jueves, 13 de diciembre de 2007

VI (1999)



El paso mortal de las lluvias y deslaves en el estado Vargas dejó miles de muertos y dolor en sus familiares. También damnificados. Eso fue hace ocho años, exactamente. Este es un corto capítulo de otro –maravilloso– libro que estoy escribiendo. Un relato de ficción. Su temática central no es la lluvia, sino la salsa y la mujer, dos pasiones que se suponen deben encender este blog y no lo hacen. Transcurre en La Guaira.

VI

(1999)

La boca abierta, ahogada, llena de un lodo marrón y espumoso, de una malteada amarga que mezclaba lluvia, mar, tierra y sangre, no conseguía cerrarse ante el dolor y el miedo. Las carreras sobre techos de zinc y las cortadas de la montaña estaban a la vista: presas de confusiones mayores, de olas en la puerta de la casa y televisores nadando hacia el final del Mar Caribe, las mujeres tenían ya tres días escapando del terror y la desesperación que produce la muerte.

Boris ni siquiera tuvo tiempo de llorar por la desaparición de su viejo. Disparos, noche, uniformes verdes y una tormenta maldita que se llevaba todo consigo le obligaban a levantarse por encima de la angustia y tantos ojos entornados en el blanco triste. La carne, cuando deja de latir el corazón y se llena de tanta agua, toma un peso casi imposible de sostener, sólo la corriente y las olas, esa resaca que tira todo, puede levantar el olor podrido de una piel alechosada y brillante, floja, deshilachada, que contiene adentro tantos recuerdos como desilusiones el mundo.

Eran muchos cuerpos flotando sin vida para una visita que debía durar sólo horas. Había llegado para dejar algunos regalos, tomarse una cerveza y despedirse del viejo, que entonces vivía con Betzaida, una mujer robusta, excelente compañera y bastante generosa detrás de la estufa. Esa noche fue la última que tuvo para verlos. De ahí en adelante, el desastre de una vaguada que cubrió todas las calles de silencio fue el motor de un movimiento frenético, delirante, por salvar vidas y consolar a viejos conocidos.



No se distinguía el sueño entre el día y la noche, y todo parecía empañarse con la lluvia, piedras que caían del cerro, casas que rodaban hacia el mar, el mar que se devolvía hacia el cerro y los dejaba sin espacio, gritos de mujeres que corrían desnudas con sus niños muertos en los brazos, carros apilados junto a la moral desahuciada de una gente cada vez más pobre…

Estar encerrado en la calle es una experiencia indescriptible, digna del delirio, y allí fue que la vio después de tanto tiempo. Tuvo ganas de llorar al recordar sus primeros encuentros y ver que ahora todo estaba patas arriba. Tuvo ganas de contenerse y no patear ningún cadáver. Tanta trampa de palabras a ojos chinos, tanta estafa berborreica para una niña de apenas dieciséis o diecisiete años era innecesaria, como era innecesario este castigo de la naturaleza. Había bailado con ella en fiestas donde no importaba más nada que no fuera el calor de su cuerpo, y la había besado, y había sentido en sus labios un sabor especial, una furia incontenible, un encanto, unos nervios. Habían salido y se habían mentido en favor del miedo: el desencuentro después de quince llamadas y cuarenta mensajes había sido su rutina diaria. El deseo de ambos era algo innegable, algo que sólo podía tener una responsable: ella. Pero ahora no era momento sino para verse en la distancia con una expresión de pánico. Ariadna, cabello al aire y una franela raída, manchada, húmeda de sal y llanto, pensó en correr hacia él y darle un abrazo. Pero su resistencia la mantuvo a raya y siguió caminando, imaginando una noche feliz en medio del desastre.



Aquello de los dieciséis fue apenas el comienzo. Caraballeda como testigo de una primera noche que llegó con demasiadas preguntas y una expectativa que rebasaba las segundas ganas de una mujer tan precoz como adolescente. Tres años después el río y la desnudez y el baile de una noche sin fortuna, fracturaron cualquier posibilidad de alegría. Y ahora, tras dos años de ausencia, tener que venir a verlo en esta situación. Mejor era cerrar los ojos y seguir. Una cuadra era espacio suficiente para la evasión, y lo que estaba ocurriendo era un seguro de vida para su fuerza. Espero que tu padre esté bien, pensó, y también, no puedo creer que esté tan bello. Su mirada quedó guindada a la imagen de aquel rostro maltrecho, ajado, compungido, pero con la misma altivez que colocaba al bailar, la misma de aquella despedida a través de las luces artificiales y la ventana de un Malibú azul terroso que pasaba aceite por el tubo de escape, como se veía ahora el cielo que llovía a cántaros sobre ellos.

Ni Boris ni Ariadna tenían hijos. Pero ambos combatieron la furia de ver partir a sus viejos en una tragedia manoseada por el sensacionalismo de los medios, el tamiz de las cifras oficiales y la confusión multitudinaria de gente que lloraba de hambre y escapaba del mar y la noche. La brutalidad de un tiempo que transcurría desabastecido. El deseo de creer en milagros. Tanto apetito de pasados con sol y cervezas, viejos amigos en peleas pueriles, recuerdos que aparecían con bondad para ofrecerse como los únicos pilares indestructibles ante tanto destrozo. La desazón obligaba a cerrar los ojos, a olvidar la vigilia y el insomnio, a no creer. Y en ese no creer estaba todo lo que oliera al estado Vargas, a sus maravillosos y acontecidos momentos de alegría y derrota. Porque si La Guaira tuviera que escoger un deporte, pensaba Boris recostado sobre la mitad de un muro en cualquier zona desdibujada de Tanaguarena, es el boxeo. La gloria que se suda sobre lonas maltrechas, salpicadas de sangre y saliva, los brazos al cielo, las pupilas ciegas de tanto flash fotográfico y un cinturón pesado y horrible que se levanta al llegar al aeropuerto después del campeonato mundial en Tokio, Panamá, Las Vegas, con gente agolpada en el pasillo de la espera, una mano en cada esquina para sostener los palitos que sujetan las pancartas que paga la alcaldía, y eso que llaman la comunidad con ganas de verte y decir, ése es de mi calle, y siempre el rancho, el bloque, la familia, el despojo, las raíces, la locura de tanto coñazo al cerebelo, la caída en el ring y el titular de los diarios que da para pedir fiada una caja de whisky en honor del orgullo, nojoda, no importa que eso valga seguir caminando por la misma mierda después de saltar la cuerda un millón de veces. Lo que queda, en todo caso, es el recuerdo de la gloria que una vez se tuvo. Y eso, probablemente, sea lo que peor huele en este estado, y eso sea de lo que haya que alejarse para volver cuando las aguas estén calmadas. A fin de cuentas, Ariadna es sólo una mujer. Y qué es una mujer ante la muerte.



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3 comentarios:

Anónimo dijo...

todo...

Muchos besos.

¿Qué es esto? dijo...

Yo que vivo con temor, pensando lo que haces y sé de tu comando, te doy la razón. Aunque te escondas.

Otros besos, anónimo.

Anónimo dijo...

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