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viernes, 24 de octubre de 2008

Clases de softbol / Crónica de un partido trascendental +

Fotografías: Francesco Spotorno


Primera parada: estación del Metro Los Símbolos. 1:30 pm. Es sábado. Un evento de vital importancia para algunos está celebrándose a pocos kilómetros: juegan Los Compadres contra el Sindicato Bolivariano de Trabajadores en una de las semifinales del torneo de softbol del Banco Industrial de Venezuela. No todos Los Compadres son compadres entre sí, y los representantes del Sindicato no pertenecen necesariamente a él, pero está claro que todos trabajan en el banco. Los últimos se abrevian el nombre: Sinbotbiv. Y a la postre se llevarán la victoria bajo un torrencial aguacero.

En esta crónica alguien gana, alguien pierde, y llueve, pero todos gozan. El juego comenzó hace media hora y Miguel Flores espera en Los Símbolos con su camisa a modo de uniforme –número uno en la espalda bajo la tira del bolso verde, cruzado– y una gorra con el nombre de su proyecto, como si fuera un equipo. Ese proyecto es su empresa y su empresa es su vida: un portal digital dedicado exclusivamente al mundo del softbol en Caracas que se llama liderbate.comtu boxscore digital.

El socio de Miguel, José Peralta, aparece en su Chevrolet Corsa plateado –un jugador de primera– tocando la bocina. Su hermano se llama Antonio y es amigo de la infancia de Miguel. Todos viven en El Cementerio, donde crecieron jugando cualquier cosa que se pareciera al béisbol. Ninguno juega esta tarde, pero van al estadio a pasar el rato y a recoger algunas estadísticas para la página web. Antonio debe rozar los cien kilos, viste sandalias de cuero, una franela negra sobre una gruesa cadena de plata y una gorra blanca. Todos usan gorras. La postura de Antonio descubre su prominente barriga. “¡Es un gran jugador!, y además es entrenador”, me comenta Miguel en secreto, “lo que pasa es que ahorita la liga donde jugamos está parada por remodelaciones”. “Aunque el equipo está armado”, completa Antonio, que se ha acercado con determinación “tenemos todo completo: nuestros uniformes, y hasta hemos sido campeones”.

Para la cultura general, el softbol nace de un juego similar al béisbol llamado Kitten Ball, en 1887, se juega por primera vez en Chicago, Estados Unidos; edita sus reglas oficiales en 1916, y en 1933 adopta su nombre actual. Los partidos de softbol duran siete inings o una hora cuarenta y cinco minutos, lo que ocurra primero. Pero para que sea legal, cuenta Miguel Flores, el juego tiene que haber pasado los cinco inings completos. Asunto importante, valen los empates. Y también la muerte súbita: perder por quince de diferencia en el tercer ining, por doce en el cuarto o por siete en el quinto, significa que se acabó el asunto. Es lo que se conoce –a préstamo del boxeo– como nockout fulminante.


El estadio de softbol donde Los Compadres se juegan la vida ante Sinbotbiv queda en el Círculo Militar. Está flanqueado por un área social con cafetín y muchos espacios verdes. Allí se ubica un público familiar poco nutrido pero con buenos pulmones. Se distinguen el buen ánimo y la sed, a juzgar por las cervecitas que ruedan de mano en mano y el servicio de Jhonny Walker –keep walking and play– que disfrutan cinco compañeros de un equipo que ya jugó.

Hay unas cincuenta personas, aunque no todas atienden concentradas a lo que pasa en el campo: cierra el cuarto ining y gana el sindicato 7 a 4. De un bate sale una línea disparada al center field y el defensor, que debe medir al menos un metro noventa, se adelanta tanto para buscar la bola en el aire que se pasa. Tiene que estirar su largo cuerpo y con él su brazo para intentar alcanzarla. Brinca y falla. La pelota cae y parece que va a haber una jugada en la goma. El corredor choca contra el catcher y una fanática grita emocionada: “Ajá, lo tumbaron, por pasao. Bien hecho, no juegue. Sí, anótate otra pues…”. La mujer es risueña, por lo tanto se podría decir que celebra entre risas al borde del terreno, protegida por una cerca enorme, y también que disfruta mientras se come un pastelito de los que venden en la cantina, junto a una lata de Pepsi Cola –pide más, ahhhh.

El coordinador de este espacio es Luis Mujica, un señor fornido, aunque pequeño, que esta tarde viste una camiseta del Liverpool, el club de fútbol inglés, y unos zapatos Nike –just doit– sin medias. Tiene un bolígrafo en la mano para llevar las anotaciones del juego. Suma 35 años trabajando en el mundo del deporte aficionado y además de coordinar el Centro de Desarrollo El Laguito, bajo el mando del Coronel Brígido José Cortesía, también es Secretario General de la Asociación de Béisbol del Distrito Capital.

Mujica trabaja sentado sobre una pequeña silla, dentro de una oscura y calurosa garita de dos metros cuadrados. Desde allí apunta todo lo que ocurre en cada uno de los seis partidos diarios que se disputan en esta cancha. En su juventud, este señor participó en la Liga Interobreros, que él define como la pionera del béisbol amateur en Venezuela: “Jugué con un equipo que se llamaba El Cóndor, pero al que después le cambiaron el nombre y llegó a ser Los Buitres”, rememora. A su lado está el joven que controla la pizarra electrónica. Ninguno pierde detalle del partido. Más allá hay un pequeño radio, sobre un Meridiano –el diario deportivo de Venezuela– desde el que sale la voz de Hugo Chávez. Está en cadena nacional y habla sobre la selección nacional femenina de softbol: “Yo las amo. Yo las quiero. Yo las admiro”.

En Venezuela existe una Federación Venezolana de Softbol, pero ellos se encargan únicamente de los peloteros de alta competencia. Según Miguel Flores, este juego se practica en muchos lugares y eso es aprovechado comercialmente, por eso resulta mejor dividirlo en categorías: Clase C, para cualquiera, donde destacan los borrachos y los gorditos. Clase B, con un nivel medio y mayor velocidad en los lanzamientos de los pitchers. Y Clase A, que es el deporte serio, de alta competencia, con viajes largos y mejores salarios. A la Clase A, por ejemplo, pertenecen nuestras últimas abanderadas en los Juegos Olímpicos de Beijing, que no pudieron clasificar a la segunda fase, pero sí se ganaron, según reporte de la agencia AFP, la medalla del cariño en China.

La llamada Clase C define a las populares “caimaneras”, y es la que más se practica en Venezuela. De ahí que las ligas, que cobran por cada equipo que se inscribe, comenzaran a abrir cupos para todos con un eufemismo: ya no es una Clase sino una pequeña palabra disfrazada de inclusión: Modificado. Ese es el estilo y quiere decir que el lanzador puede ser un as del pasado, un grande liga que está de vacaciones, un gordito “que la pone bombita”, o un prospecto que se recupera de una lesión.

“Ahí entran todos, el que juega muy bien y el que no sabe jugar también. Por lo menos hay un equipo que es el Seniat –dice Miguel Flores– donde juegan ‘El potro’ Álvarez, Luis Raven, Marlon Roche y Melchor Pacheco, puros peloteros profesionales”. ¿Y cobran? –pregunta ingenua. “Claro, y ganan”, contesta Miguel. Y después de una pausa agrega: “les paga directamente el Seniat, pero eso es legal”.

Miguel sabe lo que es cobrar por sus servicios. Sobre su espalda carga con el peso de haber lanzado hasta quince juegos semanales durante varios años para ganarse unos churupos extras, lo que a sus escasos 26, edad dorada para cualquier pelotero estrella, se traduce en una hernia discal producto de una sobrecarga de trabajo. Luego de 4 meses lesionado, está a punto de operarse. El lanzador es la pieza más importante en un equipo de softbol y para él no hay limitantes, puede jugar en cuantos equipos desee, siempre y cuando no pertenezcan a un mismo torneo y sea capaz de cumplir con todos sus compromisos.

“Te luciste”. “Sigue”. “Ensúciate”. “Vamos Alexis, vienes tú”. Los amigos y familiares que no pasean ni se distraen frente a una bebida en la mano, aúpan como pueden. Son las semifinales, es importante. Empieza a llover más fuerte. Sinbotbiv está ganando 9 a 7, pero para que el partido sea legal hay que jugar al menos cinco inings. Si no escampa, suspenden el partido. Si lo suspenden habrá que comenzarlo todo de nuevo en otra ocasión. Eso cuesta mucho tiempo, muchas emociones, mucho sacrificio, muchas cervezas. “Al menos los domingos hay un sancocho que es buenísimo”, dice José Peralta. “Aquí también se viene a hacer relaciones”, asegura Miguel, “yo me voy a poder operar gracias a un contacto que hice con la gente de los Seguros Sociales, que tiene un equipo aquí”. También vienen magistrados, y oficiales del ejército, la marina, la aviación. Tema para otra crónica. En esta llueve duro, alguien gana, alguien pierde y todos gozan. El terreno de juego está en pésimo estado por el agua, pero han llegado al sexto ining, así que hay juego legal. Ganadores y perdedores se despiden enchumbados y con la moral en alto. Lo dieron todo. Ahora van a refrescarse en la cantina, y mañana a ver sus fotos en liderbate.comtu boxscore digital– para esperar al vencedor entre el difícil equipo de la Caja de Ahorros y la aguerrida y poderosa Auditoría.



+ Este texto fue publicado junto a otros mejores en la sexta –y última, por ahora– edición de la revista Plaza Mayor. Creo que la final la ganó la Caja de Ahorros.

viernes, 30 de mayo de 2008

Cuando los machos juegan Rojo

En honor a la finalísima de este sábado en San Cristóbal y a la salida –algo tardía– del segundo número de la revista Plaza Mayor, me robo este trabajo de Jorge Sayegh sobre la barra brava del Caracas F.C. Los autodenominados Demonios Rojos. Las fotografías son de Francesco Sportorno y el texto es, como denuncia el subtítulo que le toca, la pequeña crónica de un pastelero coleado.



Ni las marchas políticas, ni las declaraciones de guerra, ni el deseo colectivo porque santifiquen de una vez al postergado José Gregorio Hernández, son capaces de amalgamar las convicciones de un grupo de venezolanos como lo logra cualquier equipo de fútbol con sus hinchas. Quizás por eso el Deporte Rey nos resulte un tanto extraño. Para un pueblo cuya ambición colectiva más intensa es animar mezquinamente a su caballo en la recta final, eso de avivar uniformemente a un solo equipo y odiar irreconciliablemente a los que aúpan al otro, es un fanatismo demasiado trabajoso y comprometedor.



“El béisbol es un juego, no un deporte”, me aclaraba con emoción sincera Colls, uno de los líderes de la barra, minutos antes de entrar al Olímpico donde se escribiría a patada limpia otra gesta histórica del Caracas Fútbol Club que terminó en un mísero empate. La aclaración era importante, porque la relajada enemistad que se profesan sobre una tribuna los fanáticos rivales de dos equipos de béisbol, es un juego de niñas comparado a la pasión que desborda el corazón guerrero de los hinchas del fútbol.

