viernes, 30 de mayo de 2008

Cuando los machos juegan Rojo

En honor a la finalísima de este sábado en San Cristóbal y a la salida –algo tardía– del segundo número de la revista Plaza Mayor, me robo este trabajo de Jorge Sayegh sobre la barra brava del Caracas F.C. Los autodenominados Demonios Rojos. Las fotografías son de Francesco Sportorno y el texto es, como denuncia el subtítulo que le toca, la pequeña crónica de un pastelero coleado.



Ni las marchas políticas, ni las declaraciones de guerra, ni el deseo colectivo porque santifiquen de una vez al postergado José Gregorio Hernández, son capaces de amalgamar las convicciones de un grupo de venezolanos como lo logra cualquier equipo de fútbol con sus hinchas. Quizás por eso el Deporte Rey nos resulte un tanto extraño. Para un pueblo cuya ambición colectiva más intensa es animar mezquinamente a su caballo en la recta final, eso de avivar uniformemente a un solo equipo y odiar irreconciliablemente a los que aúpan al otro, es un fanatismo demasiado trabajoso y comprometedor.



“El béisbol es un juego, no un deporte”, me aclaraba con emoción sincera Colls, uno de los líderes de la barra, minutos antes de entrar al Olímpico donde se escribiría a patada limpia otra gesta histórica del Caracas Fútbol Club que terminó en un mísero empate. La aclaración era importante, porque la relajada enemistad que se profesan sobre una tribuna los fanáticos rivales de dos equipos de béisbol, es un juego de niñas comparado a la pasión que desborda el corazón guerrero de los hinchas del fútbol.

Los miembros de la barra del Caracas son conocidos como “Los Demonios Rojos”, pero, a pesar de su nombre, los muchachos se portan muy bien para ser una masa humana embriagada por el calor del fútbol y las cervezas frías. Con el look de chicos malos que su buen nombre precede, manejan muy bien eso que los maestros acomplejados llaman mala actitud y que Madonna capitaliza para hacerse cada vez más millonaria. Suelen llegar al estadio con horas de anticipación y organizan escrupulosamente las banderas y pancartas, sus decoraciones de guerra en las tribunas; luego calientan los tambores, se saludan con gestos rituales, se pintan la cara y se reúnen alrededor del tum tum entre cánticos pop-gloriosos, redobles y estandartes, para entrar triunfales al escenario donde ocurrirá el show de la batalla. Como Madonnas, pero pobres.

Aquella noche del empate, el piso del Acceso Sur y el de toda la Tribuna Este del Olímpico Universitario pronosticaba un futuro gris, anegado por una pestilente laguna artificial. Así que fanáticos comunes, barra brava y curiosos, accedíamos al estadio por una sola puerta con los pies enchumbados por abajo y con la moral muy en alto por arriba, donde, más que el viento, el poder de las voces de los diablos rojos parecía mover las banderas.

“Ya llegó la barra. La más radical
la espera toda la grada y hasta la tribuna principal
son nuestras pasiones, lo fundamental
qué linda la muchachada pegando grito en la popular
que la canten todos la linda canción...
que la canten los pasteleros a los que les falta corazón”.




¿Qué es un pastelero?, pregunté. La respuesta es precisa. Se trata de aquel que se dice fanático del fútbol o del equipo, pero que en realidad lo hace por moda, no por convicción propia. Un pastelero puede ser un hombre que quiere levantarse a una fanática bonita y va al estadio, pero no por amor al cochino, sino a los chicharrones. Son todos aquellos que se cambian de equipo según el que vaya ganando, o los seguidores del Barcelona y el Real Madrid: “es como tener una novia, pero que vive en otro país y que se la coje otro”, argumentó Colls, cual especialista deportivo. También puede ser un demonio rojo irresponsable que sólo va a cazar golpes, en vez de alentar a su equipo querido. No es fácil ser reconocido como verdadero fanático entre los miembros de esa cofradía sin reglamentos ni sede que conforman unos seguidores que se reconocen como familia.

Colls me contaba que ha tenido algunas diferencias con su novia (no sé si su ex a estas alturas), porque a ella no le gusta que pase tanto tiempo con sus hermanos. “Sí, hermanos”, reflexiona espontáneamente, “porque mis compañeros de barra son como mis hermanos”. Y los hermanos se instalan en diferentes lugares de la Tribuna Sur con un orden digno de familia mafiosa: a cada grupo le corresponde su lugar en la jerarquía. Hacia el centro se ubican los líderes, en la periferia superior los más radicales, en la inferior los más zanahorias.

