viernes, 14 de septiembre de 2007

Mototaxi: el vértigo horizontal

El riesgo es la posibilidad de que algo malo suceda, o de que algo bueno no suceda. Y a veces produce miedo. Ese miedo tiene un costo. Por ejemplo, si quieres que limpie una ventana en la planta baja de tu edificio, te cobro menos que por lavar la misma ventana en el piso 21, sobre un andamio.

En Caracas, el riesgo de llegar a tiempo se iguala al de la histeria. Y esa histeria suele quitarse el código de barras.

Debido a la monumental peladera de bolas que hay en el país, los venezolanos han comprado -entre enero y agosto- más de 200 mil carros importados y más de 100 mil ensamblados en casa. La regla de tres despeja con horror una cifra poco alentadora para los choferes y muy amable para los fiscales: 454.280 vehículos nuevos para diciembre de 2007. O sea, el que no se compró su carro es un pendejo.

Nuestra capital es un estacionamiento gigante que ofrece la peor de sus expresiones en tardes de lluvia y suicidios subterráneos: la parálisis facial. Una realidad inocultable, aun suponiendo que CNN, la General Motors, Reuters y la Cámara Automotriz de Venezuela se confabularon con esta noticia para hacernos creer que Chávez y su economía son arrechísimas, y que en un país que vive del petróleo (80 dólares por barril hasta la fecha), el consumismo descansa fresco en su esquina mientras al comunismo le dan conteo de protección.


Yo no sé manejar, estoy jodido. Pero puedo afirmar que los mototaxis son el transporte del futuro. La carrera contra el tiempo adquiere límites superficiales que pocos sospechan, y todo -como dicen las promociones de las películas de suspenso- al filo de la muerte. No podía ser de otra manera; en la Caracas de la informalidad, el rey de los transportes públicos es quien llega primero.

Al estímulo de la adrenalina se suman los códigos silentes de la hombría: ningún hombre que va detrás puede tomar de la cintura al que maneja. Caer en un hueco o sortear el envión de una camioneta que se cruza cuando vas de frente es asunto de acostumbrarse. Nada más.

Versus el dolor de espalda y las bocinas, el oficio de parrillero se aprende con una sonrisa nerviosa y sobre la cara una nueva modalidad del ecosistema urbano: virutas de charco. Eso implica un descuento. Además, al ser de plástico barato, el casco nunca pesa más de kilo y medio; no te protege el cráneo pero te acerca al peligro. Y ya sabemos lo que pasa cuando hay riesgo.

No me vengan con vainas de ciudades humanas y seguridad urbana, aquí el cartel de taxi sobre el pecho de la moto era una respuesta previsible, casi automática, una obviedad en gestación, más fácil que planificar nuevas rutas o construir autopistas. Supongo que no es exclusividad venezolana y que dos horas de cola (atasco, tráfico, trancón) para recorrer cuatro kilómetros no sorprenden a nadie en Sao Paulo, Roma, México DF o Estambul.


Pero en esos lugares -como acá- también hay gente que se mueve sólo frente al aire acondicionado. Huyen si ven un tumulto en el Metro y no tocan las barandas de los autobuses por temor a la infección. Para ellos el mototaxi es poco menos que una nave espacial.

Aquí dejo de cierre el trayecto más suave de un servicio que atravesó dos avenidas y siete calles en ocho minutos. Y solo por 10 mil bolívares.

En taxi hubiese tardado el triple y pagado el doble.

+ + +

4 comentarios:

kaori dijo...

Yo lo sé,
yo lo viví.

Aimée dijo...

Lástima que no nos vimos, será para la próxima mi querido Leito.
De igual forma me mantengo al tanto de tus andanzas por medio de tu blog.

Te he dicho alguna vez te quiero?

Leo Felipe Campos dijo...

¿Reconozco en esas dos líneas una canción de Karina, Kaori, kerida? Abrazos.

+ + +

Aimée, mucho me temo que nunca me lo has dicho, o al menos no que yo recuerde con ese nombre. Pero saber que me sigues y que has dejado esa pregunta por escrito es ya para mí algo significativo. Para ti, también un abrazote.

Amada dijo...

Ay Leito!