miércoles, 16 de mayo de 2007

El callejon de la puñalada

Escribí esto en junio, 2006. Conocida mi afición al fútbol y a cierto tipo de alcoholes, es previsible que entiendan que el resultado sería otro si hubiese investigado y reunido más testimonios, en lugar de dedicarle tanto tiempo a los juegos del campeonato mundial y a las chicas detrás de las botellas. Pero ahí está, lo hice para un taller de crónicas que dirigieron los buenos de Sinar Alvarado y Alberto Salcedo Ramos; y, como si estuviera vigente, lo publiqué en la última edición de plátanoverde. Las imágenes son de Marianita Santana.



1.

El bar se llama El Encuentro. Lindo nombre. Adentro repican desde el televisor las tumbadoras del hijo de Larry Thompson y todos miran en silencio. Todos son nueve, sumando al mesonero junto al congelador. El lugar es una postal común de la Caracas pobre y moderna de terciopelo, madera y lúpulo. Nada que otro local de éstos no ofrezca a sus clientes: un almanaque azul Belmont, un ventilador de pie, una pequeña nevera, un estante cargado de botellas, una caja registradora en tono sepia –la cajuela abierta– y muchos afiches con once hombres posando en shorts junto a una pelota. Y también la divina criatura de Marilyn Monroe, por supuesto, con ese perfil tres cuartos que pareciera atender callado a la TV. Es casi evidente que a las seis de la tarde en El Encuentro se practica la contemplación.

Dos canciones después, sin embargo, Julio la quiebra levantando su mandíbula con solemnidad para decir –su dedo apuntando al cielo, batiéndose al borde de la sonrisa amarilla– ése es Bobby Valentín desde la mismísima cárcel de Puerto Rico, carajo. Quizá no se trate de contemplación, debe ser un asunto de culto. Aquí, en El callejón de la puñalada, son difíciles las certezas. Desde la acera es muy poco lo que se puede ver hacia el bar de al lado, Las Tres Cepas: dos siluetas al fondo de la barra, cinco máquinas tragamonedas y unos falsos cristales en la puerta de madera, empañados por la lluvia, por unas huellas trasnochadas, por el aliento que se queda como suspendido en el aire. Huele a desconfianza.



Adentro, el mesonero sacude su brazo izquierdo con un trapo verde de algodón, con el mismo con el que hace minutos limpió una botella. Todas las tragamonedas permanecen solas. Hay una oscuridad de polvo que cae como la bruma y cubre el lugar, como si la barra fuera el farallón desolado de una playa de invierno. Apenas comienza la jornada y ya hay dos hombres brindando a ojos cerrados, caminan con la cabeza hacia abajo y la mirada al frente, desde la sospecha, pero también se mueven con ritmo, o eso intentan. Y aprietan sus puños y se ajustan los pantalones con cada grito de canción: quieren encubrir una evidente apuesta homosexual.

Si en El Encuentro bailan al son de La Fania y compañía, aquí, en Las Tres Cepas, los clientes escuchan su música con una disposición casi exclusiva: tarareando, cabalgando la barra con sus dedos. Y claro, aquí también Marilyn sonríe empotrada desde varios cuadros. La diferencia es que en este bar la noche espera con otras ansias y los timbales no existen. Aquí, al menos a partir de las seis de la tarde, reina en el tarareo la voz gallinácea de Shakira –último disco– y la cadencia de unas cinturas apretadas en jeans prelavados. Hombres y mujeres por igual, aunque la promesa solapada es una noche de lesbianas, porque donde hay más gays es en Don Sol, arriba, al lado del hotel. Nada es como lo pintan. Ni el peligro, ni el miedo, ni la noche. El asunto es confuso entre tantas voces, pero hay certezas que se asumen desde la repetición, como que El callejón de la puñalada ha tenido otros apodos, entre ellos La calle de los maricos. Y entre esas pocas seguridades, otra que salta en cada comentario: la atmósfera cambia a las siete de la noche y se vuelve criminal, bandida, tramposa, asesina.



Apenas son las seis, afuera llueve y unas mesas de plástico reposan inofensivas junto a un pendón de Polar Ice. Están solas. Vacías. Más tarde van a recoger a varios clientes en un esfuerzo por rescatar algo de memoria perdida. Ciertas décadas de tertulias poéticas. Las bolsas borrachas debajo de unos ojos rojos que hablan de pintura, vanguardia y política con una pasión casi infantil. Hay que decir que el esfuerzo es sólo de las mesas, no de los asistentes. Y también de Harald Valentiner, un empresario dueño de todos los locales del ala oeste del Pasaje Asunción, que a estas alturas, después de un par de horas se descubre: es el verdadero nombre del callejón de la puñalada. Esa es otra de las cosas que quiere rescatar.

