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sábado, 20 de septiembre de 2008

Prefacio (¿Cómo hacer un libro?)

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Un libro se hace de dolor y desamparo. De algunos errores también: de la imposibilidad de no escribir, que es el mayor error que conozco. De insomnio y gracia. Hay personas que creen que un libro se hace de historias y otras que piensan que un libro se hace de sonrisas. A esas personas les digo: no sean estúpidos, esos libros no se hacen, esos libros no existen. Hay palabras para hacer libros, pero nadie las consigue. Se perdieron entre los puños de los escritores pegadores. Tengo un amigo que divide a los escritores en tres: fajadores, estilistas y pegadores. Así, un estilista es J.M. Coetzee. Un fajador es Henry Miller. Un pegador es Kafka. Un estilista puede ser Juan Carlos Onetti, aunque liquide sus peleas en los primeros rounds. Y un fajador puede ser Alfred Jarry. Un pegador, en cambio, es total. Un pegador es Borges, un pegador es Dostoievski, un pegador es William Shakespeare, dice mi amigo, que conoce poco de boxeo y mucho de libros. Un estilista es, o puede ser, o pudo haber sido, William B. Yeats. Un fajador: Osvaldo Soriano. Un pegador: Juan Rulfo. Juan Rulfo es Rocky Marciano. No, Juan Rulfo es mejor que Rocky Marciano. ¿Quién es, entonces, Edgar Allan Poe? ¿Qué tipo de oscuro y perfecto boxeador sería? Raymond Carver y Antón Chejov son únicos. Cada uno es el mandarriazo de Roberto Durán directo a la mandíbula. Son las manos de piedra alzándose en señal de victoria. Dylan Thomas es un fajador, Malcolm Lowry es un fajador, Charles Bukowsky es un fajador. Todos tienen el cerebro abollado y pierden antes de empezar a pelear, pero combaten como animales, ellos son el espectáculo. Si Luigi Pirandello fue el Nino Benvenutti de la creación literaria en su país (ganó 82, empató 1, perdió 7), Julio Cortázar podría ser una especie de Carlos Monzón en el suyo, o viceversa. ¿Yasunari Kawabata? Le pregunto de repente a mi amigo, como para sacarlo de sí. Él piensa y hace un ademán con el dedo, se frota las manos. Es un estilista, me dice, un estilista sensacional. No sé, le respondo, nunca vi una pelea suya. ¿Qué más, qué me dices de los boxeadores de ahora? David Foster Wallace es un fajador comprometido. Mario Bellatin y Alejandro Zambra son las actuales promesas del boxeo estilístico en Latinoamérica. Marchan invictos. Villoro es un buen fajador con un súper equipo de relacionistas públicos y Bolaño un pegador al que arrolló un auto. Como ves, sigue mi amigo, los pegadores nunca sobran, ellos aparecen de tanto en tanto para mantener vivo el deporte… ¿Y quién es Mohamed Alí? Lo interrumpo para ver si ya antes ha ensayado esta conversación, o al menos esta respuesta. Cervantes –y esta vez me responde sin titubear– era tan bueno que peleaba con una sola mano. Mi amigo es gruero. Conduce una grúa. Asiste a los accidentados de las carreteras oscuras. Me dice que prefiere a las mujeres, pero que eso no quiere decir que le tema a los hombres. Mi amigo sufre de insomnio, por eso me llama en las noches, para conversar. Para hablar de libros, de viajes, del azar y de una tal Cinthya, que también es mi amiga. Mientras él habla, yo duermo. Mi amigo cree que su situación es circunstancial, pasajera. No sabe lo que le va a pasar, como todos. Pero yo sí. Por eso escribo este libro. Hace poco llegamos a un acuerdo. Más que un pacto, se trató de una coincidencia. Coincidimos en algo: un libro se hace de atrevimiento y también de imágenes que vuelan. Sobre todo de imágenes que vuelan en la noche.


lunes, 10 de marzo de 2008

La última carta de Camacho

Campos, no importa lo que digan o lo que parezca, un hombre no es un hombre por sus conocimientos o su verdad; tampoco es el boceto del tiempo que le pertenece. La brevedad, el suicidio y la certeza son cosas que también pueden experimentar las mariposas, las luciérnagas y los gatos. Un hombre es un cuadro y un cuadro puede ser un hombre pintado, una mujer desnuda. Los muslos de una mujer desnuda. Ese es el mejor hombre que conozco. O que conocí. Ya sabes a lo que me refiero.

