viernes, 16 de mayo de 2008

Nos quisieron matar a todos

Antes que las cenizas chilenas del volcán Chaitén se largaran al sur de Buenos Aires, el humo provocado por la quema de pastizales en la zona del Delta cubrió su techo durante varios días. Gustavo Valle es un venezolano que vive por aquellos lares y me cedió este texto, que ya había publicado para Nación Apache. Ahí se los dejo.


Por Gustavo Valle

Se me estaban nublando hasta los pensamientos. Mi cabeza humeaba y cuando me proponía hacer algo por mi propia voluntad (hacer pis, cortarme las uñas), me atacaba un tedio vital mortal (como el tedio vital mortal que hizo famoso a Giacomo Leopardi por allá en mil ochocientos). Y terminaba tirado en el chinchorro como un oso perezoso pensando estupideces. Apenas alcanzaba a prender la tele y en la tele decían que el asunto se prolongaría cinco días más, que los pastizales arderían perpetuamente, que si uno quería se podía tapar la nariz y la boca y dejar de respirar, definitivamente lo peor que uno podía hacer era respirar. Tosí. Apagué la tele, cerré las ventanas, bajé las persianas, puse pañitos húmedos en las rendijas (¡las putas rendijas!) Me inventé una técnica según la cual pude descifrar los cambios de dirección del viento (en otra parte explicaré esto) y distribuí los muebles de casa en función de esta técnica. Coloqué el sofá contra la puerta del balcón, la cama frente a la ventana principal y arrimé la cómoda hasta obstruir el ventanuco del lavadero por donde entraba el humo. Me proponía aislarme de la enorme nube gris. Pero como la enorme nube gris era el aire mismo, entonces me había aislado del aire, y yo no estaba maduro para el suicidio. Intenté otra técnica: cuerpo a tierra. Panza y cachetes contra el piso. La preceptiva bomberil ordena cuerpo a tierra para evitar broncoespasmos. El humo, según esta preceptiva, tiende a subir al cielo. Es una infeliz ironía que esa informe cosa gris vaya al cielo, y uno al trabajo. Pero este humo argentino no era un humo cualquiera, era rastrero (humano humo, merecería llamarse) pues en vez de subir bajaba. Me pregunto si algo tuvo que ver el hemisferio sur, la latitud treinta y cuatro, la cercanía a la Antárdida, el mundo al revés, lo ignoro, la verdad, lo ignoro. Que si la presión atmosférica, escuché, que si los hectopascales, que si el viento norte, y cosas por estilo. Pero el puto humo no se iba. Se me ocurrió levantar la persiana y asomarme: era la lluvia ácida, el Apocalipsis en Buenos Aires. Definitivamente había un plan en marcha, y ese plan era exterminarnos a todos, asfixiarnos como ratas. Un laboratorio de aniquilación, carajo, de eso estoy hablando y no nos dimos cuenta. Y yo que no creo ni en el Gauchito Gil ni en el Santo Niño de la Cuchilla, cómo hago, me pregunté en medio de una gran desesperación, a quién encomendarme. Prendí de nuevo la tele, que es mi santuario en casos de emergencia, y allí estaba la presidenta vestida de plañidera con pelo al viento, lentes de mosca y blusa fucsia. Comandaba las operaciones de sofoco, pidiendo explicaciones a los capitanes, subiéndose a un helicóptero para sobrevolar los incendios. Y repartió culpas a diestra y siniestra, a los matones del campo, a los negligentes peones, a los inescrupulosos capataces, al dios Marte, a los espejitos, al triquitraque. A mí me dio un respiro (en realidad tosí otra vez) al ver a Cristina trabajar por el bien de todos, rodeada de cámaras, y sin el moño de Llongueras ni el tallercito hecho a su cadera. Apagué la tele antes de sufrir un ataque de optimismo y me asomé nuevamente a la ventana. Entonces pensé en Sandro, sí, con sus pulmones agujereados y en lista de espera para el transplante. Pobre Sandro, metido en esta humareda, después de arrancar tantos suspiros, la verdad. Y también pensé en la inflación y se me salieron las lágrimas. Y después pensé en el precio de los pasajes Buenos Aires-Caracas y me hice pis encima. Y al rato pensé en cómo sería escribir el humo, no el fuego (que ya lo hizo gente seria como Donatien Alphonse François de Sade) sino el humo, este humo que se mete hasta en las células hasta fumigar mi sinapsis. Y después de tanto pensar y pensar mis pensamientos ya se estaban chamuscando, ardían como barajitas y tuve una jaqueca contagiosa. Decidí bajar nuevamente la persiana. Corroboré que todos mis dispositivos estuvieran funcionando a la perfección: la alfombra tapando el hueco de la puerta, la cortina del baño atorando el acceso al balcón, un par de suéteres amuñuñados contra el aire acondicionado que no sirve, que nunca sirvió. Y me tiré en el chinchorro a ver las cenizas volar en el alto cielo albiceleste (no había alto cielo albiceleste, es una metáfora, para eso están las metáforas) Abrí los Cantos de Giacomo Leopardi en una página cualquiera y me dispuse a vivir la vida a plenitud.

1 comentario:

a laura dijo...

Comente a tu blog, viste Leo Felipe ?
Ahora no puedes decir que no lo hize.
te quiero,
L.