Harald abrió una galería en agosto de 2005 para regresarle al lugar su atmósfera bohemia de antaño, al menos como primera medida. Y también el Bar El Encuentro, que existió desde siempre con el nombre de Bar Gibus. Es a ese bar al que pertenecen las inofensivas mesas de afuera y también los asiduos más viejos del alcohol de la calle. Lo que pasa es que ellos, con tantos años a cuestas, ahora prefieren beber de día y dejar las mesas en la noche para otro tipo de animales, seguramente más feroces. Aquí el problema no es estar sino salir. Borracho y a esa hora te expones demasiado, dice Antonio, gerente de la galería que inició junto a Valentiner.

Esa hora es la noche, o la madrugada. Lo mismo da que sean las nueve, las once o las tres. Temprano, desde las siete, se retira la seguridad privada que custodia el lugar, contratada por Valentiner y pagada entre todos los vecinos y arrendatarios de locales. A esa hora –otra vez, cualquiera después de las siete– comienza una fiesta negra de homosexuales, salsómanos y huéspedes, distribuidos mayormente entre la tasca del Hotel Cristal (una estrella, 40 mil bolívares la noche), y los bares Don Sol, El Encuentro y Las Tres Cepas. También a esa hora empieza el comercio de droga en los alrededores del callejón, y la pega entra dura en las narices de niños callejeros con caras de ancianos.



No es más que una rumba de bailes pegados junto al mito de su propio riesgo. Barras, baños sucios y narices blancas de polvo en bolsas. Y besos, muchos besos. Y miradas: que escrutan, seducen, enjuician. Y sí, da miedo, porque es un lugar común que corre en todas las voces: éste no es un sitio seguro. El bulevar de Sabana Grande y la avenida Casanova, sus vertederos o desembocaduras, son probablemente dos de los espacios más transitados y peligrosos de Caracas. Entonces se entiende la confusión, todo ese extraño desconcierto que convierte al pasaje Asunción en dos lugares distintos que dependen de la luz: el apodo que tiene lo ganó a pulso con la luna cómplice que mira callada, blanca, siempre blanca, y con el devenir del tiempo que pasa. De noche, en las primeras horas de la mañana, es El callejón de la puñalada, en el día también se le dice así, pero es más un asunto del recuerdo.



2.-

Ya no es el mismo clima. Es de las muchas cosas que han cambiado en los últimos años. Cinco, quince, treinta años o más, ya no es lo mismo. A un costado un mural rojo, homenaje de la Alcaldía Mayor de la ciudad, dibuja el rostro de un conocido y admirado poeta venezolano: Victor Valera Mora, apodado El Chino. Él ya está muerto, en el mural se lee uno de sus poemas, Historia.

Lo que dije de mí, y no dije, soy
Lo que dijeron y no, también
Estoy en algo.



Es El Chino desde sus versos estalinistas. También es la realidad de este Pasaje Asunción que está en algo siempre, en las voces de la memoria desdibujada, de muchos años de alcohol, en las frases de sus habitués, en algún lugar de los relatos urbanos que crean una verdad a fuerza de palabra. Porque sí, puede que aquí pocos relatos estén claros, pero todos funcionan como una verdad irrebatible, hasta sus propias contradicciones: Imagínate, le hicieron ese mural al Chino y él venía poco por aquí; él se la pasaba bebiendo era más arriba, dice Paco, uno de los bebedores más antiguos de la calle. Preguntas históricas sobre el frontón del Jai Alai, un local llamado el Perro y la Zorra (Av. Río de Janeiro), la esquina El Conde y otros reductos que parecen dejar de existir, sirven de destapadores a los viejos conocidos para pasar otra tarde de cervezas.

Y aquí decir viejo conocido no es una ligereza ni una libertad que se toma por descuido. No, señor. Porque son viejos. Lo suficiente. Y también muy conocidos entre sí.

-Yo me acuerdo que aquí había era como una fuente de soda con 25 sillas afuera, era un bar abierto que a partir de las seis o las siete de la noche, automáticamente, se convertía en un bar gay.
-Ajá, allí era donde te la pasabas metido tú ¿no?
-Sí, con tu hermana, ja.
-¿Y qué es eso que tienes por aquí abajo? Ah no, ésa es la manguera que te pusieron para que pudieras orinar.