Los miembros de la barra del Caracas son conocidos como “Los Demonios Rojos”, pero, a pesar de su nombre, los muchachos se portan muy bien para ser una masa humana embriagada por el calor del fútbol y las cervezas frías. Con el look de chicos malos que su buen nombre precede, manejan muy bien eso que los maestros acomplejados llaman mala actitud y que Madonna capitaliza para hacerse cada vez más millonaria. Suelen llegar al estadio con horas de anticipación y organizan escrupulosamente las banderas y pancartas, sus decoraciones de guerra en las tribunas; luego calientan los tambores, se saludan con gestos rituales, se pintan la cara y se reúnen alrededor del tum tum entre cánticos pop-gloriosos, redobles y estandartes, para entrar triunfales al escenario donde ocurrirá el show de la batalla. Como Madonnas, pero pobres.

Aquella noche del empate, el piso del Acceso Sur y el de toda la Tribuna Este del Olímpico Universitario pronosticaba un futuro gris, anegado por una pestilente laguna artificial. Así que fanáticos comunes, barra brava y curiosos, accedíamos al estadio por una sola puerta con los pies enchumbados por abajo y con la moral muy en alto por arriba, donde, más que el viento, el poder de las voces de los diablos rojos parecía mover las banderas.

“Ya llegó la barra. La más radical
la espera toda la grada y hasta la tribuna principal
son nuestras pasiones, lo fundamental
qué linda la muchachada pegando grito en la popular
que la canten todos la linda canción...
que la canten los pasteleros a los que les falta corazón”.




¿Qué es un pastelero?, pregunté. La respuesta es precisa. Se trata de aquel que se dice fanático del fútbol o del equipo, pero que en realidad lo hace por moda, no por convicción propia. Un pastelero puede ser un hombre que quiere levantarse a una fanática bonita y va al estadio, pero no por amor al cochino, sino a los chicharrones. Son todos aquellos que se cambian de equipo según el que vaya ganando, o los seguidores del Barcelona y el Real Madrid: “es como tener una novia, pero que vive en otro país y que se la coje otro”, argumentó Colls, cual especialista deportivo. También puede ser un demonio rojo irresponsable que sólo va a cazar golpes, en vez de alentar a su equipo querido. No es fácil ser reconocido como verdadero fanático entre los miembros de esa cofradía sin reglamentos ni sede que conforman unos seguidores que se reconocen como familia.

Colls me contaba que ha tenido algunas diferencias con su novia (no sé si su ex a estas alturas), porque a ella no le gusta que pase tanto tiempo con sus hermanos. “Sí, hermanos”, reflexiona espontáneamente, “porque mis compañeros de barra son como mis hermanos”. Y los hermanos se instalan en diferentes lugares de la Tribuna Sur con un orden digno de familia mafiosa: a cada grupo le corresponde su lugar en la jerarquía. Hacia el centro se ubican los líderes, en la periferia superior los más radicales, en la inferior los más zanahorias.

A medida que se acerca el momento del pitazo inicial, la efervescencia de los ánimos va desbordándose y explota como un millón de cervezas batuqueadas y destapadas al mismo tiempo, cuando el equipo salta a la cancha. En ese instante ocurre un pandemonio: todos los rojos gritan sus amores y lanzan unos rollitos de papel de caja registradora, agitan pancartas, dibujan lenguas de fuego utilizando unas apestosos flits matacucarachas, y disparan varios extintores rellenos de algún químico rojizo y espero que inofensivo. Una nube de emociones cubre la tribuna. El espectáculo debe ser maravilloso, pienso, sobre todo visto por cable con un bloody mary en la mano.




Una vez comenzado el juego ocurre un extraño divorcio entre la realidad de aquí en las gradas y la de allá en el campo; supongo que la ausencia de una pantalla mínimamente comunicativa tiene algo que ver. Nadie sabe qué pasa exactamente en la cancha. “¿Cuánto tiempo de partido llevamos?”. “¿A quién le sacaron tarjeta?”. “¿Por qué?”. “¡¿Penalty?!”. "¡¿Fue mano?!". “¡¿Qué pasó?!” "¿Cuánto queda?". Aquella noche hubo tantas preguntas sin respuesta... Eso sí, nunca faltó, ni por un instante, el apoyo incondicional de los hinchas para su equipo.

La guerra psicológica desatada por la tribuna contra el adversario es devastadora. Y homosexualoide. Sí, homosexualoide. No hay consigna, cántico o maldición que no pase por romperle el ano, violar, hacer mujer o convertir en puta que se goza, al enemigo. La obsesión por empalar al equipo contrario era más que una evidencia. Pero ese estilo agresivo –y anal– no es una exclusividad venezolana: los himnos e insultos de todas las barras bravas de Sudamérica son una copia fiel de las argentinas. Aseguran que se trata de una cultura futbolística. Por ejemplo, el original “¡Y dale, dale, dale Boca!”, se tropicaliza con un “¡Dale, dale, dale Rojo!”. Vargas Llosa (el que escribe novelas, no el que pretende análisis políticos) aconseja a los jóvenes escritores que no teman copiarse el estilo de otros, que eso es normal cuando se está en proceso de formación y que luego se encontrará el camino propio. Que él mismo lo hizo en sus inicios, confiesa, y miren qué lejos llegó… Como hasta Londres.

Siguiendo esta línea no hay nada que criticarle a los muchachos de aquí, de Medellín, de Guayaquil o de Cuzco. Incluso, ya hay incipientes chispazos de originalidad para distinguirnos un poco: al “Caracas Caracas yo te canto noche y día” de Un Solo Pueblo le añadieron un: “Los Demonios Rojos te apoyamos toda la vida”. Pero hay que decirlo: no ha calado todavía.

No le pediría a Huáscar Barradas que se pusiera a componer gaitas sinfónicas para alimentar el repertorio del Unión Atlético Maracaibo, pero sería divertido adaptar ciertas canciones del repertorio popular venezolano más moderno. En vez de cantar “Matador”, que es bien chévere pero la compuso un argentino, por qué no aprovechamos las tonadas masculinas de Caramelos de Cianuro y les gritamos a los rivales que vamos a pegarles con el martillo. O, mejor aún, ¿por qué no adaptar el rap “Ponerte en Cuatro” de Los Amigos Invisibles?, que hasta tiene unos tambores que encajan en una banda de tribuna

Luego de 90 trepidantes minutos, al terminar el descuento, como en todos los partidos, sonó el pitazo final, y en nuestro caso, porque sólo la victoria da energía para el furor, con ese pitazo cesaron los cánticos. Pero no tanto los insultos: unos pocos ¿pasteleros?, borrachos, se dedicaron a ofender y amenazar, de lejitos, a todo pendejo con franela del equipo contrario que pasaba desprevenido por la Puerta Sur: si no hay motivos para celebrar un empate, al menos que resulte justo animar el espíritu para la victoria futura, algo que se puede lograr a expensas del miedo ajeno. Los hombres con carácter se forjan en la adversidad y el Caracas es un equipo con espíritu ganador. Carajo. La próxima vez será. Así sea en casa frente al televisor, y con un bloody mary en la mano.


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lunes, 14 de abril de 2008

Domingo de concierto

Las señas estaban claras, al menos para mí: “Calle 13 llega al aeropuerto a la una de la tarde, así que espera en el Meliá como a las dos”. El famoso grupo de música puertorriqueño venía invitado por la Alcaldía Mayor de Caracas para presentarse en un concierto de domingo, junto a tres o cuatro bandas nacionales. Yo debía entrevistarlos y mostrarles junto a Jorge un video de una chica que camina desnuda por la ciudad con una de sus canciones de fondo. Se suponía que eso rompería el hielo.

Navegué desde temprano en Internet. Videos, entrevistas, programas mexicanos, periodistas argentinos, respuestas típicas. Lo de siempre. Hice una lista de ocho preguntas y salí a buscar un hervido de res que maquillara mi rostro. Vi a Jesús, cansado, con cara de asistir a un partido por televisión entre Empoli y Catania. Y a Jaxi, como siempre, tan chiquita, tan activa, tan sonriente, tan apremiada. A Jorge lo atendí por teléfono y le repetí mis señas claras. El fotógrafo, Franceso, estaba avisado desde el día anterior.

La primera parada, luego de la sopa redentora, fue la fachada del Meliá Caracas. O más bien ese limbo polvoriento con aires de castillo que se levanta entre el Centro Comercial el Recreo y el hotel cinco estrellas: un paredón sin color hediondo a orine. Allí conseguimos a Amanda, algo así como el último eslabón en la cadena de Emporio Group, la empresa que traía a los artistas. Allí también, Jesús optó por lo sano: abandonar esta historia para ir a su casa y mirar un partido de fútbol italiano desde la comodidad de sus pantuflas. Debí entender eso como una seña, pero en cambio pensé que cambiar a mi amigo por Amanda, una morena de lindos modales, no estaría mal.

Adentro coincidimos, más tarde, con Jorge y Francesco. Ocupamos dos sillones. Cuando la comitiva de 20 personas de Calle 13 atravesó el umbral del lobby sonaba de fondo una canción de Ricardo Arjona. Jorge hizo un comentario. Desde ese momento hasta que nos marchamos con la promesa de ser atendidos cómodamente en “el camerino privado de los artistas”, justo antes del concierto, transcurrieron al menos dos horas. Eso sí, de cómoda espera pero con una salvedad: cada bloody mary de Jorge costó Bs.F 22 y cada Pampero Aniversario de los míos, Bs. F 35. Pregunta lógica, ¿un cocktail que se sirve con vodka importada, jugo de tomate y especias no debería ser más costoso que un vaso corto de ron nacional en las rocas?

Eran las cuatro y debíamos esperar hasta las siete. En esas condiciones, decidimos seguir juntos, y apostamos a la memoria perdida: un paseo anecdótico por el bulevar de Sabana Grande hasta clavarnos en unas sillas de plástico frente a unas cervezas light y la gente que paseaba. Jorge compró un llavero de Hello Kitty que se enciende y yo tres caramelos. Jaxi comenzó a mostrar, con cierto orgullo, sus cuatro adjetivos del principio, más un quinto: edulcorada. Despachamos a varios mendigos, bebimos unas cinco cervezas y comimos sin vergüenza una parrilla mixta que incluía carne, chorizo y dos trocitos de pollo. La lechuga era blancuzca y las papas fritas estaban aguadas. La pasamos bien. Pensamos –yo lo dije y quiero creer que todos lo pensamos– que había sido, o estaba siendo, un domingo auténticamente caraqueño.

Llegamos al back stage del concierto y pudimos notar, como nunca, la fuerza de un eufemismo: “el camerino privado de los artistas” era una lona blanca con graffitis que se levantaba a modo de carpa playera y estaba vacía. Cada cual mostró su arte en el oficio: Jorge buscó una silla y se sentó parsimonioso, fue saludado por toda la concurrencia mayor de 40 años. Jaxi palmeó, hizo gestos con los dedos, chocó sus codos con otros codos desconocidos, jaló franelas, corrió de lado, enseñó su lengua y pidió permiso para buscar a su hermanito “que estaba varado donde los perreros de la esquina. Yeah”. Francesco, el fotógrafo, hizo un recorrido en silencio y se conformó con esperar y recibir una bandita roja que le otorgaba el privilegio de subir a la tarima cuando fuera necesario. Yo busqué, con desespero, un baño. Y lo conseguí.