A veces pienso que hay pocas pinturas más impresionantes que la del cuarto donde duerme el hombre, cuando lo pinta. Es esa imagen la que, como una fotografía, lo atrapa. Lo ata. Lo sujeta sin darse cuenta. Con cada gota de pintura que se derrama en el piso, sobre el periódico roto en las esquinas que anuncia noticias viejas: “Paro patronal a partir de mañana”; “Brasil celebra nuevo campeonato”; “Mujer maravilla salta de un décimo piso”; “70 muertos dejó el carnaval”; el hombre imagina que es feliz, que puede ser feliz, que tiene algo, además de sus buenas intenciones.

No hablo del dolor, ni de las enciclopedias o sus horrores inmensos, esas son cosas importantes y probables. Tampoco de la soledad. Sé que no estoy solo y que he tenido peores días. Sé que me has escrito hace minutos y que, por lo visto, la gente sigue sacando revistas inútiles. Me dices que te has emocionado porque te van a hacer una entrevista, un reportaje central, una semblanza, un perfil, que tu taller será fotografiado y tu trabajo cobrará un mayor alcance. Te voy a decir lo que hago con esas revistas: las tomo, las leo, las arrugo y las pongo sobre la alfombra del copiloto, a los pies de mis accidentados. A veces también le hablo de libros a los hombres y de radiadores a las mujeres. Les señalo el sucio debajo de sus zapatos. Esas revistas son inofensivas y están sobrestimadas, sufren de una enorme falta de sinceridad.

Yo hablo de no disimular y de todo eso que pensamos. Una cosa son las cosas que pensamos y otra cosa son las cosas que sabemos; saber no importa, saben los débiles y a ellos nadie los quiere. Ellos hacen revistas o se convierten en críticos de la Internet. Ellos pueden ser gatos o mariposas. O no ser nada. Yo soy gruero, hermano. Un cargador de miserables y desafortunados. Podemos ser inmortales según las dimensiones de lo que hacemos, pero te pregunto: ¿qué pasa cuándo lo que hacemos es aprender a morir? ¿Cuáles serían entonces nuestras dimensiones? ¿Tú puedes seguir pintando como si nada? Si es así, vamos a vernos pronto para jugar a las cartas, para conversar, solos tú y yo. Para que me expliques cómo es la vaina y me muestres lo último que has hecho.

Un hombre es un hombre cuando huye de la realidad sin pensar en el otro. A eso es a lo que me refiero.

Estoy terminando de escribir mi primer libro de relatos. Lo voy a terminar para mostrártelo cuando nos veamos. Un abrazo. Cambié mi celular, llámame: 0414.3201441.

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miércoles, 3 de octubre de 2007

El viaje de Cinthya


Te quiero mucho, mi vida. Y me encantas; le dijo.

-¿Destino final, señorita?
-¿Perdón?
-¿Qué destino lleva?
-La muerte.
-¿Diga?
-Caracas.
-¿Estaba acá de trabajo?
-No, de turismo.
-¿Y cómo la pasó?
-Ah, pues muy bien.

Había ráfagas. Música a todo volumen y una lluvia tenaz, persistente. El recorrido, desde Altamira, parada previa para un arroz chino –mixto, combo 3– terminó en noches extranjeras de cuerpos sin ropa, a medio cubrir con emociones de cobijas gruesas y locales de noche amiga.

-¿Me permite su pasabordo, señorita?

Una hora treinta minutos de vuelo, lo sabía, dejaba una deuda impagable. Un despegue a tiempo para evadir posibilidades: ese abrazo en la pista con la luz rayándole la cara –un solo de violín al fondo– el café equivocado, la cena en un restaurante con letreros auténticos, otra tarea sobre universitarios. Atrás se quedaba una Medellín tan llena de libros como de promesas vacías.