A medida que se acerca el momento del pitazo inicial, la efervescencia de los ánimos va desbordándose y explota como un millón de cervezas batuqueadas y destapadas al mismo tiempo, cuando el equipo salta a la cancha. En ese instante ocurre un pandemonio: todos los rojos gritan sus amores y lanzan unos rollitos de papel de caja registradora, agitan pancartas, dibujan lenguas de fuego utilizando unas apestosos flits matacucarachas, y disparan varios extintores rellenos de algún químico rojizo y espero que inofensivo. Una nube de emociones cubre la tribuna. El espectáculo debe ser maravilloso, pienso, sobre todo visto por cable con un bloody mary en la mano.




Una vez comenzado el juego ocurre un extraño divorcio entre la realidad de aquí en las gradas y la de allá en el campo; supongo que la ausencia de una pantalla mínimamente comunicativa tiene algo que ver. Nadie sabe qué pasa exactamente en la cancha. “¿Cuánto tiempo de partido llevamos?”. “¿A quién le sacaron tarjeta?”. “¿Por qué?”. “¡¿Penalty?!”. "¡¿Fue mano?!". “¡¿Qué pasó?!” "¿Cuánto queda?". Aquella noche hubo tantas preguntas sin respuesta... Eso sí, nunca faltó, ni por un instante, el apoyo incondicional de los hinchas para su equipo.

La guerra psicológica desatada por la tribuna contra el adversario es devastadora. Y homosexualoide. Sí, homosexualoide. No hay consigna, cántico o maldición que no pase por romperle el ano, violar, hacer mujer o convertir en puta que se goza, al enemigo. La obsesión por empalar al equipo contrario era más que una evidencia. Pero ese estilo agresivo –y anal– no es una exclusividad venezolana: los himnos e insultos de todas las barras bravas de Sudamérica son una copia fiel de las argentinas. Aseguran que se trata de una cultura futbolística. Por ejemplo, el original “¡Y dale, dale, dale Boca!”, se tropicaliza con un “¡Dale, dale, dale Rojo!”. Vargas Llosa (el que escribe novelas, no el que pretende análisis políticos) aconseja a los jóvenes escritores que no teman copiarse el estilo de otros, que eso es normal cuando se está en proceso de formación y que luego se encontrará el camino propio. Que él mismo lo hizo en sus inicios, confiesa, y miren qué lejos llegó… Como hasta Londres.

Siguiendo esta línea no hay nada que criticarle a los muchachos de aquí, de Medellín, de Guayaquil o de Cuzco. Incluso, ya hay incipientes chispazos de originalidad para distinguirnos un poco: al “Caracas Caracas yo te canto noche y día” de Un Solo Pueblo le añadieron un: “Los Demonios Rojos te apoyamos toda la vida”. Pero hay que decirlo: no ha calado todavía.

No le pediría a Huáscar Barradas que se pusiera a componer gaitas sinfónicas para alimentar el repertorio del Unión Atlético Maracaibo, pero sería divertido adaptar ciertas canciones del repertorio popular venezolano más moderno. En vez de cantar “Matador”, que es bien chévere pero la compuso un argentino, por qué no aprovechamos las tonadas masculinas de Caramelos de Cianuro y les gritamos a los rivales que vamos a pegarles con el martillo. O, mejor aún, ¿por qué no adaptar el rap “Ponerte en Cuatro” de Los Amigos Invisibles?, que hasta tiene unos tambores que encajan en una banda de tribuna

Luego de 90 trepidantes minutos, al terminar el descuento, como en todos los partidos, sonó el pitazo final, y en nuestro caso, porque sólo la victoria da energía para el furor, con ese pitazo cesaron los cánticos. Pero no tanto los insultos: unos pocos ¿pasteleros?, borrachos, se dedicaron a ofender y amenazar, de lejitos, a todo pendejo con franela del equipo contrario que pasaba desprevenido por la Puerta Sur: si no hay motivos para celebrar un empate, al menos que resulte justo animar el espíritu para la victoria futura, algo que se puede lograr a expensas del miedo ajeno. Los hombres con carácter se forjan en la adversidad y el Caracas es un equipo con espíritu ganador. Carajo. La próxima vez será. Así sea en casa frente al televisor, y con un bloody mary en la mano.


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1 comentario:

a laura dijo...

Leo.
Yo no tengo tu e-mail.
Y necesito mucho hablar contigo.
Te quiero,
Lauraa.