Después de una hora y quince minutos, Franceso, Jorge y yo preferimos abandonar la espera en el back stage oficialista, estático y farandulero, para buscar nuestra cuarta mesa con tragos del domingo. Jaxi se quedó con su hermanito. Le avisé a Amanda (el último eslabón en la cadena de Emporio Group, la morena de lindos modales) que me llamara cuando Calle 13 saliera del Meliá rumbo a su camerino. Mi excusa: debíamos irnos porque “mi equipo de trabajo necesitaba refrescarse”. Recogimos a mi chica y caminamos de regreso al bulevar de Sabana Grande. Francesco pronunció por primera vez una frase contundente, o más bien dos: “no más vallenatos. Vamos a La Caleta”. La Caleta es una tasca española que se especializa en Paellas. Mi chica, Verónica, pidió una limonada y un cocktail de camarones en salsa rosada. Jorge, otra vez exhibiendo experiencia, mundo, savoir faire, dijo que esa era la entrada típica de las secretarias. Y después solicitó la primera de tres vodkas en las rocas. Nos reímos. Francesco bebió Soleras y yo me fui con mi trago para mujeres preferido: Splash. Una dulzura con cara de piscina que mezcla Amaretto con jugo de naranja. Al tercer trago sonó la llamada: ya vienen en camino los Calle 13.

A esas alturas de la noche, sinceramente, poco nos importaba hacer la entrevista, pero algo nos decía que había que seguir. Efectivamente llegaron, pero no hubo comodidad. Nada exclusivo. Entramos Jaxi, Jorge, Franceso y yo; a empujones y apurados. Conocimos al líder del grupo, o al que canta y da el rostro en las entrevistas: Residente. Un tipo amigable, sencillo. Rompimos el hielo con el video. No podía creer lo que veía. “Hay que hacer esto en Puerto Rico”, dijo. Pregunta uno: ¿Te gusta el reggaetón? No me gusta el reggaetón. Si hubiera músicos buenos haciendo reggaetón, a lo mejor me gustaría, pero no hay ninguno. Me gusta el trabajo de Tego Calderón, pero considero que él hace otro tipo de música. Preguntas dos, tres, cuatro y cinco, entre gritos, micrófonos, audífonos y empujones. Tuvimos que abandonar la carpa-camerino y mientras salíamos, pidió una especie de ayuda de toda Latinoamérica para Puerto Rico, que no entendí muy bien. En total, siete minutos, mucho menos información de la que hubiese podido lograr navegando en Internet.

Franceso mostró su bandita roja y subió a la tarima. Se encendieron las luces. El público –sobre todo las mujeres– gritó, como en todos los conciertos. Jaxi se fue con su hermanito “a tripear” y se perdió entre las miles de cabezas que se juntaban para ver el cierre del espectáculo. Residente salió sin camisa y dijo algo sobre la energía del público. Como era previsible, en su primera frase nombró a Venezuela. Jorge se subió a lo alto de un andamio, demostró estar en buena forma física, a pesar de su experiencia. Comenzó a llover. Yo pensé en buscar un quinto bar que me cobijara, esta vez sólo acompañado de Verónica, mi mujer, pero ya era suficiente. Recordé a Jesús, lo imaginé viendo el show por televisión, arropado hasta la cintura y con una copa de vino en su mesa de noche; como debe ser. Tomé un taxi y miré el reflejo de las luces traspasar las gotas de agua que caían sobre el parabrisas trasero.





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lunes, 18 de febrero de 2008

El tubo


UNO

Beckham salió de Maracaibo con su acento dominicano y su piel morena. Muy morena. Lucía unas extensiones decoloradas que batía al compás de sus caderas. Zigzagueaba con pasos de goma y movía sus muslos con sutileza. Guiñaba ojos por doquier. Contaba con una de las mejores sonrisas de la universidad. La definición de sus piernas, que figuraban líneas y músculos desde la pantorrilla hasta la ingle, se debía a esa subidera y bajadera de escaleras al trote. Siempre con el faralao de la falda besando el aire en contrapicado, como una caricia provocadora y tentativa. Siempre con la sonrisa a flor de piel pidiendo permiso, siempre con el gesto encantador, siempre con esa turgencia de nalgas fuertes y cintura eterna. Levantando la copa. Imitando dialectos al hablar, sacando la lengua, recreando historias, pensando en su hija, como ahora cuando dan las doce en punto, es de noche, huele a tabaco caro, se prenden luces verdes sobre la tarima y Celia Cruz revive con un grito desgarrador: Mi voz puede volar

La conocí gracias al cigarro ¿Qué mejor que un vicio compartido para romper el hielo en este tipo de lugares? Yo sabía que no era para ella, sino para el cliente que balbuceó un “mi vida” después de ver cómo se movía aquél monumento sobre el tubo. También sabía que ese monumento no iba a aguantar la curiosidad de verme anotando frases en una libreta que apenas me cabía en la mano. “A ver, ¿qué tanto escribes allí, niño?” Una expresión a lo James Dean más el ron seco le dibujaron el cuadro antológico del poeta maldito: adolescente y conflictivo, vulnerable, perfecto para parecer carnada, llamar la atención y confundir la noche en una búsqueda que no llegará a ningún lado, a pesar de esos ojos verdes que se ha de comer la tierra y esas ganas morenas de estrangular la vida en quince minutos.

¿Qué tan astuto se puede ser para envolver a una bailarina y prostituta que respira kilómetros de luna dentro de su sexo? ¿Cómo hacer el juego de la máscara y el espejo con alguien que todas las noches mancha el vidrio de la tarima con sus huellas? Que no va ahí para relajarse y sabe que, a diferencia de sus fieles, detrás del tiempo le espera un descanso y la posibilidad de cambiar sus fichas por dosis de consentimiento, el vuelto de su baile, en tarima o en privado, para comprarse un chal y maquillaje importado, o para enviarlo a otra ciudad donde espera una niña con la cara llena de chocolate que mira la tele en la sala.

Después del cigarro, Celia le cedió la voz a Gustavo. El doble de Rocío Durcal. –Señoras y señores, con ustedes… El graaan ¡Gustavooo! Los aplausos aparecieron con poca fuerza, más bien con naturalidad, con conocimiento de causa. Tú eres la tristeza ay de mis ojos… El juego de luces me descompuso. El acto de doblaje también. Yo estaba allí para tomar notas, conversar con las prostitutas, las bailarinas y los clientes, y para mirar el espectáculo, nadie me avisó que me iba a topar con algo distinto a un show de stripper. Esa atmósfera de celebración travesti, que se elevaba por encima del disfrute de admirar la carne desnuda, le otorgaba a la fiesta un ingrediente inesperado. Al menos para mí. Lejos de lo que pueda parecer, la hacía más convencional, aunque la liturgia del deseo marchaba sin orden hacia un fin último: la satisfacción garantizada de una buena ropa, por un lado, y de una buena noche, por otro, que se acompasaban con la oscuridad y el alcohol. Un acto que asomaba la figura de una respuesta borracha en noche temprana: imaginar cómo se conforma este sistema de creencias que se recrea en la búsqueda del placer.

Otro ron seco, por favor.



DOS

Debajo de esta necesidad expresa que juega detrás del espectáculo, los medios justifican el fin y se confunden y se reafirman en el costo del brandy para la conversa, cincuenta mil para el baile y ciento veinte más la botella de champagne para la satisfacción completa. Lo demás corre por cuenta de los participantes. Eso demás que concentra la esencia mareada pero justa de ese sarao vívido y sensual. El anhelo –y la seguridad– del solicitante de copetín y camisa abierta, mentira creída y mirada de Goya, con el caudal humectante de espesura blanca y fuego en los ojos, por dentro, y un movimiento convulso y el estremecimiento de segundos eclipsados que se extienden hasta la eternidad. “Vente conmigo Beckham, por favor”, “claro mi niño, claro que me voy, me estoy yendo, ¿no me sientes?”, “Sí, sí, pero me refierooo a verniirteee, de ay ay ay ay…”

Beckham llegó de Maracaibo hace un mes y sólo ha tenido que compartir lecho un par de noches. No es de las más experimentadas. No es de las mejores bailarinas. Pero es Beckham con trenzas y metro ochenta parada en esas plataformas de veinte centímetros que la ayudan a colgarse del tubo, y mueve sus trenzas, y contornea sus bondades y abre sus labios y los cierra en un ejercicio cárnico de concentración mientras suena Pretty woman, walking down the street, Pretty woman, the kind I like to meet… Y pocos, la verdad, siguen el show, a menos que sean de bolsillos vacíos, lo que prácticamente los incapacita para ser sobados por las mujeres del lugar, como Beckham, que finge como una diosa, baila como una diosa y se exhibe como una virgen sin ropa, mientras sus “colegas” dan a probar su pecho, se suben la falda, se menean al ritmo de su cuerpo y se sientan en el regazo del servicio más caro de whisky o de una copa de vino, o piden un cigarrillo “porque hay que buscar la manera de rascarse mi amor”, siendo el amor, quizá, o una de sus formas, el pensamiento que vuelve en medio de la vorágine confusa del deseo, disfrazado de cualquier cosa, a recordar que hay unas ganas, una rutina drogada y una niñita pantaleticas al aire esperando la mesada para la merienda y el pago de la guardería. No es que se trate siempre de lo mismo. No es que existan salidas apropiadas, o mejores, ni que el sistema preste estructuras para decir –su mano en el muslo, muy cerca del corazón abierto– “si hubiera seguido estudiando ya sería odontóloga” ¿Cuánto ganas aquí en un mes? “Mucho” ¿Cuánto es mucho? “Depende, tres millones y medio, cuatro millones… El otro día me fui con un gringo y cuando llegamos al hotel se quedó dormido. Estaba muy borracho. Para mí mejor porque, de verdad, yo no soy así como que muy amante del sexo, pero él ya me había dado 300 dólares. Eso es casi un millón y lo hice en una noche ¿Me invitas otro trago?”.



TRES

–Bien, despidamos con un fuerte aplauso a Susy. Ahora, la sensual y exuberante Ivana y, seguidamente, la tigresa. Pero antes, damas y caballeros, con ustedes, el gran cantante de nuestra música venezolana: ¡Alfredooo Zeeerpaa! Otro cigarro, dos tragos –uno para mí, otro para Beckham– y apoltronarme en el sillón para cerciorarme de varias cosas: primero, que la crin del rucio moro y las tonadas con sombreros pelo e’ guama no terminaban de penetrar en el placer oscuro de la carne; segundo, que se me estaba acabando el dinero y, tercero, que estos lugares sólo ofrecen un espectáculo para el consumo, nada más. Era la última anotación de tinta barata que apuntaba en la libreta.