Entre todos suman más de 500 años, pero sólo dos de los siete usan lentes. Todos se quieren. O se acostumbran. Y se recrean en torno a su nostalgia y su mala memoria. Homero, Jesús, León (Ramón León, corrige uno), Ricardo, o Rafael –sus nombres son lo de menos– todos reconstruyen el llamado callejón de la puñalada desde varias leyendas: una muy poética, una violenta, otra de ambiente y, quizá la más común –la más porfiada: arquitectónica, comercial, nominal y borracha. Hablo –hablan ellos– de los bares, sus nombres, sus fachadas, sus historias.

-Eso fue hasta que mataron al tipo, vale, que lo mató el cocinero de Camilo.
-Pero el apodo no viene de ahí chico, ¿de dónde sale ese nombre? ¿Quién lo inventa?
-Ah, no sé, porque ese señor no murió por la puñalada, él murió fue de una sobredosis.
-No vale, pero la puñalada fue en la arepera, que quedaba allá abajo, cerca de la esquina, ¿te acuerdas?
-No señor, lo de la arepera fue con un pico e botella y eso no fue hace tanto tiempo. Eso fue como en el noventa.
-Coño, yo creo que en necrofilia estamos jodidos, pero en alcohol estamos bien.
-Mira, por ejemplo, ahí estaba el famoso Vamos a Madrid. Aquí, más abajo, el Torre Molinos. Ahí, el Bar Tolo, que no se llamaba así, sino que le decían así porque su dueño se llamaba Bartolo.
-No señor, eso no es así.
-Ah vaina, Homero está polémico hoy.

Uno de los episodios más famosos de este callejón, al margen de sus personajes, ocurrió el primero de enero de un año incierto.

-Eso fue en el 74, 76, por ahí.
-¿El incendio? No sé, hace tiempo, como en los ochenta, creo. Murieron como nueve uruguayos, me acuerdo. Pero no tanto, así que no me hagas mucho caso.

Al parecer, un trabajador del local, molesto por haber tenido que trabajar esa noche, caminó hasta la estación de gasolina más cercana, llenó un bidón hasta poco más de la mitad y le prendió fuego al lugar con la gente adentro celebrando la llegada del nuevo año. No había salida de emergencia y tampoco tiempo para apagar las llamas. Algunos, se cuenta, murieron bailando. Una mujer fue lanzada por la ventana del baño. El hombre de la puerta se esfumó como tragado por la tierra, porque nunca se volvió a saber de él.



Frente a ese lugar que ya no existe queda una tienda de ropa para caballeros. Modesto Saavedra, italiano, tiene 37 años trabajando en ella. Es el dueño, siempre ha vendido lo mismo. Su cuello está lleno de arrugas, habla pausado y se mueve con calma, como pensando cada gesto. Casi se podría decir que trata de recordarlos, incluso. Conoce a todos los viejos que beben en la tasca El Encuentro –mire hijo, eso no se llamaba así, se llamaba Bar Gibus– pero no tiene mayor interés por las copas. Recuerda que el bar fantasma, el de las llamas del primero de enero, era de ambiente –como casi todos los de por acá, aquí siempre ha habido bares de ambiente, pero yo no sé qué ambiente es ese, de maricos, será– y que antes de serlo ya había tenido problemas porque su dueño, un famoso croata de la zona, fue descubierto en una jugada de estafa crediticia. Del incendio, como los otros, recuerda poco, no tiene los hechos muy claros. La señora que lanzaron de la ventana del baño, eso parece que sí fue verdad, relata, pero él no sabe si quedó con vida.

-Sé que murieron varios, no por las quemaduras, sino por asfixia. Había una muchacha que cantaba, ésa era muy linda, quedó toda desfigurada. El otro día la vi por aquí, pobre, ya está vieja. Tiene toda la cara quemada y esta parte del cuerpo también –y se toca: el cuello, lo que serían los senos, el abdomen, una parte de la cintura. Yo no me acuerdo mucho.



