaje de una amiga que lee al escritor valenciano Juan José Millas, o al diario El País. Se titula Filantropía.

"La subida de la luz no es para que las compañía eléctricas ganen más, sino para ayudarnos a consumir menos. La flexiseguridad, como el ornitorrinco, constituye una aportación a la biodiversidad. La jornada de 60 horas mejorará los derechos sociales en Europa. Los atascos son angosturas puntuales. Los accidentes, incidentes. La gripe asiática, diarrea estival. No sabemos qué nombre dar aún al miedo a la Iglesia, al pánico a modificar la ley del aborto, al terror a enfrentar de una vez por todas el asunto de la eutanasia, pero ya se nos irá ocurriendo, por recursos lingüísticos que no sea. Si hemos sido capaces de llamar daños colaterales a las víctimas civiles, cine de adultos al pornográfico, hombre de color al negro, establecimiento penitenciario a la cárcel, intervención militar a la guerra, solución final al crimen, niveles a los precios, métodos de persuasión a la tortura, privación sensorial a la asfixia inducida, productor al obrero, colaborador al asalariado, becario al esclavo, limpieza étnica al genocidio, campaña aérea al bombardeo, financiación al préstamo, moderación salarial a lo que usted ya sabe, y así de forma sucesiva, si hemos sido tan ingeniosos, tan rápidos en la respuesta, tan eficaces en el uso de la palabra, tenemos que encontrar el modo de convencernos de que la Ley del Retorno es filantrópica. A mí prácticamente me han vendido la burra esta semana. A ver cómo se la venden a un inocente equis cuando lleve un año encerrado en una celda. ¿Cómo explicarle que está allí por su bien, por su seguridad (quizá por su flexiseguridad)? ¿Cómo convencerle de que, de no haberlo encerrado, quizá lo hubiéramos matado, que era lo que nos pedía el cuerpo? Pero somos europeos, muchacho, dictamos leyes capaces de contenernos, de ponernos límites, y tú, enhorabuena, eres uno de sus primeros beneficiados".

viernes, 4 de julio de 2008

Típicos poemas urbanos

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Pensaba: ¿disertación, literatura o reciclaje? Quiero decir, o inventaba un tópico sobre algo típico, o escribía un poema para aparentar sensibilidad, o reciclaba algún trabajo periodístico? Opté por las tres:



Esto que verán –¿y leerán?– es la entrevista a Victoria Lanz seleccionada para la tercera edición de la revista Plaza Mayor, con fotos del iluminado Andrés Manner, y texto del ilustre Jorge Sayegh. Se titula Victoria en la calle / De paseo con el primer ángel porno nacido en la Sucursal del Cielo.


Nos citamos un sábado en la mañana para improvisar las fotos en plena calle mientras hacíamos la entrevista. Andrés era el fotógrafo, chofer y asistente. Yo preguntaba. Johnny, su esposo, nos la confió y se fue. A primera vista, nadie supondría que Victoria Lanz es un sex symbol. Está buena, no hay duda, pero en las calles de Caracas abunda la bondad femenina. Es extremadamente sencilla y casi tímida, hasta que se para frente una cámara. Entonces se para todo lo demás, autos, peatones, autobuses y motorizados.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de Caracas?
Entre la California, en casa de mis padres, y la avenida Fuerzas Armadas, donde vivía mi abuela, cerca de Cotiza. Me daba ilusión que me llevaran al CCCT o al Unicentro El Marqués. Estudié en el Leoncio Martínez… Soy la menor, recuerdo mucho cómo me consentían mis hermanas.

¿Dónde rumbeas?
No soy rumbera. Siempre fui tranquilita. Además esta ciudad es muy violenta, la gente es agresiva. No me gusta salir.

¿Cuál es el sitio más sórdido que has visitado?
Alguna vez me llevaron al Fenicia, donde las chicas están en plena barra metiéndose pases… es que además soy muy zanahoria, tomo poco, apenas fumo y las drogas nunca me han llamado la atención. No me da pena decirlo.