Ese mínimo borde imaginado entre el amor y la literatura dibuja un abismo de madrugada confusa que poco tiene que ver con la rutina que anticipa: el presagio de un regreso aburrido a la calidez del hogar y las labores de rutina en la oficina. Convertirse en el Rey de la Reina. El encantador de serpientes. El dios de la mujer araña que teje espejismos propios y ajenos mientras se baña en látex, sudor y gritos que prometen redención. Un triángulo de las Bermudas donde desaparece un tiempo y aparece otra vida, una figura escalena que se desprende de sí misma y viaja hacia la expansión de neones oscuros y provocaciones animales sin tráficos de calle o repiques de teléfono. Hasta que aparece la adicción, la necesidad insaciable de aquella compañía, el apego al delirium trémens de las sábanas y los espejos, la oscuridad convertida en lluvia y sol y nueva fe hacia lo desconocido, quiero sacarte de esto, quiero que seas mi esposa, tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, no tienes que seguir en este lugar, yo puedo dártelo todo, por favor mi amor vámonos de aquí, anda mi vida, divina y perfecta, ahora sí entiendes lo que quería decirte cuando te pedí que te vinieras conmigo, ya te compré un apartamento, quiero que me acompañes, exijo que me acompañes, estoy enamorado, anda, tengamos una hija…

–Señoras, señores. Ahora sí, lo que todos estaban esperando. La atracción de la noche. Nuestra bailarina estrella. Directamente desde Maracaibo… ¡La reina del tubo! Beeeckhaaam.


lunes, 22 de octubre de 2007

La insoportable informalidad del ser

Ya salió la nueva edición de plátanoverde. Aquí cuelgo parte de un material que escribí para el folder temático que coordinó el pana Hector Bujanda y trata sobre El Poder. No es lo mejor del folder, pero lo escribí yo, que me tengo cariño.

En el mismo folder hay un cara a cara sobre Mario Silva (La hojilla) y Leopoldo Castillo (Aló Ciudadano) escrito por Clodovaldo Hernández. También un texto de Kaury Ramos sobre la mujer y el poder de sus bondades. Y fuera del folder, un lujo: retratos de bandas caraqueñas tomados por Vasco Szinetar para la sección de música.



El poder de las secretarias


Esta historia podría terminar en dos palabras: es así. Pero echo el cuento completo.

Estaban de aniversario y a las dos de la tarde había un gymkana, o una gymkana, como se diga, total, la palabra no existe. "Además, mañana hay un concierto y una clase de aerobics, va a estar difícil", le dijo la chica del teléfono a Carla. Carla quería -quiere, todavía quiere- solicitar información sobre el incremento -o no- de las salidas venezolanas en los últimos dos años a destinos internacionales.

Intenta demostrar que en este país hay mucho dinero circulante y que las líneas aéreas (como los distribuidores y comerciantes de bebidas alcohólicas, medicamentos, automóviles, armas, joyas y demás juguetes de la ostentación) sacan ganancia, buena ganancia de ello.

Para manejar datos oficiales sobre el tráfico aéreo del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, Carla necesita convencer a la chica del teléfono para que la deje hablar con "El ingeniero". El ingeniero es el Director General del IIAAM, siglas que quieren decir más o menos: el único que le puede dar la información.

Entonces comprueba el poder de la chica del teléfono. Nada nuevo, he aquí un rasgo de la catástrofe, Carla piensa ¿por qué no soy hombre?, al menos así podría intentar seducirla. Y juega otra carta: solicita una "audición" pero quiere decir "audiencia" y se ríe, ya saben, romper el hielo a veces funciona por el hilo telefónico. Envía una carta por fax y otra por computadora pero no hay respuesta. La celebración del aniversario da al traste con un nuevo y -probablemente- último intento telefónico. Salta otra posibilidad, muy común en este país: los caminos informales. Entiende que la audiencia es difícil, cuando no imposible, a menos que asista de incógnito al gymkana, o a la gymkana. Pero estamos en Venezuela, no en una película de Chevy Chase. Y no lo hace. Es así.



El poder divino (en un mundo pagano)


Cuando Ana atendió a Edith, que tenía Herpes Zóster y lágrimas en los ojos, le recetó varios medicamentos y escuchó cuando una colega le dijo a su paciente: "señora, eso se quita es con rezos". A Ana no le gustó el comentario, pero le restó importancia. El Herpes Zóster es conocido popularmente como "culebrilla" y duele mucho. Para efectos de este artículo sólo hablaremos de culebrilla y en todos los casos va a doler. Mucho.

Edith compró los medicamentos y salió resuelta a acabar con su dolor. Fue a su casa y averiguó con una amiga quién podía rezarle las marcas que le subían hasta el cráneo y comenzaban en el cuello. La dirección, escrita a mano sobre un papel: "Las aguitas sector 6 calle 25 casa 8 - Iglesia c / si fuera p / Ford". Un caserío pobre.

Edith se puso una gorra amplia para protegerse del sol. Al señor le decían "el abuelo" y también, a veces, "el agüelo". Pero no estaba en casa, había salido temprano a vender chatarra. En una espera de más de dos horas, la paciente escuchó a varias voces en el porche vecino: "ese abuelo es bueno, lo cura todo. Él fue quien le quitó la culebrilla al nené. No chico, él no fue, fue la muchachita que se murió. Él le quitó a mi hermano un mal de ojo, ¿te acuerdas?".

Edith miraba hacia los lados sobre una silla de mimbre y escuchaba a su interlocutora: una señora con el cabello recogido y resto de pollo en los dedos. "Lo que pasa es que el agüelo no se baña y se pone a mascar chimó. Ese va a llegar ahorita todo borracho. Capaz y hasta le robaron la carretilla, la otra vez lo tuvo que recoger la policía. Sí, lo mejor es que venga mañana a las ocho, porque ese duerme esa pea tempranera. Pero es bueno, ese agüelo lo cura todo".

Edith se fue y no volvió.

Otra dirección, esta vez por teléfono: "avenida 190, esa es famosa. Pregunta por ahí dónde vive el artista, todo el mundo lo conoce. Él es experto en quitar la culebrilla". El artista tenía más de 80 años y, según Edith, aparentaba 60. O menos. Le cayó a reglaso limpio en las regiones afectadas. Con una tabla fina y alargada hacía preguntas en tono curandero -como quiera que sea el tono curandero- y golpeaba a su paciente. Sin yerbas ni escupitajos pero con mucha fe. Recetó vitamina B y medicinas naturales. El dolor de cabeza: una obviedad. Edith se curó a las tres semanas, pero nunca supo si por los medicamentos o los rezos. Ana se preguntaba qué sentido cobraban entonces sus 8 años de estudio. Por favor, pensaba, y movía la cabeza. Edith contestó: "todo el mundo me dijo lo mismo, mamita, hasta tu colega".



El poder siempre es del más fuerte

A Julio lo mataron el 20 de noviembre de 2005, era domingo. Su cuerpo sin vida flotaba dentro de una bolsa negra en el río Guaire. Según sus cinco asesinos había robado 30 millones de bolívares, pero esta no es la historia de la muerte de Julio, sino de lo que hizo antes de morir. De su desaparición sólo agregaremos que el crimen fue cometido en el apartamento de uno de sus verdugos: número 23, sin señalización en la puerta.

El apellido de Julio era Dávila y se hizo famoso porque se convirtió en líder de un grupo de invasores.

Llegaron en junio de 2005 al edifico Amapola, en la urbanización Bello Monte, en Caracas, y entraron como pudieron. Julio aseguró en vida que estaba completamente abandonado. Él no, el edificio, Julio vivía con su mujer y su hija. Tuvieron que limpiar todo porque el piso estaba lleno de excrementos y restos de droga. Eso dijo Julio antes de ofrecerme el almuerzo del día: arroz, carne y un vaso con agua. Comimos en su casa a puertas cerradas. En silencio.

En el balcón, Julio confesó que él sabía que todo era ilegal pero que quería ponerse al día con las instituciones: "la policía nos odia, los vecinos nos odian, los otros invasores nos odian". Para la comunidad, ellos eran peligrosos porque no mostraban un comportamiento cónsono y respetuoso a las ordenanzas municipales. "Yo lo que quiero es montar abajo un Mercal y una emisora comunitaria, en los dos locales que están vacíos", dijo. La emisora tiene que comenzar informalmente, le contesté, al margen de las leyes, y después, poco a poco, ganar su espacio por los canales regulares. Julio se sonrió. Estaba descalzo y así bajamos a recorrer las instalaciones.

Me presentó a los hombres que custodiaban la entrada: usaban uniformes comprados y armas largas. Me mostró los impactos de bala que había detrás de la fachada, junto al ascensor. Me enseñó un hueco que tenía en su brazo, infectado, arropado con una venda y una muñequera con púas. Me habló de guerras personales y reivindicaciones. Y también de leyes. "Aquí sólo viven parejas con niños, grupos familiares o madres solteras", me aclaró. Después me mostró las bienechurías que le hicieron al edificio con dinero y mano de obra de sus habitantes; no sólo los turnos para la limpieza eran comunitarios: "el que no participe queda fuera, aquí hasta las mujeres colaboran".

Julio, yo tengo un problema, le dije, necesito un apartamento. Él contestó "coño, mi pana, lo siento, pero la ley entra por casa". Al fondo sonaba una salsa, salía de uno de los apartamentos que no era el suyo. Según dijo ya había confianza como para poner música y celebrar el día del niño partiendo una piñata. Hasta podían recibir visitas, eso sí, previo aviso y en horario controlado. No era sencillo, pero poco a poco conseguían un nuevo estilo de vida. Detrás de todo había una mafia: Julio fue el cuarto cadáver embolsado que consiguieron ese año. Pero ya lo dijimos, esa es otra historia.

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domingo, 15 de julio de 2007

Los fantasmas de la calle Villaflor


Crónica publicada en la cuarta edición de la revista Contrabando, de las mejores que se editan ahora en Venezuela. No siempre tienen deslices como el que leerán a continuación. Cojan aire: otra vez escribí más de lo que debía.


Lunes 10 de Febrero de 2003: madrugada de fuego y destrucción. Hay un incendio entre el bulevar de Sabana Grande y la avenida Casanova, en Caracas; se queman los fantasmas en la Calle Villaflor. Huele a cuero, pero huele feo. El bar cervecería donde bebían, entre otros, muchos de los que hoy acompañan a Chávez en el gobierno, está prendido en llamas. Se llama O’ Gran Sol y nadie se quedó para bailarlo. En el país reina un hecho que tiene dos nombres según las intenciones y la fe: paro o sabotaje. El apellido es el mismo en ambos casos.

La llamada de emergencia se registra poco después de las 3 am, más de 50 efectivos de los Bomberos Metropolitanos participan en las labores de extinción de las llamas, pero el incendio es de grandes proporciones, destruye el restaurante de comida árabe Almalak y provoca importantes pérdidas en los dos niveles del O’ Gran Sol. Las llamas se inician junto al shawarma y suben al segundo piso de la tasca. Las pérdidas del restaurante árabe son totales; las del O’ Gran Sol, parciales.

El Departamento de Investigación de Siniestros de los Bomberos inicia las averiguaciones para determinar las causas que originaron el fuego: y aquí es donde comienzan las versiones. El O' Gran Sol no tiene testigos de su nacimiento, tiene visitantes. Que conversan, primero, que beben, después y, finalmente, que suben a bailar con el paso de los años. Y tiene fecha de muerte pero no tiene responsables. Que quede claro, según los bomberos, el incendio no empezó por el fragor del baile.


Primer set: La Delia
( La Banda Sigilosa: Guarachimbe )

Víctor Rivas es actualmente Director General de la Fundación Ávila TV, miembro de la junta directiva del Poliedro de Caracas, productor de eventos culturales, y estuvo, como ningún otro, vinculado al O' Gran Sol durante casi diez años. Su versión comienza en una pizzería que ya no existe: La Delia. Quedaba en Bello Monte y pertenecía a un hombre de teatro, Franklin Tovar. Y a una dominicana.

