lunes, 23 de abril de 2007

La opinión, ese asunto esquizofrénico entre el Egoísmo de Dr. Jeckyll y la necedad de Mr. Hyde.

Esto lo escribí para la Feria del Libro de Bogotá, allí compartí una mesa con Eloi Yagüe y Hector Bujanda. Por supuesto, lo de ellos estuvo mejor, pero casi nadie lo notó: había pocos (o poquísimos) asistentes.

No por eso posteo el material acá. Lo hago porque soy tan engreído que me tomo la licencia para hablar de temas tan gruesos como este: "Periodismo y literatura en Venezuela. Nuevas propuestas".


No existe algo como Nuevas Propuestas para el Periodismo y la literatura en Venezuela.

Hubo un gran periodismo y una grandísima literatura que se hizo, estamos claros (no voy a nombrar autores como si los hubiese leído a todos desde Shakespiare hasta Borges o desde Capote hasta José Roberto Duque, por nombrar a uno de la casa), y otro gran periodismo y otra grandísima literatura que está por hacerse, y que no se está haciendo. O que al menos yo en Venezuela no veo en este momento.

Lo segundo que creo: las universidades no están resolviendo el problema del periodismo; por lo tanto el periodismo no es un asunto de cátedras, y me disculpan el silogismo.

Lo tercero que creo: no muchos se preocupan por explicar el presente y anticiparse al futuro, como dice Robert Kaplan, periodista estadounidense: Son pocos los que están pendientes de hacer una vívida comprensión de la historia local y la cultura y hablar desde los apuntes, el descubrimiento, la impresión en solitario, la primera mano, esa lectura que se asemeja más a la literatura de viajes y que no está tan preocupada por debatir con la escasez de tiempo porque sabe que ni el periodismo ni la literatura son temas reales, sino medios para llegar a ellos.

Lo cuarto que creo, que debería haber sido lo primero pero qué importa: para hablar de nuevas propuestas hay que hablar de rupturas, miradas alternas, posibilidades remotas o desconocidas (y esto parte, por supuesto, desde antes de sentar las nalgas para escribir, desde las ganas de contar la historia y buscarle una estructura al relato). También, claro, algo que tiene que ver con el futuro, el misterio y la experimentación.

Ahora, -esto es lo quinto que creo y de aquí en adelante voy a dejar de enumerar- decir que no hay nuevas propuestas no implica una derrota o una tristeza. Puede ser un error pero no es un comentario pesimista. Una nueva propuesta no es mejor por ser nueva, eso está claro. Mejor es tener conciencia.

Cuando los héroes del mundo clásico (los perfectos, íntegros y coherentes) dejaron de existir desde ese punto de vista único y superior, verdaderos y bellos, o verdaderos y por tanto bellos, o bellos y por tanto verdaderos; nacieron los héroes modernos: personajes. Ineptos. Descompuestos.

A mí me gustan más los modernos, pero sé que no son mejores. Y en el juego del tiempo, unos y otros, vistos como propuestas, están allí a la caza de sacudir existencias. O de ilusionar y herir. Pero se diferencian, hay un quiebre. Un nuevo punto y una nueva mirada.

Podemos hablar de intenciones y fidelidades. De interrupciones. De la distancia de la reflexión. Del periodista como el eje central de la historia y de la historia como un universo particular. De la novela como una polifonía y del mundo periodístico como una polifonía excesiva de voces que casi son ruido y en la cual estamos jugando (y a mí parecer estamos perdiendo). De la vigilancia periodística y el compromiso con algo que a cuenta de nada nos viene a importar: la vida ajena. Del que escribe y el que comercia.

Pero prefiero hablar del egoísmo y la necedad. Eso me parece más significativo.

El egoísta detrás de las letras es el que sólo se preocupa por dejar una obra y tiene fe, sobre todo, en que su nombre es lo más importante. Sabe que ese es su patrimonio. Que su nombre marcará el futuro como referencia de un espacio público, que puede ser mínimo, sí, pero no pasar desapercibido, o al menos no ante sus ojos, y que eso forma parte del conocimiento y la historia. El egoísta es un tipo (o una dama, dulce ella, refinada, pero también directa y sagaz) que sabe desmarcarse de corrientes establecidas o necesita hacerlo para no verse acompañado, a menos que tenga segundas intenciones.

También sabe el egoísta que su nombre depende de su trabajo y que alguien en crisis puede vivir sin pan pero no sin esperanza, lo que le lleva a creer que su nombre (que depende de su trabajo, que son sus letras) es o será esa esperanza. Un egoísta cree que el lenguaje es al mismo tiempo velocidad y solución ética. Que es necesario ser atrevido y molesto, pero sobre todo compacto. Claro. Que para que alguien (y en este caso hablar de alguien es hablar de todos los que posiblemente vayan a tener contacto con él, o con su trabajo que son sus letras), para que alguien tenga esperanzas en él, debe primero confiar en él.

Ese gasto casi mesiánico frente a la pantalla de la computadora (a veces también frente al espejo) puede llegar a ser agotador, pero al egoísta le gusta. Él lo disfruta y se lo cree. Sabe que no puede ser aburrido. Que el conocimiento es poder. Que la gran obra depende de él y que los lectores de historias, o los lectores que buscan historias, por sádicos, curiosos, masoquistas o cultivadores (ficción – no ficción) no son estúpidos si lo buscan a él. O a ella vestida de esa palabra única y maravillosa. A ella–él como un universo y una verdad. O al menos una posibilidad.