-Buenas, bienvenida a bordo. ¿Se queda en Caracas, señorita?
-¿Caracas?
-Sí.
-Ah, sí, claro.
-Tome, es un agrado recibirla. Que tenga buen viaje.

Escríbeme, al menos, le dijo Camacho; para saber que llegaste bien. Uno o dos meses atrás Cinthya situó la aclaratoria –débil, aunque ambos querían que sonara amenazante: no más llamadas, no más recados, no más mensajes de texto por el teléfono celular. Eran expertos en contradecirse y en tenderse trampas, pero apenas aprendían a tomarse de la mano. También sabían reírse y mirarse a los ojos. Y pasar como invitados de lujo; como huéspedes de honor; como noctámbulos fugaces que repiten su deseo y campanean un vaso corto. Con hielo, con ron, con aguardiente y limones ahogados, con un regalo: las caras tan cerca que llegaban a olerse la sangre.

-Juguetes a control remoto y teléfonos celulares deben permanecer apagados a partir de este momento. Se les recuerda que fumar a bordo no está permitido.



Había desplazamientos de memoria y de futuros. Había galpones y salones vacíos. Había teléfonos, malos teléfonos. Había taxis amarillos y números rojos. Había apartamentos, paraguas prestados, pantallas con rock and roll, afiches, poemas, bares de alpinistas, meseras con lindas caderas, salsas, tangos, boleros y mucho norte. Y también ruido y besos en la mejilla, con el café –tinto– la casa –grande– los amigos –nuevos. Siempre había ruidos y besos en la mejilla. A veces se deslizaban hacia el centro.

-Señorita, mantenga el respaldar de su asiento en posición vertical…
-¿El viaje dura hora y media?
-Sí, señorita, una hora cuarenta minutos para ser exactos. Abróchese el cinturón, por favor.

La lluvia había sido un paréntesis. Los recibió junto al frío hasta abrirles la piel; se fue para dejarlos con su cámara de risas, registros movidos, caprichos, agendas y películas de medianoche. Una madrugada de espanto, un sweater nuevo y un desayuno criollo. Regresó, la lluvia, como esa alarma que siempre suena para obligarlos a despertar más temprano de lo que querían.

-Tripulación, estamos próximos al despegue.

Cinthya miraba por la ventana del avión (Avianca, vuelo 082, 5A). Una nube blanca sin dueños, como el aviso de un volcán que se agita, que se levanta hasta el cielo, le repitió lo evidente: a veces cae la noche entre el desvelo de los hombres que viven como niños, que no creen en la fuerza, que empezando a olvidarse inventan fugas y embarazan recuerdos. Así era como se hacía antes. Así era como debía hacerse ahora, cuando estar ubicada en un solo lugar era imposible a menos que se culpara al miedo. O a la pereza.

-Señoras y señores, permanezcan sentados y con los cinturones de seguridad abrochados, por favor. Leadys and gentleman…

Ella tenía sus planes y sabía lo que sentía, no podía dejar que nada se interpusiera en su camino. Pero estaba la velocidad; esa ráfaga de personajes, lugares y ritmos. La imaginación se había perdido, pero retomar el movimiento y desplazarse por realidades cortas; la levedad del brillo de sus ojos; la certeza de tantas coincidencias (otra foto); le hacía permanecer tranquila, calmada, segura.

-¿Jugo, café, gaseosa?

Cinthya llevaba un hijo nuevo en su vientre y sentía un vértigo ascendente. Eso no ocurría desde la noche anterior, cuando Camacho la apretó contra su pecho y la vio con algo parecido al alma; o a la franqueza; o al deseo, esas tonterías que se inventan los chicos, que es como un destello de luz que obliga a cerrar los ojos; o como la transparencia, inventos ingenuos en tiempos tan actuales.