Una dominicana, vaya paradoja. Esta historia de noche, salsa, fuego y pensamiento de izquierda empieza realmente en La Delia con la muerte de otro dominicano más viejo: el merengue. La mudanza de un primo que no le hablaba: el disco music. Y el nacimiento de una oferta nocturna que buscaba una nueva identidad: Le Caché, La Habana Vieja, el Hotel Odeón, La Caneca, el Hunan Garden, La Bodeguita del Medio, el restaurante Denaona, El Café Rajatabla, Acuarela do Brasil, El Maní es Así, el Club Dominicano y el Rincón Caribeño le daban forma a esa imagen de encuentros, y a veces de ritmos, que completaba La Delia con muchas personas bebiendo dentro y fuera de su fachada.

La Delia era pequeña, muy pequeña: una pizzería que quedaba en la Calle de los Hoteles, en Bello Monte. Los empleados eran actores y atendían a la gente disfrazados, era un punto de encuentro de esta generación que podríamos definir como ucevista, izquierdosa y salsera.

Visitantes que conversan, después beben y, años más tarde, bailan en un segundo piso: tras el cierre de La Delia, el O Gran Sol existe primero como cervecería y luego extiende su oferta a la salsa en un segundo nivel.

Entre sumas y migraciones, por ahí pasaron Pedro Chacín, editor ya fallecido; Jorge Rodríguez, Vicepresidente de la República; Juan Barreto, Alcalde Mayor; Ramón Gordils, director del despacho de la Cancillería; Manuel Guzmán, Embajador de Venezuela en Malasia; Miguel Márquez, director de la editorial El perro y la rana; Freddy Fernández, director de la Agencia Bolivariana de Noticias, y Andrés Mejía, gerente en Monte Ávila. Compusieron el país en una servilleta, se “echaron sus palitos” y bailaron una guaracha o un son montuno.

A ellos se podría sumar la presencia, muy entre otros, de personajes del periodismo, la docencia, las artes y las letras en Venezuela como Eleazar León, Kiko Bautista, Hector Bujanda, José Roberto Duque, Juan Carlos Méndez Guédez, Boris Muñoz, Luis Alvis, William Castillo, William Osuna, “el negro” Onofre Frías, Argenis Daza y Antonioni. Grupos de izquierda radicados en la UCV: Bandera Roja y su brazo juvenil, la Unión de Jóvenes Revolucionarios; el Movimiento 80 y Tercer Camino; y proyectos musicales como la Banda Ña, Bailatino, Repicao, el Team Malín, la Orquesta Yambequé y el Latin Son de Cuba. Además, claro, de La Banda Sigilosa.

Ese era el ambiente, pero hay más de diez años mezclados. La clave del conjunto está en las características que describe Victor Rivas: “universitarios (en su mayoría ucevistas), izquierdistas y salseros”. Hector Bujanda, fiel visitante del local, narrador y periodista venezolano, dice cumplir con ellas, pero las repite de otra forma: “bohemios, hippies y devaluados”. Para Ramón Gordils, el O' Gran Sol fue un local forjador de luchadores, escribe: “allí se fraguó buena parte de la rebelión de los años 90, la que sentó las bases para el acceso al poder político de quienes hoy acompañan a Chávez en la conducción del gobierno, y en la promoción del cambio revolucionario”.

Víctor Rivas refuta la idea con una media sonrisa; está claro que siendo el rey de la salsa y los precios bajos, en el O' Gran Sol la izquierda quedara más como una de las piernas para el baile. La mayoría de los asistentes se ocupaba primero de beber y luego de echar un pie. “No es que el local sirviera para hacer política; claro, allí nos juntamos personas con pensamientos muy claros. Después del Caracazo, por ejemplo, nos reuníamos los de Bandera Roja, Ruptura, Tercer Camino, estudiantes de la UCV y la Universidad Simón Bolívar, los que llevaban la batuta de la política estudiantil en ese momento. Pero el O' Gran Sol funcionaba solo como el lugar para ir tomar cervezas y conversar. Nada más”.
( La Banda Sigilosa: María)


Segundo set: La Inauguración
( La Banda Sigilosa: Sonero )

La Banda Sigilosa, primer grupo musical que se presentó en vivo en el mítico local nocturno, nació en la pizzería La Delia, y quienes iban a verlo en un lugar, fueron después a verlo en el otro. Uno de sus vocalistas y fundadores tiene su nombre de Guerra: “Yo me llamo El Oso, si me dices Carlos Julio no volteo”. Sobre La Delia recuerda que “era un lugar de recogimiento, cultural, político, donde nos reuníamos todos. Ahí la fiesta comenzaba como a las siete u ocho de la noche, y se extendía hasta la una”. En el O’ Gran Sol los horarios serían otros.

La rumba comenzó con un voto de confianza: Víctor Rivas habló con los dueños del O' Gran Sol, tres gallegos que hasta entonces se conformaban con servir pasapalos y abrir en el segundo piso un negocio de vende y paga. "Cuando las carreras terminaban, el negocio arriba se quedaba vacío; después, los dueños empezaron a poner mesas de dominó, pero eso tampoco llenaba el espacio. Entonces uno de los gallegos, Raúl, que tenía una amistad conmigo porque yo le pedía mucho fiado, me preguntó ¿por qué no hacemos algo allá arriba? Él me hace la pregunta porque sabe que yo tenía relación con el medio artístico", cuenta Rivas, que era uno de los mejores clientes.

Rivas fue técnico de cine y realizó algunos cortometrajes, además conocía muchos músicos por su cercanía con la vida nocturna de los años ochenta y noventa; a ese hecho, y al de pagar todas sus deudas en tiempos prudenciales, atribuye la oferta de Raúl Quiroz: "Él quería algo de música llanera, pero yo era salsero y le dije que le podía montar un bar de salsa. Así que compramos un sonido, el negocio era de ellos y yo me encargaba de la rumba, de ahí sacaba mis ganancias". La repartición del botín tuvo todas las fórmulas posibles. Siempre se ganaba. "Eso sí, era una vida muy dura, todas las noches reventado y rajando caña. Estuve desde el 96 hasta el 2003".

Para la inauguración del segundo nivel, que desde entonces cambiaría la esencia de un bar que juntaba sobre todo a estudiantes, amantes de la cerveza y los pasapalos económicos, el músico invitado fue un popular sonero venezolano, ya fallecido: Nano Grand. El cantante no pudo asistir porque estaba en Margarita.

"Parece que nadie me creía. Yo decía, la semana que viene voy a inaugurar un bar y la gente me respondía, coño Víctor, otra vez estás hablando güevonadas, de paso Grand me avisó que no podía", relata Rivas, y continúa: "decidí montar a La Sigilosa, esa noche abrimos con whisky gratis, proyectamos una película, llevamos a Maroma, un grupo de zanqueros y teatro de calle; el lugar se reventó por los contactos que teníamos: artistas, bailarines, músicos, teatreros, cineastas, políticos, profesores de la UCV, como Juan Barreto. Él era profesor y fue siempre un gran asiduo del O' Gran Sol... así arrancamos, un jueves de noviembre de 1996".

El 29 de diciembre de ese año, Juan Barreto, actual Alcalde Metropolitano, publica un trabajo de dos páginas en la revista para la cual trabaja como sub director, detrás de "Kiko" Bautista: Feriado. Se trata de un encartado que domingo a domingo ganaba público entre los lectores del diario El Nacional. En el artículo, que lleva su firma y tres fotografías maltratadas de William Dumont, se lee: "Decenas de chamas y chamos, además de eso que a algunos les ha dado por llamar adultos, queman cientos de calorías en la pista. Al fondo, la Banda Sigilosa descarga sus metales con una clásica del Son 14".

Así continúa la descripción periodística del entonces profesor Barreto: "Se trata de un lugar inteligente para bailadores feroces, pintores, poetas, amas de casa desocupadas, grupos de universitarios, vagos buena gente, ejecutivos rebeldes que quieren saber cómo se siente estar sin corbata y toda clase de loco simpático y divertido que pueda concurrir a disfrutar de la salsa brava, el ambiente caliente del baile y el bochinche de grupos en vivo".

El cuentista venezolano Salvador Fleján era estudiante de letras para le época y, como todo asiduo de bares que se preciara, también fue un fiel visitante del O' gran Sol, sobre el ambiente y el lugar, recuerda: "era el radical chic del que hablaba Tom Wolfe, porque en aquel momento era cool irse a una taguara y si había jazz, mejor, era el orgasmo. Me acuerdo que en el viejo Feriado siempre había vainas ahí, como de los locales más in, y el que no fuera pa esa vaina era mojón de perro... El lugar tenía una estética espantosa, como portuguesa, algo sin gracia, con la barra al fondo y los baños infectos".

Hector Bujanda recuerda el O' Gran Sol como un polo bohemio, donde había un personaje emblemático, un mesonero al que llamaban igual que a uno de los dueños: Pepe. "Ese señor era todo un símbolo, él fue envejeciendo con el lugar, aguantaba hasta el final, se tomaba su brandy encaletado y no paraba de hablar del país. De alguna manera, el bar era él". Según Bujanda, lo mejor del lugar era la música: la reina de la noche en el O' Gran Sol era la Timba cubana.
( Team Malín: Mambo Manco )


Tercer set: La pelea y el bochinche
( Team Malín: Bien Hecho )

Con la timba cubana sonaban sobre todo la Charanga Habanera y los Vam Vam; a su música se unía la presentación de muchas orquestas en vivo, que, en su mayoría, decidían amanecer, armar descargas y a veces hasta trabajar gratis.

En el O' Gran Sol la rumba llegaba siempre tarde, casi a medianoche. "La razón es que había que limpiar lo que dejaban los caballos", cuenta Víctor, "después se empezaba a calentar y algunas bandas se dobleteaban, o sea, tocaban primero en otro lugar y después se montaban con nosotros, a mí me convenía para que después, a las cinco, estuvieran todos los músicos y la cosa se convirtiera en un after hour. Normalmente se cerraba a esa hora, pero a veces, de viernes a sábado terminábamos rumbeando hasta las ocho. Incluso con los músicos en la calle".

El Oso (si lo llamamos Carlos Julio no voltea), asegura que lo mejor del O' Gran Sol era la solidaridad que había con los músicos, "tenía la magia, y Víctor siempre le daba oportunidad a los salseros que comenzaban en esa época; nosotros estuvimos desde el comienzo, hicimos el punto los jueves y a los dos meses ya la gente iba a buscarnos porque la bola se había corrido, teníamos un buen sistema de radio bemba".

El O' Gran Sol era más grande que otros locales, cuando estaba lleno, se podía ver allí a unas 500 personas y, como punto de honor, casi nunca colocaban salsa erótica, a menos que algún melómano llevara un disco y pidiera una canción: frente al picó siempre había alguien complanciente. Además fue un bar que buscó de todo, trovadores, bailes para señores de la tercera edad, proyecciones de documentales, domingos infantiles; en ese templo de la timba y la salsa brava, también llegaron a presentarse grupos de ska, hip hop y hasta rocanrol como The Skatalites, Guerrilla Seca y Dermis Tatú.