Pero eso sí, una cosa es un consumidor y otra un lector. Una cosa es un periódico y otra un suplemento. Una cosa es una fórmula y otra una novela. Una cosa es creerse egoísta y otra es tener el tiempo y los cojones para serlo. Porque él, ella, atado o atada a ese egoísmo, sabe que por más que los héores pueden ser ineptos o descompuestos; él–ella es lo mejor de este mundo y tiene que hacer algo con eso. Lo que nos lleva a La Necedad (y lamentablemente para efectos de esta lectura, también más hacia el periodismo):

En Venezuela ha existido una tensión tirante entre medios y escritores que, o bien aferrándose a la idea de la imparcialidad o bien tomando posiciones favorables o contrarias al gobierno, terminan haciendo lo mismo: muy poco. Grandes titulares, la agenda del día y espacios en papel que se parecen cada vez más al cartón piedra de los programas de televisión. El combo está definido:

Declaraciones de los poderosos de turno, viva Chávez o muera Chávez, la hamburguesa.

Ronaldinho, Messí y Eto´o; las papitas.

Britney Spears y su cabeza rapada; el refresco. Light, por supuesto.

En medio de todo eso está la necedad de pensar en el otro. En algunas historias mínimas de esa gente común que suele estar en un segundo plano. No el segundo plano de la foto del negrito pobre y desnutrido con los dientes picados que siempre asegura un premio; sino el segundo plano de las historias cotidianas que definen una forma de ser y nos acercan a un ejercicio permanente de inquietud y libertad que muy poco tienen que ver con el ejercicio del poder.

Como dice Martín Caparrós, cronista y novelista argentino, graduado en historia: “el periodismo mira siempre al poder. El que no es rico o famoso o rico y famoso o tetona o futbolista tiene, para salir en los papeles, la única opción de la catástrofe: distintas formas de la muerte. Sin desastre, la población que es mayoría no puede ser noticia. La información consiste en decirle a muchísima gente qué le pasa a muy poca: la que tiene el poder”.

Esa necedad de oficio nos lleva a repetir algo hasta la saciedad como si existiera un deseo de venganza, algo que le leí hace poco a Leila Guerriero, también argentina, periodista y editora: que hay una confusión que los mismos periodistas alimentan y que ha contribuido a sobrevaluar el rol del periodismo de investigación o de denuncia, al punto de transformarlo en el único periodismo serio posible.

El hombre necio (ya saben, también cabe la mujer necia: tozuda, pero sagaz y elegante y refinada y muy sensible) cree que los demás son importantes y que la penumbra de esas vidas que parecen no ocurrir pueden revelarse entre persianas: abrir compuertas para mirar desde otras ópticas. Construir paraliteratura; un no arte del periodismo; literatura popular a partir del testimonio.

Cultura de masas, sí; y juegos o más que juegos resultados de la acción política, también; pero sobre todo ese contrapeso que primero escucha, mira, fija, imagina, se enamora, advierte los márgenes necesarios y se suelta a escribir como bailar con los ojos cerrados una canción que habla como lo hace la mayoría de la gente, y se comporta como lo hace la mayoría de la gente, y tiene las virtudes y los humores de la mayoría de la gente, y se atreve a ir hasta el principio de las cosas: amor, ambición, sexo, violencia, y sabe que no por eso es mejor, pero sí un retrato digno que apunta adonde debe.

El necio, pobrecito, tiene vocación y cree que así se ayuda a sí mismo y ayuda a la gente (la gente son los demás) y que eso es determinante. Que la suma –breve, aunque sustanciosa- de esas historias –lugares, personas, obras- puede llegar a presentar un resumen más exacto y justo del estado de las cosas. Y que eso es esencial y genuino. Algo Casi Fulminante.

Ser necio y egoísta, o ser necio pero sobre todo egoísta puede llegar a convertir a alguien en un buen periodista y un buen novelista o un gran poeta sin necesidad de recurrir a la propuesta nueva como un fin.

Para cerrar, lo último que creo es algo que ata el título de esta mesa a lo que quizá se pretendía que yo dijera; algo que si no me equivoco lo escribió Robin George Collingwood (según averigüé en Internet, un filósofo británico que era increíble hablando de estética y filosofía de la historia) algo que creo es una cita que hace Susana Rotker en las primeras páginas de su libro “La invención de la crónica”, algo que dice algo así: A causa de los cambios en la historia interna de la literatura (métodos, premisas de variación e interpretación, suma de conocimientos) que no cesan jamás; cada nueva generación tiene que reescribir la historia a su manera, por ello, cada presente tiene un pasado que le es propio. Y toda historia es opinión. Esa historia, puede llegar a ser ese asunto esquizofrénico entre el Egoísmo de Dr. Jeckyll y la necedad de Mr. Hyde.

2 comentarios:

Sinar Alvarado dijo...

amigo campos, le corrijo un gazapo: martín caparrós -cronista, novelista, graduado en historia- es argentino; porteño, para ser más precisos con la geografía. modelo 57. un abrazo.

Leo Felipe Campos dijo...

Gracias, hombre. Corregido el error. Obvié lo de porteño por parecerme algo regionalista, y lo del modelo 57 porque ese detalle me empujaba a otras modificaciones. Ya sabes, soy medio flojo.
Por otro lado, qué bueno que alguien llegara hasta ese párrafo, las veces que yo he intentado leer esto otra vez lo abandono un poquito antes de la mitad.
Un abrazo, mi pana.
Pd.- Te seguí en Bogotá antes de venirme a Caracas, una noche en la que se suponía que estabas con el Chang, pero no los vi. Y eso que la pista se veía repleta.