Abajo se dibujó una silueta de río. Cinthya empezaba a contar su último medio año y estaba enamorada. Al parecer lo sabía, pero no quería terminar de creerlo. En el aeropuerto le esperaba un taxi por encargo –90 mil bolívares– y algo de calor, también un tráfico de autos que retrasaría aún más su llegada a casa. Pensaba en la muerte mientras veía pasar las nubes a una velocidad absurda.

martes, 3 de abril de 2007

El domingo de Amira

* * *


La abuela materna de Dylan era noble y bondadosa. Una vez dijo que no existe un camino que conduzca a la felicidad. Que la felicidad es el camino. Eso está en el volumen uno de un libro de música, de un libro que habla de músicos y canciones, y también de Nueva York. Y que firma su nieto. Es un libro de relatos, un recordatorio personal -diarios, crónicas, postales- que tiene en la portada una avenida iluminada por taxis y letreros. Admiral, television appliances; Warner; Canadian Club, imported whisky; Automatic; Capitol Theatre- y un retrato de Bob Dylan en la contratapa hecho por Don Hunstein. En realidad ambas imágenes de la sobrecubierta son de Don Hunstein; pero de él no se habla en ese primer volumen de memorias. De quien sí habla el autor es de su abuela, apenas en el primer capítulo, antes de decir que el destino estaba por revelarse y lo miraba a la cara, sólo a él.

Esa era la sensación y eso era lo que recordaba Amira, que ese día antes de leer también se había bañado y se había afeitado y había mirado televisión durante horas. Vio Easy Ryder y le gustó el final y ese diálogo que interpreta Jack Nicholson antes de ser asesinado a palazos, que dice algo sobre la libertad. O sobre ser libre. O sobre el miedo. Sobre el temor que sienten las personas comunes por lo que representan vagos de cabello largo como ellos: ese desprendimiento, la fuerza, cierto desarraigo, un amor por la naturaleza y las drogas, lo que a Amira le pareció que tenía que ver con el primitivismo, la esencia, y que eso efectivamente se parecía a su idea de libertad, pero que no evaluaba como algo bueno o malo, sino que entendía como una condición o una elección que, al menos a ella, no le interesaba. Porque había una forma de libertad independiente de la vida que ella prefería descubrir, y esa era la muerte.

"Si Dios no existiera, habría la necesidad de inventarlo" escuchó también en otro diálogo de la película de Dennis Hopper, un diálogo suelto, sin conexión aparente, que al parecer hace Peter Fonda perdido en un recuerdo, o probablemente en una premonición, razón por la cual Amira prefirió levantarse para buscar café en la cocina y finalmente terminó haciéndose un Nestea. Fue entonces, con el vaso en la mano, cuando pensó que lo mejor de la película era su final, porque ya la había visto antes.




Otra que vio -por tercera vez, y que sí la conmovió- fue Million Dollar Baby, de Clint Eastwood. La conmovieron la producción, la dirección y, sobre todo, la actuación de Clint Eastwood. Fue antes de revisar su e mail para acostarse a dormir, sentada leyó algunas frases sobre política con las que no estuvo muy de acuerdo, se las había enviado su primo desde Australia. Una de Ronald Reagan, a quien consideraba un perfecto imbécil y un pésimo actor: "se supone que la política es la segunda profesión más vieja. He llegado a comprender que tiene muy cercano parecido con la primera". La segunda de Eugene McCarthy, a quien consideraba un político más, pero no un imbécil, ni un matón, ni un marica de closet como Joseph McCarthy: "estar en la política es como ser entrenador de fútbol americano. Tienes que ser lo suficientemente listo para entender el juego y lo suficientemente tonto para creer que es importante". La tercera era una frase de John Kenneth Galbraith, a quien conocía muy poco y por lo tanto no le interesaba considerar; su frase parecía responder a otra de Otto Von Bismarck: "la política no es el arte de lo posible. Consiste en escoger entre lo desastroso y lo intragable". Por eso es que ninguno lo hizo bien, pensó Amira, por cagones, porque entendían su trabajo en dimensiones erradas, como un juego sin importancia, y partían del prejuicio y la ignorancia para castigarse a sí mismos sin pensar en los demás... mira que venir a confundir el mal chiste con la astucia. Y después vienen y llaman a eso comprensión.

Amira es (era) una chica sensible, sencilla, que disfrutaba creyendo en misiones imposibles: el bien de todos, menores diferencias entre los hombres, el cine como un arte. Le gustaba estar sola, leer y remarcar sus convicciones.