Son muchas las razones por las cuales este local podrá ser recordado, su informalidad, el calor que hacía, sus precios económicos, las bandas en vivo, la atmósfera que ofrecía para el flirteo -poca luz, mucho alcohol- los invitados internacionales que cantaron sobre su tarima -Joaquín Sabina, Luigi Texidor-, y también la timba, sus golpizas y su final incierto.

El escritor Fleján relata que una vez fue con cinco amigos, y presenció una de las trifulcas más violentas que ha visto en su vida: "eso fue una coñamentazón, era como una película de vaqueros, un efecto de dominó que comenzó con alguien peleando en un lado, una explosión de dinamita, sillas volando, todos se cayeron a coñazos. Todos. Nosotros nos fuimos sin pagar y volvimos como a las dos semanas. El mesonero era tan arrecho que se acordaba de nosotros. ¡Nos trajo la factura!".

"Era un bar maldito, muy maldito, lo bohemio y universitario terminó convirtiéndose en un rumbeadero con todas las facilidades", completa Bujanda. El periodista Nelson González Leal también estudió en la UCV, y bebió y bailó en la Calle Villaflor; ahora vive en Brasil y recuerda el local con nostalgia, para él se trata de algo legendario: "era nuestro cuartel general, laboratorio de ideas, foro de discusión, medio para diseminar nuestros pensamientos, trinchera para el resguardo intelectual y sensitivo, y muchas veces campo de batalla".

Para Rivas, las peleas efectivamente eran un problema, pero no lo más difícil del negocio: "también estaban los que querían entrar sin pagar, o los que pedían créditos y no volvían. Tener un bar o administrarlo no es destapar cervezas y servirla; es complicado: toda la logística, levantarse temprano a recibir la caña, después la comida, la limpieza, la permisología, las prestaciones sociales y el seguro de los trabajadores. ¿Quién saca las cuentas? Los impuestos. Hay subidas y bajadas y siempre te roban.
( Bailatino: Ante los ojos del mundo)


Cuarto y último set: El paro y el incendio
( Bailatino: Amigo Nunca )

Cuando llegó el paro petrolero, a Víctor Rivas lo llamaron para dirigir el programa Aló Presidente. Lo hizo hasta febrero de 2003, mientras el bar continuaba abierto; pero era difícil conseguir cervezas y eso significaba un gran problema. Uno de los dueños quería cotinuar. Rivas también: "Me permitía oír lo que decía la gente, tener el pulso político de lo que pasaba. Los bares son buenos para eso".

Se vieron obligados a comprar cervezas colombianas y mexicanas, pero se vendían a un precio más alto que el de las nacionales: "el público fue mermando. Un viernes el gallego cerró, por supuesto, porque no había ni cervezas. Abajo, en el Almalak, había una máquina para hacer shawarmas, eso es un pincho que calienta, y lo dejaron prendido, algo que solía suceder y no había mayor problema porque tú al día siguiente lo apagabas. Pero como fue ese viernes y el gallego había decidido cerrar, eso comenzó a calentar, a calentar, hasta que explotó. Sobre eso, en el segundo piso, estaba el depósito de licores, que era donde yo me metía escondido a pagarle a los músicos; ese calor acumulado allí comenzó un incendio lento que yo supongo que descubrieron los bomberos el domingo, o el lunes", declara Rivas.

Por si no lo han notado, este es el final. Donde comienzan las versiones: "como el deber de los bomberos es aplacar el incendio, ellos entran rompiendo todo, pocetas, tuberías para que agua se regara, qué sé yo, ahí terminó el negocio. El gallego no había pagado el seguro. Mucha gente dijo que él había quemado eso para cobrar el seguro, o que yo lo había quemado para lo mismo; pero ¿cuál seguro?, si no había".

En los Bomberos Metropolitanos de Caracas reposa un expediente con el número 101-03; ahí se lee que "en el lugar se suscitó una combustión generalizada con la posible existencia de más de un foco de incendio independiente entre sí". Según el Capitán del cuerpo, Alberto Arias, debe existir relación entre los elementos transmisores de calor, de lo contrario, quiere decir que alguien provocó el incendio. Y en este caso no hubo sólo dos focos. Hubo cuatro.

En sus conclusiones, el informe dice: "se presume que la misma estuvo relacionada con una llama abierta (antorcha, yesquero, fósforo, entre otras), la cual fue aplicada directamente por un factor humano de manera activa, por lo que en concordancia con el artículo 27 de la Ley de los órganos de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), se procedió a notificar este hecho a la comisaría Simón Rodríguez". Fin de la historia. No hay más después de eso: recuerdos y ningún responsable. Los fantasmas de la Calle Villaflor se incendiaron esa madrugada y se acabó el baile. "Después de quemarse el O' Gran Sol nadie iba a invertir allí", dice Rivas.

El lugar estuvo cerrado un tiempo, luego sirvió como depósito para los buhoneros, hasta que llegaron los dueños de otro local y alquilaron el espacio para montar lo que hoy se conoce como el City Day. Noviembre, 2005, con el afiche de su primer aniversario todavía pegado en la entrada.

El City Day tiene muy poco o nada que ver con la atmósfera del O' Gran Sol. Está en el mismo lugar, ofrecen pasapalos y colocan salsa. Pero ya sabemos que a los locales los hace su gente: los asiduos de entonces ocupan hoy otros asientos y, al parecer, los estudiantes universitarios prefieren otros bares.

lunes, 18 de junio de 2007

Copas, celebraciones y finales de mundo

La Copa América y sus bemoles han dado para algo, dan para mucho y darán para más. Me refiero a la del 2007 y no caigo -todavía- en juegos políticos (o politiqueros). De momento cuelgo un texto inédito que sirve de excusa para entrarle al tema de la pasión. El fanatismo. La militancia. Y esa manía de caravana que llaman celebración. Lo escribí tras la final del Mundial, el año pasado. Las fotos, robadas de Internet, son la zancadilla. Aquí consiguen un Youtube que no pegué porque es malo y no le voy a Italia.

Antesala

El eco de la fanaticada se escucha en cualquier rincón. Las tiendas son un desierto, solo hay trabajadores como conejos que brincan uniformados, resignados a recostarse del marco de la entrada y mirar, aburridos, el fluir de gente que camina hacia la gran pantalla. Personas alegres con camisas azules en todos sus tonos, banderas como capas, uniformes, pinturas en la cara y la promesa de tener el alma en vilo durante un poco más de 120 minutos.

Cuatro personajes: un gordito (once años, camisa original y en el dorsal Del Piero, mono blanco, gorra blanca, zapatos nuevos). El coordinador de seguridad del centro comercial (esposa e hijo, pantalones ajustados, un radio en la cintura -apagado). El muchacho de la trompeta (su novia en jean, la cinta que le amarra el cabello a ella, el brazo de ella que lo amarra a él de la cintura). Y su novia (la del muchacho). Los cuatro caminan rumbo a una tarde que se extiende en un destino vedado con dos únicos finales posibles: la derrota y la fiesta. O el triunfo. Y la fiesta.

Están en Caracas, Venezuela. En ese reducto de concreto armado que ofrece la imagen de un diamante fresco, protector, familiar, tres virtudes para la clase media de tiempos modernos: el Centro Comercial Tolón.

Arranca la final del Campeonato Mundial de Fútbol, en Berlín, Alemania. Y en el Tolón el desfile simula –y muy bien– al de los fanáticos que acuden a un estadio a mirar un partido. No cualquier partido. Marchan en modo caudal: los grupos que se palmean, los grupos que se trenzan, los grupos que cantan con una sonrisa en sus rostros colorados –puntal de lanza de la celebración y la moda– y un vaso en la mano.

Ya casi suena el pitazo de inicio y cientos de millones están expectantes. Genaro Gatusso no pudo dormir porque el miedo lo atacó con más de 14 idas al baño durante la noche. Tampoco el gordito pudo dormir muy bien. Se llama Piero –o hace que lo llamen Piero– y es la segunda vez que ve a Italia en una final. La primera de ellas fue en la Eurocopa 2000, donde perdieron precisamente contra Francia, su rival de esta tarde. No puede recordar si lloró en aquella ocasión porque estaba muy chiquito. Pero ahora está muy emocionado, como ansioso, y esta no es la Euro. Este es el Mundial.

Tres de los nueve canales de señal abierta en el país transmiten todos –todos– los partidos, y este es el último: los italianos van de azul, los franceses de blanco.

Primer tiempo

Las primeras lágrimas caen antes de los siete minutos: Zidane desde los once pasos la estrella en el travesaño y la pelota va a morder, de caída, la línea de gol. Como es de esperar en Caracas, la mayoría le va a Italia, un país que donó miles (muchos miles) de inmigrantes durante los períodos bélicos en Europa, una fuerza enorme de trabajo que (junto a españoles y portugueses) se recreó en colonia, en costumbre aceptada, en amigos de la casa, en patronos de grandes empresas.

Esa misma Italia que no gana un mundial desde 1982 tiene menos de siete minutos jugando y ya pierde 1 a 0 por un gol de pena máxima. Y como es de esperar, porque la mayoría le va a Italia, el nombre del país en coro no tarda en repetirse: Italia, Italia, Italia, ocho, nueve, diez, once veces con la boca lo más abierta que se puede y los puños apretados, las venas brotadas al cuello y una furia que pide, suplica fe, que quiere confiar porque todavía es temprano. La mayoría de los que gritan no habían nacido cuando Italia ganó su último mundial en España: Italia, Italia, Italia.

El juego transcurre con la gente encaramada sobre robustas petaninas de madera que miden un metro y medio de alto y simulan una bandera alemana (rojo, negro, amarillo). Pepsi no ha perdido la oportunidad de sumar ruido con su marca inflada de oxígeno-hincha. En la cancha un italiano cae, como siempre, y los pocos fanáticos franceses (para ser más precisos, los pocos fanáticos que van a Francia) gritan: “llora, llora, llora”. El muchacho de la trompeta, con su novia aun amarrada a la cintura, también disfruta con el triunfo momentáneo. Y se ríe.

150 jóvenes amontonados se sientan en tijera, con las piernas cruzadas, abrazando al de adelante, con los brazos en alto o las manos en la boca por la sorpresa, el fallo o la zancadilla del contrario y otra vez la cara de dolor en el piso, untando la lengua con grama sintética de lujo, escupiendo y tomándose con fuerza la rodilla, y soñando con ser mundialistas, famosos, campeones de vallas publicitarias y estupendos actores. Aquí nadie paga entrada y la pantalla está en frente, gigante.

Los tres técnicos de uno de los canales de televisión, Meridiano TV, miran el partido con audífonos en un monitor de 5 centímetros cuadrados, desde allí ven el empate, el gol de Italia: tiro de esquina –desde la derecha– y Materazzi con el pecho remata ante un Barthez de hielo. Era la primera de dos veces en las que el pecho del italiano sería protagonista esa tarde.

Ahora es la novia del muchacho de la trompeta quien ríe, se suelta de su cintura, aplaude, da saltitos de emoción y sacude sus pequeños puños hacia todos lados. Es rubia, cabello amarillo, ojos amarillos y franela azul que parece amarilla. Su novio cierra los ojos. No lo puede creer. Cuellos, barrigas, costillas pintadas, los sombreros coronan una ceguera de éxtasis y hay un griterío ensordecedor; todo se confunde a los 18 con 50, o, lo que es lo mismo decir, apenas doce minutos después del gol de Zidane.