¿Y cómo influyó Caracas para que te dedicaras al espectáculo del sexo?
Fue un incentivo a la inversa. Johnny me tomaba fotos desnuda, pero aquí hay tanto tabú que nunca las habría publicado; hasta que fuimos a Europa. Descubrí que allá el desnudo es algo natural, que se venden videos porno en los kioscos, que las chicas hacen strip-tease en la tele… Si se ven tan lindas, si nadie se ofende, ¿por qué en Venezuela se prohíbe?. Todos tenemos unas nalgas, todas tenemos tetas… ¿Cuál es el problema? ¡Allí fue mi destape! Al principio pensaba ¿qué dirá mi familia? Pero mi mamá siempre me dijo: "Si estás feliz con lo que haces, yo estaré contenta". Así que le expliqué, "me siento bien con lo que hago, me gusta mi cuerpo, disfruto exhibirme, viajo, conozco gente nueva, conozco nuevas culturas, aprendo nuevos idiomas, y por eso me pagan, mamá. ¿Tú crees que estoy mal o sufriendo?"



¿Tú trabajo es fácil?
Es fácil porque me gusta, pero es difícil porque a veces tengo que estar sin comer, no es fácil mantener las posiciones, me duele, me dan calambres…

No hay escuela de actrices porno. ¿Cómo se aprende?
Se aprende con el oficio y con las ganas. Si lo haces pensando en lo que te van a pagar y ya, no sirve. Claro que todos trabajamos por el dinero, pero tienes que esmerarte, tienes que pensar: "tengo que verme bonita para mis fans", tienes que comportarte con responsabilidad para que los productores vuelvan a llamarte. En Caracas aprendí mucho sobre las poses en fotografía, pero sobre las escenas en vivo me enseñaron mis amigas en España: "en esta posición no tuerzas el pie así, que se ve feo, estíralo así y se ve lindo. Arquea la cintura. Pendiente de la cámara, pero no la busques".

¿Crees que aquí pueda desarrollarse esa industria?
A lo mejor a largo plazo… Aquí todas las mujeres quieren ser Miss Venezuela, todas se las tiran de exquisitas y van para las discotecas, pero les dan tres tragos y se las llevan a un matadero. Hay una doble moral muy fuerte, la mayoría está "montando cachos" o pendientes de un chuleo. Yo no sé cuál es la moralidad de aquí, hay robos, asesinatos, los políticos son corruptos, pero trabajas con sexo sin hacerle daño a nadie y te acusan de puta. O como una chica de apenas 18 años que ya ha tenido dos abortos, vive en una habitación comiéndose un cable y le ofrecimos hacer una escena. Su respuesta fue: "No, yo no le haría eso a mi cuerpo". ¿Puede abortar dos veces pero no puede hacer una escena?

¿Si pudieras dirigir aquí, cómo sería tu película porno?
Un tour por Caracas. En el Teleférico, en una camionetota rodando por la autopista… O en una playa como Los Roques, pero que sea divertida.



¿Cuál es el tipo de hombre para Victoria Lanz?
Lo que más me gusta es un hombre sencillo, con buena conversación y sentido del humor. Ni papeadote, ni firifiri, no me gustan negros morados, morenitos está bien. No me gustan los hombres que se las tiran de papis porque tienen una camionetota y una pistola y te dan a entender que tienen mucho real. Yo no ando en esa, si alguien es pobre y me cae bien es mi panita, si me cae mal aunque sea millonario le saco el culo.

¿Eres consciente de que tú sólo vendes una fantasía?
Eso es lo que me gusta: ser una fantasía. Me encanta que me escriban diciéndome todo lo que se tripean. Quiero ser como la estrella que no alcanzas pero admiras. Un italiano me invito a un hotel de Dubai y un venezolano me escribió desde el correo de su compañía para que no dudara de él y me propuso que pusiera el precio que fuera, que me llevaba de viaje… pero yo les explico que no, que yo me entrego a todos mis fans en la fantasía de la pantalla, pero no estoy para cumplir sus fantasías táctiles. Si quieren pueden gastarse el dinero en mi página.



¿Cuáles son las fantasías de los caraqueños?
Me han escrito mucho que quieren que los domine, por eso te hablo de la doble moral. Frente a sus amigos les encanta decir que ellos son los guapos, pero en la cama les gusta que los dominen. No necesariamente que les peguen, sino que seas tú quien lleve las riendas de la relación. La otra fantasía es ver a dos mujeres… A lo mejor si las chicas aquí no se las dieran tanto de exquisitas, sus maridos no se irían de putas. Si estás en un night club y le pides a dos chicas que se besen, lo van a hacer encantadas de la vida. Si tu mujer invita a una amiga, o si contratan a una profesional y hacen un trío, tú vas a pensar, "esta es la mujer que yo amo, que vive conmigo y además me cumple mi fantasía…" ¿pa´ dónde vas a coger con esa pata hinchada? Disfrutar tu vida sexual no te convierte en una "loca".