Esa noche soñó con Gustave Flaubert. Había leído la obra completa del francés y quería hacer una adaptación sobre Madame Bovary, uno de sus personajes favoritos. Buscaba lecturas, símbolos, imágenes y frases por todos lados para reforzar el guión y apoyar (así le decía ella) su dirección de arte y su puesta en escena. Lo curioso es que en su sueño, Flaubert se parecía Stella o era Stella, y sólo le decía que el verdadero anhelo de la democracia era llevar al proletariado al nivel de estupidez logrado por la burguesía. Amira le respondía que estaba de acuerdo pero que no veía que ahí estuviera la clave de la novela que ella quería adaptar a un cortometraje: una superposición de imágenes, algo moderno, ¿ves?, frenético, caótico, pero limpio, tú sabes (y no sabía si decirle Gustave, Flaubert o Telita) algo como lo que hicieron Craig Pearce y Baz Luhrmann con Romeo y Julieta en el 96; y Flaubert, que era Stella seduciéndola, vestida con mini falda roja, le contestaba que sí, que abriera los ojos, que diera el salto y se atreviera, que se arriesgara y fuera tras su sueño, que eso era la libertad.



Amira no sabía cómo interpretar esas frases tan comunes en boca de Stella, que había sido Flaubert y ahora era Bob Dylan cantando una canción con una armónica, hablándole entre pieza y pieza sobre su primo Andrés, el nadador recién casado, y sobre el esfuerzo (que en realidad era la dedicación y el tiempo) que cada uno de nosotros le otorga a sus creencias. Dylan, que era Stella, que era Flaubert, se le acercaba poco a poco hasta desnudarla y le hacía el amor.

Amira desnuda, llorando, no tuvo otra salida (o no encontró nada mejor) que confesarle a Dylan-Stella-Flaubert que ella era una cobarde, pero que cuando lograba apartar sus miedos, que no era tan seguido, entendía que la paz es como la calma: que tarda en llegar porque está cerca de un lago y junto a una pareja y probablemente también junto a una mascota. Y el hombre a su lado, que ahora era su primo Andrés, la tomaba suavemente con ambas manos y le aclaraba que entonces eso debía ir en los genes, porque él tenía algo muy parecido a lo que ella decía y estaba seguro de que él sería el hombre más triste del mundo, por siempre jamás.

Bob Dylan, que entonces entró vestido por una de las puertas de la habitación y ya no se sabía si era Stella o el mismo Flaubert, le dijo riéndose con un palillo entre los dientes: "ahí tienes a Madame Bovary, me lo dijo el mismo Jack Nicholson, que está allá afuera balanceándose en un columpio". Amira no entendía nada, se mostró sorprendida. "Lo digo en serio, él la interpretó una vez en un teatro en Nueva York, yo estuve allí", repicó Dylan, y terminó mientras se quitaba la camisa: "ahora, dime cómo me pongo para que me tomes una foto".

Amira se levantó desnuda y corrió a asomarse por la ventana para ver si era verdad que afuera había un columpio, si estaba en su casa o era que alguien le robaba un secreto. Su primo Andrés ya no estaba sobre la cama, reía junto a Dylan mientras se fumaba un cigarro.

miércoles, 14 de marzo de 2007

XII. Rituales de ausencia / Insomnio

1 am

yo tuve tu amor
yo tuve un brinco de emoción que te devolvía a la infancia
un gesto inocente que aliviaba el día

ahora tengo que cerrar los ojos para recordarlo, es verdad,
pero nadie puede arrebatarme haberte conocido

1:45 am

tú eras la cumbre
mi triunfo
esa tranquilidad que tuve y arrojé al vacío en cada noche para darme una salida

2:27 am

yo soy todo lo que quieras
torpe
criminal
padre perfecto
y puedo ahora tener tan poco
que necesito cerrar los ojos para tener algo

2:29 am

pero pienso correr hasta el futuro

2:44 am

pienso convertirme
en el primer adolescente
capaz de distraer relojes

3 am

pienso pintar mi cuarto de azul oscuro
colocar el primer disco de Charly Mingus
y esperarte despierto con el pecho desnudo