Con el empate (o con la emoción por el empate) el gordito besa en la boca a un amigo (a un amiguito). Se ven, se ríen y otra vez cae una lágrima. Por momentos, desde las gargantas, Las Mercedes, o al menos el Tolón, revive cierto espíritu del Coliseo en Roma. Afuera, en una de las entradas del centro comercial, los taxistas dan con la clave a modo de adivinadores de la suerte urbana: “ya tú vas a ver, en un rato, cuando el partido termine, o todo el mundo es italiano o todo el mundo es francés, esta vaina se llena y se pone así (y junta los cinco dedos en cada mano y las mueve un poco y quiere decir: lleno, abarrotado, con poco espacio para caminar, moverse, respirar). Por la zona no se ve ni una franela vinotinto.

Segundo tiempo y eso que llaman prórroga

Minuto 54, los italianos (o los niños venezolanos con camisas de Italia) devuelven la moneda: “que llore, que llore, que llore”: Patrick Vieira abandona la cancha lesionado. El gordito comienza su fiesta. Y ni siquiera ante el grito de gol –anulado por el árbitro– el coordinador de seguridad del centro comercial atiende al juego. Ha estado todo el partido ocupado en lo suyo, son ya más de 60 transmisiones en menos de un mes, él prefiere el béisbol y la seducción es más atractiva, por eso es un personaje: no mirar la pantalla en casi una hora lo convierte en el freak de la fiesta, junto a las dos morenas-promotoras que tiene enfrente. Él sabe que no va a ocurrir nada y que, como dice el vestido uniforme de las chicas: para todo lo demás existe Master Card.

Todas las pantallas del centro comercial ofrecen los mismos 120 minutos de euforia: en Venezuela se ha optado por disfrutar de la televisión homogénea. Desde abril de 2002, un extraño aroma a señal compartida y disputa ideológica, en la que todos pelean viendo lo mismo, se ha instalado en la costumbre. En 2002 el mundial fue ganado por Brasil y mucha gente en la misma urbanización caraqueña salió a celebrar en caravanas. Seis meses después, ya con la historia del fútbol en el olvido, largas colas de autos festejaron un diciembre sin gasolina en las estaciones de servicio. Las personas jugaban dominó, hacían relevos, recibían el Espíritu de la Navidad mientras sacaban cuentas políticas en un carro estacionado durante horas. Y la TV también hacía las suyas (las cuentas); cosa rara: el resultado nunca fue el mismo entre el canal del estado y los canales privados. Algo imposible en el fútbol.

En Venezuela los asuetos y feriados también son reflejo de viajes maratónicos donde la gente se emborracha y baja de su auto, abre la maleta, saca hielo de la cava, se sirve, brinda, y avanza de veinte en veinte centímetros para acercarse más a su destino final. Eso es la fiesta del fin del mundo: televisión, política, la costumbre de la gente que se alegra rodando despacio.


En la calle, un policía asegura que si gana Italia, desde el CVA hasta el Centro Comercial Paseo Las Mercedes (un kilómetro, aproximadamente) la calle se convierte en un estacionamiento gigante. Y completa "yo ya compré mi comidita ya”. En los Pilones del Este, una arepera instalada junto al Tolón, no hay una sola mesa vacía. Quien llega tarde y busca una arepa mixta de goles y tarjetas, debe, invariablemente, quedarse de pie o procurarse otro refugio.

Donde sí hay dos mesas vacías (de una cuarentena) es en Espacio Gourmet, una panadería disfrazada de tienda de delicateses que ofrece pizza y pan francés. Perfecta para la final. De esas dos mesas, una se quema bajo un sol de gradas, y desde la otra se hace imposible mirar la pantalla.

Adentro del Tolón el gordito dice, increpa, se burla, pregunta: ¿y pa qué la tocaste Zidane, pa que la tocaste? –Buffon aplaude airado bajo el cielo de Berlín, tras otra gran atajada– y el muchacho de la trompeta, ahora con un tamborín apagado cruzado en el pecho, contesta "ay, pero mira cómo se pica". Y besa a su rubia de cabello y ojos amarillos, que también lo besa a él y le pregunta “papi, ¿y qué pasa si van a penaltis?”.

Hasta que llega el acto fatal: Zidane da un cabezazo adrede en el pecho protagonista de Materazzi. Un niño no se lo puede creer desde su pinturita blanca, azul y roja y su camisita del Real Madrid (dorsal 5). No para de hablar. Todas las franelas de Italia aplauden. El por qué es una obviedad: la roja directa para uno de los dioses del fútbol. Otro niño dice: no importa Zizou, bien hecho, yo quiero los penales. De sus ojos se presagia un vendaval de lágrimas y dos días de depresión en el colegio.



La tensión de los penales es lo único que sostiene al centro comercial a punto de caerse. Tras el pitido final, cientos aplauden conformes. Y unos menos se toman la cabeza, temiendo la derrota, el subcampeonato, el no festejo.

Penaltis

Penal 1. Pirlo: Gol. Se escucha por todos lados. El chico junto a la pantalla ondea su bandera. Wiltord: Gol. Y también los franceses, que son pocos, pero hacen ruido, celebran.

Penal 2: Materazzi: Gol. Claro. Y aquí ya salen todos (¡todos!) los trabajadores de Espacio Gourmet, como llamados por el salvador de este cataclismo, de este Apocalipsis de fiesta, de este bacanal callejero, preámbulo de las últimas trompetas… Trezeguet: Al poste y ahora sí, la locura. El presagio definitivo.

Penal 3: De Rossi. Gol. Y por Francia, Abidal. Gol. Resucitan algunos fanáticos.

Penal 4: Del Piero. Gol. Gol. Gol. Gol. El gordito, Piero, grita desde el Tolón. Grita mucho. De la emoción. En Espacio Gourmet un joven susurra y va hacia todo: un millón, un millón, un millón. Y abre la boca y muestra su piercing, su cadena, su alma de italiano orgulloso, si es que existe algo llamado alma de italiano orgulloso. Sagnol. Gol, y sólo dos manos se agitan desde sus nervios puros.

Penal 5: Gol. Qué importa quién. Cohetes. Italia. Abrazos. Italia. La cuenta. Italia. Besos. Italia. Lágrimas. Italia. Barthez, Fabian, el arquero francés, en cuclillas. Y otra vez Italia. Y más abrazos. Y a lo que se vino: una caravana que rueda despacio, cuando rueda.

La fiesta

La Policía municipal, el Comando motorizado y Emergencia 171 esperan con calma la avalancha de carros y jóvenes embriagados de alcohol, de triunfo, de hormonas que invaden estas calles que recuerdan pasiones políticas de tiempos recientes donde la marcha es una excusa para el encuentro. Efectivamente, en pocas horas el kilómetro de la avenida principal de Las Mercedes se convierte en un estacionamiento gigante mientras por la calle desfilan fanáticos y faranduleros. Todos amantes de la fiesta. Llevan camisas de España, Portugal, Argentina, México. ¡México! Banderas de Alemania colgadas a la espalda. Y una ausencia color vinotinto notable entre miles.

“¿Y ahora qué? Ganamos, ganamos el mundial. Uuuu. Tómame una foto con el celular. No, agarra el mío y graba un video”. Las cornetas se revientan, testigos de un hombre araña made in Roma que sube hasta la cima de un semáforo y la corona con una bandera italiana. La santa maría del local Birras amenaza con desenrollarse a las 6 de la tarde, frente a su fachada una rueda de 50 personas se divierte al ritmo de la tarantella: buen negocio. Y David se agota posando para cámaras amigas. Está vestido con short blanco, medias hasta las rodillas y zapatos de fútbol. Su camisa es la de Italia, pero no tiene nombre, al igual que su vergüenza: ha perdido una apuesta y no basta con que haya pagado el efectivo. Sólo quiere que todo termine para poder irse a su casa.

Del techo del Centro Comercial Tolón llueven espaguetis. Algunos miran al cielo.

La policía ha cerrado ya tres avenidas (incluyendo la Principal de Las Mercedes y la Río de Janeiro, las dos mayores vertientes de la urbanización). De todos los lugares de Caracas sigue llegando gente, chicas rubias y con narices grandes, en su mayoría. Otros llegan en autobuses cargados. Los carros ruedan lento, cuando ruedan. El que se atreve a cruzar por ahí se expone a que la muchedumbre lo balancee de lado a lado, le patee la carrocería, le abra las puertas. Esa es la fiesta. El que protesta es abucheado y se arriesga a un regaño uniformado de la autoridad: “esto es una celebración, al que no le guste que no venga”, dice un policía. Un muchacho a su lado le pregunta, “señor, ¿y esto es igual cuando hay una final Caracas – Magallanes?” Y el oficial contesta: “no mijo, cuando juegan Caracas y Magallanes nos asustamos. Esa vaina sí es el fin del mundo”.

miércoles, 13 de junio de 2007

Ser parquero en Caracas

Marcapasos es una revista que tiene poco tiempo y muchas ganas. Tras desempolvar una serie de buenos trabajos que guardaban con recelo y emoción, bautizaron la máquina con firmas de la talla de Leila Guerriero y Alberto Salcedo Ramos. Yo pedí un chance para publicar algo en el segundo número y sus editoras (Sandra La Fuente, Liza López) demostraron su bondad. Me lo dieron.

El texto pertenece a una sección llamada "Ponte en mis zapatos" o algo así. Evidentemente me quedaron grandes. Por fortuna, las fotografías de Gabriel Osorio y el diseño de Victoria Araujo maquillan el fracaso periodístico.

Salud.



1.

Viernes. Diez y veinticinco. Urbanización Las Mercedes, municipio Baruta. Noche de fiesta en La Terraza, local de música latina (salsa, merengue, reggaetón y eso que a la gente le da por llamar "la hora loca"). Es la primera vez que intento ser un parquero informal en Caracas. Quiero decirle a un cliente esa frase tan mencionada en la ciudad: “Ta bien cuidao”. La calle –dos canales, un solo sentido- es un pasillo de luces rojas y amarillas. En un minuto pasan frente al local catorce carros. Ruedan a una velocidad promedio de diez kilómetros por hora, una aproximación caprichosa que quiere decir: ruedan despacio, pero parecen ansiosos.

Dos de los catorce se estacionan. Uno es una camioneta y parece no entrar en el espacio que tiene. Al fondo, un señor de canas, bigote y uniforme dirige la operación desde afuera con un pito. De no ser porque él arrima una baranda de metal, la camioneta hubiese tardado más minutos en parquearse y la rubia del asiento trasero más tiempo en entrar a la fiesta. El otro carro, un Toyota Starlet gris y lleno de arena, se estaciona sin problemas. Cambian frases con el señor de los bigotes (el pito, el uniforme, el poco tiempo para reírse) y se suman a la fila frente a la puerta del local.