3.-

Caopolicán Ovalles, Ludovico Silva, Orlando Araujo, Denzil Romero, el poeta Muñoz, Argenis Daza Guevara, Néstor Francia, Earle Herrera, Adriano González León, toda la gente de La República del Este... el desfile interminable de nombres que saltan al recuerdo también convierten al Callejón de la puñalada en un refugio de letras borrachas, un reducto que se fuga junto a la memoria de quienes todavía siguen vivos y asisten al lugar. Uno de ellos, el pintor Víctor Antonioni, quien con 49 años en la zona asegura ser el que más tiempo tiene allí, es quien entrelaza nombres y apellidos para recordar viejos momentos. Pero eso está muy trillado, asegura. ¿Quién va a querer escribir sobre todo esto? ¿Y para qué? Lo que pasa es que aquí insisten en recuperar algo que no va a volver, eso ya pasó. Y recrea otra anécdota histórica, reflejo fiel del callejón: en 1989 alguien –no importa quién, o tampoco eso está claro en el recuerdo– colocó una placa para bautizar al lugar con otro título: El pasaje de los poetas, en honor a todos los ilustres que iban a rascarse y a resolver al mundo en torno a una mesa de ilusiones. Pues otro alguien, que tampoco importa identificar ahora porque no importó en el momento, se robó la placa. Apenas duró cinco días, dice Antonioni y se ríe, o hace una mueca que parece una risa antes de mojar su bigote entrecano con la jarra de cerveza. Era mejor conocerla por la puñalada.



En la esquina sur, mordiendo la avenida Casanova, está el café San Antonio. Se llama así porque su antiguo dueño se llamaba Antonio, él ya murió pero ahora lo atiende Gisela. La señora Gisela, que lleva casi 40 años viviendo en el callejón. El café no tiene letrero en su fachada y presenta un mostrador de vidrio con muy pocas cosas para la venta. Malta, refrescos, empanadas, algunos pocos alimentos para una digestión más pasteurizada e inmediata.

Juan y Edy, sobrinos de Gisela, comen y beben puertas adentro junto a tres mujeres. No están a la vista de un público que se pueda acercar. El pollo asado con guasacaca y sus dos litros de Frescolita –sin hielo– balancean perfectamente el cuadro de baldosas color melón, blancas para las paredes, dos baños enfrentados –una chiripa en la poceta– y un envase de cloro marca Tapa Amarilla junto a una licuadora. Esto también es el Pasaje Asunción, lo que pasa es que aquí estamos bebiendo más tranquilos, porque a esta hora –diez de la noche– es mejor no meterse pa allá arriba; además, allá van muchos maricos, comenta Juan con una botella en la mano, la otra apuntando hacia un pipote de basura que reposa junto a las gaveras vacías de refresco. Sobre el pipote, una inmensa calcomanía reza una frase excepcional: Caracas decidió cambiar.



Ese cambio es, con muchísima probabilidad, lo que más le va a costar al señor Harald Valentiner, o a Antonio, su gerente de la galería. Volver a la bohemia a pesar de todo tiene costos elevados, y eso no es fácil ni siquiera imaginándolo. Como lo asegura Paco al borde de su último trago del día frente al Bar El Encuentro. Y explica, sin saberlo, la historia, vida y muerte que le transcurre al callejón. Al que todos tienen en mente: el tiempo, su devenir, los cambios que trae consigo, no se pueden determinar porque eso es el suceder de las cosas. Punto. Ahora todos estamos consumiendo lo que nos enfrenta. Y eso también tiene que ver con la intensidad. Si a todo le aplicamos la misma intensidad: mujeres, alcohol, cigarrillos, historias, notas, sexo, probablemente en cinco años vamos a estar vacíos. Y vamos a necesitar siempre otras cosas. ¿Eso se acaba? No lo sé. Yo no hablo de cambiar, pero sí quiero volver a ser joven…

Desde adentro del bar (El encuentro, antiguo Gibus), Oscar D’ León baila en la pantalla del televisor. Y parece casi un niño, debe andar por los 35 años en el concierto grabado. El pintor Antonioni mira hacia afuera, donde siguen las mesas y el pendón de Polar Ice. Grita algo, desde su mueca, en una esquina de la barra, se dirige a alguien pero parece que lo hiciera al callejón: Te van a matar, marico, pero no te preocupes, tu muerte será vengada.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

ey que paso con el graffiti de Cayayo que había en el callejon de la puñalada? desapareció?

Leo Felipe Campos dijo...

Me temo que sí.

Chamito Candela dijo...

Coño pana, despues de vagar con el trasnocho de la inconsciensia como fiel compañera. Despues de patear las calles de la madrugada del recuerdo. Despues de buscar un lugar como ese, donde ahogar la rabia y donde el miedo sea tan grande que calme la ansiedad, me topo con tu post.

Antonioni esta vivo, me alegro. El Nazareno lo cuida, me lo dijo Maelo.

El callejon jajajajajaja, Como dijo el chino: "NACI DE PARTO BRAVO"

¿Qué es esto? dijo...

Gracias chamito, tiene razón. Parece que sí eres valiente de verdad.