¿Gozas sexualmente cuando trabajas?
Mas que disfrutar de la penetración, me gusta saber que otras personas van a verme y disfrutar conmigo. La diferencia cuando estoy haciendo el amor con mi marido y cuando hago una escena es que no me concentro en darle placer a mi pareja, sino a miles de personas.

¿Un "consejo para la juventud" caraqueña?
A los hombres que se dejen de machismo y a las mujeres que abandonen la doble moral, para que disfruten plenamente de su sexualidad. Para eso es bueno que vean porno, así descubren cuáles son sus fantasías y luego las llevan a cabo.


viernes, 30 de mayo de 2008

Cuando los machos juegan Rojo

En honor a la finalísima de este sábado en San Cristóbal y a la salida –algo tardía– del segundo número de la revista Plaza Mayor, me robo este trabajo de Jorge Sayegh sobre la barra brava del Caracas F.C. Los autodenominados Demonios Rojos. Las fotografías son de Francesco Sportorno y el texto es, como denuncia el subtítulo que le toca, la pequeña crónica de un pastelero coleado.



Ni las marchas políticas, ni las declaraciones de guerra, ni el deseo colectivo porque santifiquen de una vez al postergado José Gregorio Hernández, son capaces de amalgamar las convicciones de un grupo de venezolanos como lo logra cualquier equipo de fútbol con sus hinchas. Quizás por eso el Deporte Rey nos resulte un tanto extraño. Para un pueblo cuya ambición colectiva más intensa es animar mezquinamente a su caballo en la recta final, eso de avivar uniformemente a un solo equipo y odiar irreconciliablemente a los que aúpan al otro, es un fanatismo demasiado trabajoso y comprometedor.



“El béisbol es un juego, no un deporte”, me aclaraba con emoción sincera Colls, uno de los líderes de la barra, minutos antes de entrar al Olímpico donde se escribiría a patada limpia otra gesta histórica del Caracas Fútbol Club que terminó en un mísero empate. La aclaración era importante, porque la relajada enemistad que se profesan sobre una tribuna los fanáticos rivales de dos equipos de béisbol, es un juego de niñas comparado a la pasión que desborda el corazón guerrero de los hinchas del fútbol.

Los miembros de la barra del Caracas son conocidos como “Los Demonios Rojos”, pero, a pesar de su nombre, los muchachos se portan muy bien para ser una masa humana embriagada por el calor del fútbol y las cervezas frías. Con el look de chicos malos que su buen nombre precede, manejan muy bien eso que los maestros acomplejados llaman mala actitud y que Madonna capitaliza para hacerse cada vez más millonaria. Suelen llegar al estadio con horas de anticipación y organizan escrupulosamente las banderas y pancartas, sus decoraciones de guerra en las tribunas; luego calientan los tambores, se saludan con gestos rituales, se pintan la cara y se reúnen alrededor del tum tum entre cánticos pop-gloriosos, redobles y estandartes, para entrar triunfales al escenario donde ocurrirá el show de la batalla. Como Madonnas, pero pobres.

Aquella noche del empate, el piso del Acceso Sur y el de toda la Tribuna Este del Olímpico Universitario pronosticaba un futuro gris, anegado por una pestilente laguna artificial. Así que fanáticos comunes, barra brava y curiosos, accedíamos al estadio por una sola puerta con los pies enchumbados por abajo y con la moral muy en alto por arriba, donde, más que el viento, el poder de las voces de los diablos rojos parecía mover las banderas.

“Ya llegó la barra. La más radical
la espera toda la grada y hasta la tribuna principal
son nuestras pasiones, lo fundamental
qué linda la muchachada pegando grito en la popular
que la canten todos la linda canción...
que la canten los pasteleros a los que les falta corazón”.




¿Qué es un pastelero?, pregunté. La respuesta es precisa. Se trata de aquel que se dice fanático del fútbol o del equipo, pero que en realidad lo hace por moda, no por convicción propia. Un pastelero puede ser un hombre que quiere levantarse a una fanática bonita y va al estadio, pero no por amor al cochino, sino a los chicharrones. Son todos aquellos que se cambian de equipo según el que vaya ganando, o los seguidores del Barcelona y el Real Madrid: “es como tener una novia, pero que vive en otro país y que se la coje otro”, argumentó Colls, cual especialista deportivo. También puede ser un demonio rojo irresponsable que sólo va a cazar golpes, en vez de alentar a su equipo querido. No es fácil ser reconocido como verdadero fanático entre los miembros de esa cofradía sin reglamentos ni sede que conforman unos seguidores que se reconocen como familia.