Lo primero a aclarar: para ser parquero hay que tener ganas, al menos unas pocas. Y no hace falta manejar pero sí dejar la timidez de lado. Ser parquero significa ser un hombre que necesita dinero pero también sentir que trabaja, que hace algo útil, que es productivo y no le queda otro remedio. Porque ayudar a alguien a retroceder es un esfuerzo que ni siquiera requiere de la famosa vista veinte-veinte, y vigilar es algo que aprendemos en la infancia. Es, probablemente junto al de mototaxista, el oficio más moderno: te apoderas de la calle, comienzas con dudas, ofreces seguridad, te estresas, te crees imprescindible, proteges tu espacio, cobras, te vas y regresas. Si quieres. No tienes jefe y dependes de ti mismo. La dinámica del mercado instantáneo: ofreces un servicio y su costo debe pagarlo alguien, quiera o no. A veces por adelantado. Yo no sé si me atreva a hacer el trabajo.


El carro número quince avanza y Ángelo Amundaray, ayudante (moreno, joven, sin uniforme), le grita al conductor: “¡No, panita, después de las doce es que se pueden parar en la acera de la derecha, ahorita no!”. Su hermano, Asdrúbal, es el jefe de la calle de más arriba, la que se toma para subir hacia Santa Fe y también para dejar los carros cuando el estacionamiento del Centro Comercial Tolón es una serpiente de caucho y aluminio que no se mueve.

Segunda aclaratoria (casi una obviedad): no todos los parqueros son iguales.

A Ángelo se le nota por encima que no tiene poder. Me dejaría parquear en su zona. Si tuviera una. El señor de canas, bigote y uniforme, no. Él no me dice ni el nombre, mira con desconfianza (todos lo hacen), tiene muy poco tiempo para conversar con desconocidos, más a esa hora. Asdrúbal (más moreno, más prendas de oro, más drogado, a juzgar por los ojos rojos y la mandíbula que se bate) me dejaría parquear si llegara un carro. Pero no llega y él no puede parar de hablar. Lo hace muy de cerca, desafiando la distancia de sus compañeros (parqueros de Rua's Restaurant, lo veo en el chaleco y los radios en la cintura) quienes, evidentemente, no confían en mí. No me creen. Rua's Restaurant está a una cuadra de allí, por eso pienso que ellos:

a) Se toman un descanso frente al licor amarillo que hay vertido en la botella que reposa sobre un muro de ladrillos.
b) Venden o compran droga.
c) Protegen a Asdrúbal y a su gente, por lo que cobran una comisión en las noches de mucho tráfico. De ser así, Asdrúbal debería parar muchos carros y tener dinero para pagarle a un tercero.

Por supuesto, no me interesa preguntar qué hacen allí en vez de estar parqueando en Rua's. Pero lo hago. Asdrúbal dice que ellos lo ayudan a parquear y a enviar carros hasta ese punto cuando Rua's está lleno: Opción d) Soy un malpensado. O muy ingenuo si les creo. Asdrúbal también dice que su nombre es de guerrero, de indio, y me pregunta si entiendo y me asegura que esa es su zona, que él tiene años instalado allí, que sus "clientes" que trabajan en el Tolón, le pagan "los quince y los últimos". ¿Los quince y los últimos?. "Sisa", dice. Y se ríe. Según él, en una noche buena hace... ¿cuánto? "Burda". ¿Cien mil? "Más", y se ríe otra vez. ¿Dos tablas? "No, más, mi pana, hasta cuatrocientos, a veces. Dígame si me pagan los clientes, ¿me entiendes?".

Ángelo no tiene tanta suerte. Debe ser menor. Minutos antes de hablar con Asdrúbal me dijo que él hacía cien mil un viernes, cuando mucho. Generalmente treinta o cuarenta, si es que no lo "tumban los pacos de Baruta, esas lacras". ¿Cómo es eso? "La semana pasada me pusieron contra la pared, me metieron las manos en los bolsillos y me quitaron como treinta mil bolos; ahora le estoy dando la plata al señor que se sienta ahí, él es vigilante de la panadería". Pero ya son las once, a esta hora la panadería está cerrada. "Sí, pero él se queda ahí". ¿Y por qué te la quitan a ti y no a él? "No sé". ¿Cuántos años tienes aquí? "Ocho años". ¿Y dónde parqueas? "Por aquí, donde me dejen, yo ayudo en La Terraza o ayudo a mi hermano". ¿A qué hora llegas? "Como a las nueve". ¿Cuánto te metes una noche buena, buena, cuando todo el mundo está en la calle, una noche de quincena, por ejemplo? "Ya te dije, chamo, igual tú sabes que eso no alcanza para nada". Tercer intento y no paro ningún carro: porque no llegan.


Sábado. Once y cinco de la noche. El Maní Es Así, destino de salsa en vivo y una calle ciega que en algún momento pasa frente a la fachada del local. Municipio Libertador. Se puede narrar la experiencia de un parquero, de una noche estacionando carros. Pero para eso te tienen que dejar o te tienes que ganar la calle. Frente a El Maní no gustan los periodistas y menos las cámaras. Gabriel, el fotógrafo, da con la clave: "Ellos trabajan en la noche y en la calle. Tienen que ser desconfiados".

Tercera aclaratoria: la responsabilidad y el mecanismo también varían. No es lo mismo ser parquero frente a un local comercial (bar, pub, restaurante, panadería, discoteca) que de una calle con santamarías abajo.

Tampoco lo logro.

2.

La primera vez que vi a Asdrúbal (más moreno, más oro, más droga) me siguió hasta que le aclaré que yo no tenía carro. Me dijo que no le importaba, que estaría detrás de mí. "Qué sé yo si tú eres un ladrón", gruñó: era evidente que cobraba a la salida. La segunda me contó que una vez le robaron un carro en sus narices: "Eran dos hombres y sacaron unas pistolas, apenas me apuntaron salí corriendo. Eran dos hombres, con pistolas, qué iba a hacer, ¿tú me entiendes?", se ríe, "me fui corriendo, mira, dos hombres, con pistolas". La tercera vez no me habló, estaba muy ocupado. Fue la semana siguiente, el viernes, apenas daban las once de la noche y ya cuidaba treinta y siete carros al mismo tiempo.

José Alfredo Iguarán (fuerte, rasgos indios) no la tiene tan difícil. Trabaja frente a Elmo's bar (avenida Monterrey con Jalisco, detrás de la bomba Texaco, también en Las Mercedes). Nunca le han robado un carro y cobra por adelantado (cuatro mil a la fecha: marzo de 2007), pero en noches de congestión (viernes, por lo general) hay que dejarle la llave. "Una solita vez se me llevaron una camioneta remolcada porque la paré en la acera, la tuve que pagar, yo estaba tan abollado...". La confesión la hace con un gesto de vergüenza: sólo trabaja jueves, viernes y sábado y gana, según él, entre un millón y medio y dos millones de bolívares al mes. Aunque dicen que el miedo es libre, en este oficio, según me dice José Alfredo, no hay derecho a equivocarse.

A José Alfredo no le interesa el poder, está tranquilo, trabaja allí desde hace cinco años y sabe que lo único fastidioso son los clientes que -como yo- "se hacen los wilis" a la hora de cancelar por adelantado. Me dejaría parquear junto a él, sí, pero sólo como ayudante. La única condición es que yo no maneje. Me parece aburrido, pero necesario -y prudente- si tomamos en cuenta que yo no sé conducir. Esto último no se lo digo, temo que me despida sin haber comenzado.

Es sábado, son las once y veintidós de la noche y en más de media hora no va a llegar ningún carro. Cuento y apenas hay nueve estacionados. "Va a ser una mala noche", me aclara. Ya no sólo me parece: ¡Estoy aburrido! Me voy con la promesa de regresar pronto, pienso que no debe ser tan difícil convencer a otro parquero para que me deje trabajar a su lado. También pienso que José Alfredo me mintió respecto a sus ganancias.


Antonio Alberto Velázquez es colombiano y parquea frente al famoso restaurante chino La Boca del Dragón, en una acera donde entran, cuando mucho, siete u ocho vehículos. Le pagan lo que sea antes de partir, "a veces me quieren dar trescientos bolívares y yo no recibo eso, un pan canilla cuesta quinientos". No le importa dar su nombre, "total -escupe- no tengo papeles". Asegura que tiene dos años en eso, que llegó a Venezuela por accidente, pues vino buscando a su mamá y no la encontró: ya había muerto. Hace una pausa para levantarse y cobrar. De todos con quienes he hablado es quien menos necesita concentrarse, el espacio que protege ("del árbol ese pa cá") es tan pequeño que cabe en una seña. Por eso es que no logro, una vez más, parquear ningún carro. Nadie llega y nadie se va. Dice que es el que menos gana, pero no el más jodido: "yo si quiera duermo en una casa", dice. Su compañero –que acaba de entrar al negocio y se fue a los cinco minutos de yo llegar– es de República Dominicana y vive en la calle. "Esto es un trabajo, la gente cree que somos delincuentes, pero yo tengo clientes del centro comercial que dejan su carro nada más conmigo, si no me ven, se van. Es bueno, es fácil y no tengo jefes".

3.

Hechas las aclaratorias y presentados algunos personajes, llega la hora de la verdad. Sábado, una y cuarenta de la madrugada, avenida Francisco Solano, fachada del Moulin Rouge, carros en ambas aceras de la calle: Gabriel, el fotógrafo, flanquea particulares y colectivos que aceleran desesperados por mi ineficacia. Sí, estoy parqueando carros, o eso intento.

Pienso que el fotógrafo, el segundo parquero del Moulin y los conductores son benévolos al no reírse. Agradezco que me ignoren. Antonio Alberto, el colombiano, no sabe de lo que habla, puede ser bueno no tener jefes y que los extraños confíen en ti, pero eso no quiere decir que el trabajo sea fácil. En ochenta minutos logro estacionar sólo dos vehículos. En todos se metió alguien a ayudarme, o a estorbarme. Con esfuerzo, logré hacerme sentir, sacudí los brazos, guié primero a uno, luego al otro (venían juntos) e hice que se trancaran entre sí. Se bajaron contentos, pero olvidé cobrarles. Dos carros en hora y veinte. ¿Quieren el promedio?

Esperar dos semanas luego de varios intentos para que me dejaran parquear fue el inicio de la tarea. Lo logré en una calle donde hay más de cien autos estacionados dispuestos para la fiesta. Pero los conductores no me escuchan cuando hablo (en realidad grito), parqueo un par de carros que no tienen otra alternativa que dejarse guiar por mí y que detienen el tráfico por diez minutos. Las cornetas suenan. Estoy cerca de que me paguen cinco mil bolívares, o eso quiero creer. En realidad estoy cerca de que me golpeen si sigo insistiendo en cobrar por adelantado. El sujeto es muy claro: "no te preocupes chamo, ya te dije que yo arreglo con el otro parquero. A ti no te conozco."


"El maracucho", parquero en la esquina, me había dicho que ese era el "modus operandi": cinco mil bolívares. Suficiente para hacer unos ciento cincuenta en días buenos, como hoy. Creo que me falta carácter. Cero uno en la tarea (aquí logro cumplir algunos sueños): “Leo Campos, estás botao”.

Reflexión final: "Para ser parquero hay que tener ganas, al menos unas pocas", y no las tengo. "Dejar la timidez de lado", y no lo consigo. "No todos los parqueros son iguales", sí, supongo, y yo debo ser el peor del mundo. "No es lo mismo ser parquero frente a un local comercial: bar, pub, restaurante, panadería, discoteca, que de una calle con santamarías abajo", aquí creo que mentí; si eres tan malo como yo, es lo mismo.