Colls me contaba que ha tenido algunas diferencias con su novia (no sé si su ex a estas alturas), porque a ella no le gusta que pase tanto tiempo con sus hermanos. “Sí, hermanos”, reflexiona espontáneamente, “porque mis compañeros de barra son como mis hermanos”. Y los hermanos se instalan en diferentes lugares de la Tribuna Sur con un orden digno de familia mafiosa: a cada grupo le corresponde su lugar en la jerarquía. Hacia el centro se ubican los líderes, en la periferia superior los más radicales, en la inferior los más zanahorias.

A medida que se acerca el momento del pitazo inicial, la efervescencia de los ánimos va desbordándose y explota como un millón de cervezas batuqueadas y destapadas al mismo tiempo, cuando el equipo salta a la cancha. En ese instante ocurre un pandemonio: todos los rojos gritan sus amores y lanzan unos rollitos de papel de caja registradora, agitan pancartas, dibujan lenguas de fuego utilizando unas apestosos flits matacucarachas, y disparan varios extintores rellenos de algún químico rojizo y espero que inofensivo. Una nube de emociones cubre la tribuna. El espectáculo debe ser maravilloso, pienso, sobre todo visto por cable con un bloody mary en la mano.




Una vez comenzado el juego ocurre un extraño divorcio entre la realidad de aquí en las gradas y la de allá en el campo; supongo que la ausencia de una pantalla mínimamente comunicativa tiene algo que ver. Nadie sabe qué pasa exactamente en la cancha. “¿Cuánto tiempo de partido llevamos?”. “¿A quién le sacaron tarjeta?”. “¿Por qué?”. “¡¿Penalty?!”. "¡¿Fue mano?!". “¡¿Qué pasó?!” "¿Cuánto queda?". Aquella noche hubo tantas preguntas sin respuesta... Eso sí, nunca faltó, ni por un instante, el apoyo incondicional de los hinchas para su equipo.

La guerra psicológica desatada por la tribuna contra el adversario es devastadora. Y homosexualoide. Sí, homosexualoide. No hay consigna, cántico o maldición que no pase por romperle el ano, violar, hacer mujer o convertir en puta que se goza, al enemigo. La obsesión por empalar al equipo contrario era más que una evidencia. Pero ese estilo agresivo –y anal– no es una exclusividad venezolana: los himnos e insultos de todas las barras bravas de Sudamérica son una copia fiel de las argentinas. Aseguran que se trata de una cultura futbolística. Por ejemplo, el original “¡Y dale, dale, dale Boca!”, se tropicaliza con un “¡Dale, dale, dale Rojo!”. Vargas Llosa (el que escribe novelas, no el que pretende análisis políticos) aconseja a los jóvenes escritores que no teman copiarse el estilo de otros, que eso es normal cuando se está en proceso de formación y que luego se encontrará el camino propio. Que él mismo lo hizo en sus inicios, confiesa, y miren qué lejos llegó… Como hasta Londres.

Siguiendo esta línea no hay nada que criticarle a los muchachos de aquí, de Medellín, de Guayaquil o de Cuzco. Incluso, ya hay incipientes chispazos de originalidad para distinguirnos un poco: al “Caracas Caracas yo te canto noche y día” de Un Solo Pueblo le añadieron un: “Los Demonios Rojos te apoyamos toda la vida”. Pero hay que decirlo: no ha calado todavía.

No le pediría a Huáscar Barradas que se pusiera a componer gaitas sinfónicas para alimentar el repertorio del Unión Atlético Maracaibo, pero sería divertido adaptar ciertas canciones del repertorio popular venezolano más moderno. En vez de cantar “Matador”, que es bien chévere pero la compuso un argentino, por qué no aprovechamos las tonadas masculinas de Caramelos de Cianuro y les gritamos a los rivales que vamos a pegarles con el martillo. O, mejor aún, ¿por qué no adaptar el rap “Ponerte en Cuatro” de Los Amigos Invisibles?, que hasta tiene unos tambores que encajan en una banda de tribuna

Luego de 90 trepidantes minutos, al terminar el descuento, como en todos los partidos, sonó el pitazo final, y en nuestro caso, porque sólo la victoria da energía para el furor, con ese pitazo cesaron los cánticos. Pero no tanto los insultos: unos pocos ¿pasteleros?, borrachos, se dedicaron a ofender y amenazar, de lejitos, a todo pendejo con franela del equipo contrario que pasaba desprevenido por la Puerta Sur: si no hay motivos para celebrar un empate, al menos que resulte justo animar el espíritu para la victoria futura, algo que se puede lograr a expensas del miedo ajeno. Los hombres con carácter se forjan en la adversidad y el Caracas es un equipo con espíritu ganador. Carajo. La próxima vez será. Así sea en casa frente al televisor, y con un bloody mary en la mano.


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viernes, 16 de mayo de 2008

Nos quisieron matar a todos

Antes que las cenizas chilenas del volcán Chaitén se largaran al sur de Buenos Aires, el humo provocado por la quema de pastizales en la zona del Delta cubrió su techo durante varios días. Gustavo Valle es un venezolano que vive por aquellos lares y me cedió este texto, que ya había publicado para Nación Apache. Ahí se los dejo.


Por Gustavo Valle

Se me estaban nublando hasta los pensamientos. Mi cabeza humeaba y cuando me proponía hacer algo por mi propia voluntad (hacer pis, cortarme las uñas), me atacaba un tedio vital mortal (como el tedio vital mortal que hizo famoso a Giacomo Leopardi por allá en mil ochocientos). Y terminaba tirado en el chinchorro como un oso perezoso pensando estupideces. Apenas alcanzaba a prender la tele y en la tele decían que el asunto se prolongaría cinco días más, que los pastizales arderían perpetuamente, que si uno quería se podía tapar la nariz y la boca y dejar de respirar, definitivamente lo peor que uno podía hacer era respirar. Tosí. Apagué la tele, cerré las ventanas, bajé las persianas, puse pañitos húmedos en las rendijas (¡las putas rendijas!) Me inventé una técnica según la cual pude descifrar los cambios de dirección del viento (en otra parte explicaré esto) y distribuí los muebles de casa en función de esta técnica. Coloqué el sofá contra la puerta del balcón, la cama frente a la ventana principal y arrimé la cómoda hasta obstruir el ventanuco del lavadero por donde entraba el humo. Me proponía aislarme de la enorme nube gris. Pero como la enorme nube gris era el aire mismo, entonces me había aislado del aire, y yo no estaba maduro para el suicidio. Intenté otra técnica: cuerpo a tierra. Panza y cachetes contra el piso. La preceptiva bomberil ordena cuerpo a tierra para evitar broncoespasmos. El humo, según esta preceptiva, tiende a subir al cielo. Es una infeliz ironía que esa informe cosa gris vaya al cielo, y uno al trabajo. Pero este humo argentino no era un humo cualquiera, era rastrero (humano humo, merecería llamarse) pues en vez de subir bajaba. Me pregunto si algo tuvo que ver el hemisferio sur, la latitud treinta y cuatro, la cercanía a la Antárdida, el mundo al revés, lo ignoro, la verdad, lo ignoro. Que si la presión atmosférica, escuché, que si los hectopascales, que si el viento norte, y cosas por estilo. Pero el puto humo no se iba. Se me ocurrió levantar la persiana y asomarme: era la lluvia ácida, el Apocalipsis en Buenos Aires. Definitivamente había un plan en marcha, y ese plan era exterminarnos a todos, asfixiarnos como ratas. Un laboratorio de aniquilación, carajo, de eso estoy hablando y no nos dimos cuenta. Y yo que no creo ni en el Gauchito Gil ni en el Santo Niño de la Cuchilla, cómo hago, me pregunté en medio de una gran desesperación, a quién encomendarme. Prendí de nuevo la tele, que es mi santuario en casos de emergencia, y allí estaba la presidenta vestida de plañidera con pelo al viento, lentes de mosca y blusa fucsia. Comandaba las operaciones de sofoco, pidiendo explicaciones a los capitanes, subiéndose a un helicóptero para sobrevolar los incendios. Y repartió culpas a diestra y siniestra, a los matones del campo, a los negligentes peones, a los inescrupulosos capataces, al dios Marte, a los espejitos, al triquitraque. A mí me dio un respiro (en realidad tosí otra vez) al ver a Cristina trabajar por el bien de todos, rodeada de cámaras, y sin el moño de Llongueras ni el tallercito hecho a su cadera. Apagué la tele antes de sufrir un ataque de optimismo y me asomé nuevamente a la ventana. Entonces pensé en Sandro, sí, con sus pulmones agujereados y en lista de espera para el transplante. Pobre Sandro, metido en esta humareda, después de arrancar tantos suspiros, la verdad. Y también pensé en la inflación y se me salieron las lágrimas. Y después pensé en el precio de los pasajes Buenos Aires-Caracas y me hice pis encima. Y al rato pensé en cómo sería escribir el humo, no el fuego (que ya lo hizo gente seria como Donatien Alphonse François de Sade) sino el humo, este humo que se mete hasta en las células hasta fumigar mi sinapsis. Y después de tanto pensar y pensar mis pensamientos ya se estaban chamuscando, ardían como barajitas y tuve una jaqueca contagiosa. Decidí bajar nuevamente la persiana. Corroboré que todos mis dispositivos estuvieran funcionando a la perfección: la alfombra tapando el hueco de la puerta, la cortina del baño atorando el acceso al balcón, un par de suéteres amuñuñados contra el aire acondicionado que no sirve, que nunca sirvió. Y me tiré en el chinchorro a ver las cenizas volar en el alto cielo albiceleste (no había alto cielo albiceleste, es una metáfora, para eso están las metáforas) Abrí los Cantos de Giacomo Leopardi en una página cualquiera y me dispuse a vivir la vida a plenitud.

lunes, 31 de marzo de 2008

Azul

Hace poco me preguntaron por qué cambié el rojo en el look del blog por este azul tan pálido. ¿Acaso ya no eres chavista?, me dijo mi interlocutor. Fue un comentario que ubiqué a medio camino entre la necedad y la pendejada, así que contesté como lo haría una señora en una panadería: ni que el rojo fuera exclusividad de ese señor, yo siempre he sido más militante de los Cardenales de Lara que del PSUV. Apenas me faltó decirle mijitica. La verdad es que quise acercarme al look de las páginas de Google. Si ellos usan el azul en sus diseños por algo será. Y ese algo debe valer millones de dólares globalizantes y democratizadores. En eso pensaba cuando leí lo que publicó la revista peruana Etiqueta Negra en su última página de la edición 24. Es un texto de Vicente Verdú que extraen del libro El Estilo del Mundo (Anagrama). Y es la respuesta que debí dar.

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Lo azulado es la tonalidad dominante de nuestra época. Ha decaído el enérgico valor del verde que enarbolaban los ecologistas airados y se ha perdido como un viejo recuerdo la bandera roja. Ahora el color envolvente es el azul: el tinte masivo de las prendas deportivas, el matiz repetido de las organizaciones internacionales, la tonalidad seleccionada por las firmas de informática, energía o ciencias de la vida, el fondo que preside a los partidos políticos sin ideología. El azul, decía Goethe en su Teoría de los colores, es “una nada encantadora”, no pesa, no incomoda, no afirma nada de verdad.



El capitalismo de ficción tiende a hacerse invisible a través del azul, que es un color resultante de la suma de vacíos. El capitalismo no está o se manifiesta de acuerdo con esa liviandad confundida con la naturaleza, la acumulación del aire o del agua transparentes. El azul es líquido o gaseoso como lo es la ética sin dolor, la disolución de la heterosexualidad, la continuidad entre el bien y el mal, la “nueva economía” intáctil. El rojo es fuerte, popular, comprometido, símbolo de la violencia o de la fecundidad. El rojo es un color encarnado, mientras el azul “no parece de este mundo”, decía Kandinsky. El azul es solitario como la sociedad egonómica, frío, distanciador, fácil de asumir.



En la cromoterapia, el rojo estimula el corazón, pero el azul induce a la parálisis. Parálisis de la rebelión, apariencia de consenso y lavado de la conciencia. Los detergentes procuran asociar su eficacia a unos granos azules como la señal de “limpieza nuclear”, mucho más allá del blanco. Este blanco tecnológico, nuclear, deshace incluso la memoria de la suciedad para imponerse como una limpieza de segundo orden. Una segunda limpieza producida que suplanta a la primera porque no solo la relava sino que la medicaliza. Que logra una realidad clínica y garantizada, más allá de la simple vida real.

Las cápsulas de los somníferos son azules para evocar esta nueva realidad soñada y los franceses llaman conte blue al cuento para niños: historias fantásticas, inverosímiles y con desenlace feliz.



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Así que no pesa, no incomoda, no afirma nada de verdad, es solitario, frío y fácil de asumir. Es como un cuento para niños. Después de todo, menos mal que no di esta respuesta, porque aunque dudo que mi interlocutor haya leído algo de Vicente Verdú (dudo que haya leído Etiqueta Negra e incluso que se haya leído algo de lo que escribo en este blog), con esta respuesta también le hubiese dado fundamentos a su estúpida razón.