lunes, 1 de diciembre de 2008

Yo toqué la guitarra de Billy Corgan

Ya salió la tercera edición de la revista Ojo, editada por la estudiante universitaria más hermosa entre todas las madres, y viceversa: Verónica Ruiz del Vizo. Ajá, sí, mi esposa. ¿Y? La publicación se hace con la colaboración de un poco de chamos que trabajan por gusto y el resultado es contundente: 90 páginas de buenas lecturas y el diseño marca Negro TM. Producen eventos pequeños y mueven gente para bailar sin música, para beber, para comer pescado crudo... tema de otro post. Acá leerán una crónica de esa tercera edición, escrita en primera persona por Korangel Bueno. Salud.



Luego de haber paseado la tarde de aquél primero de agosto del 98 en Lord & Taylor, mi tía y su amiga Nitia se dieron cuenta de que ya era hora de volver a casa: a las ocho de la noche acompañarían a mi prima Gauri al concierto de una de las bandas del momento; The Smashing Pumpkins, en el Radio City Music Hall. Apenas llegamos, me obligaron a tomar el baño más rápido de mi vida. Vista la emoción y la expectativa que despertaba el evento, me vestí estrenando una camisa.

Tomamos un tren rumbo a Manhattan. Cuando atravesamos la entrada del Radio City, ya había comenzado el concierto. Según mi prima, iban por la tercera canción. Nuestros asientos quedaban lejos de la tarima, en la fila N. Yo sentía una emoción inexplicable, pero no entendía por qué; después de todo, no conocía tanto a la banda y era la primera vez que los veía en acción, aunque sí sabía de la existencia de Billy Corgan, gracias a Gauri, mi prima. Ella lo amaba con locura, coleccionaba sus fotos, le reservaba los portarretratos más costosos y los mejores espacios de su cuarto, se sabía su vida entera, y ni hablar de los CD… los tenía todos.

Sin embargo, ahora que lo pienso, me resulta curioso que me hablara tan poco de sus discos ese día. Comienzo a creer que, a propósito, quería dejar todo a mi criterio.

En pleno concierto Gauri sacó lápiz y papel –no sé de dónde– y comenzó a escribir algo parecido a una carta, con una letra espantosa y grande, apoyándose en sus rodillas. Yo la observaba mientras disfrutaba el espectáculo. Me dio su misterioso escrito y me empujó hacia adelante, cada vez más cerca de la tarima, para buscar alguna forma de dársela a Billy. Sí, Billy es Billy Corgan. Bajé por un largo pasillo sin preguntar, entre un montón de gente y bastante confundida. Me detuve algunos minutos a observar, hasta que me habló una mujer uniformada. Yo no entendía lo que me decía. Mi prima se acercó. Hablaron. No sé sobre qué, pero fue tan determinante que la mujer me puso en primera fila. ¡Podía tocar la tarima y veía a los Smashing tan perfectamente que no lo podía creer! Al rato le permitieron a mi prima estar junto a mí.

Ya estaba terminando el concierto y Gauri me gritaba al oído que saltara, que le mostrara la carta a Billy, que se la diera. Yo estaba cansada de tanto brincar, pero seguí intentando. Finalmente, lo increñible: Billy me vio e hizo algunas señas.

No esperé más de tres canciones, Billy estiró su brazo para “tomar la carta”, pero me llevó con todo y papel hasta la tarima. Fue tan rápido que no tuve tiempo de pensar en lo que estaba sintiendo. Me colgó su guitarra eléctrica, que me llegaba casi a los tobillos, la ajustó y me dio su uña. Sí, su uña. Levanté la cara hacia al público y sonreí de tal manera que me dolían los cachetes. Vi a mi prima que me gritaba “tócala, tócala, tócala, tócala. Muévete, muévete, muévete”. Comencé a tocar como si supiera las melodías. Al mismo tiempo, Billy subía a otras personas del público para que tocaran el bajo de D’arcy, la guitarra de James Iha y la batería de Jimmy Chamberlin. El salón se caía. El público estaba eufórico. Los que estábamos arriba, ¿cómo describirlo? Moríamos mientras hacíamos un escándalo.

Lean a continuación: Los Smashing Pumpkins se despidieron dejándonos cerrar el espectáculo. Se acercó a mí un hombre enorme que tomó la guitarra, y me dejó la uña de Billy, y también una de D’arcy. Gauri, mi prima, me ayudó a bajar del escenario. Estaba como loca de la alegría. Le di la uña de Billy y caminamos para salir del lugar.

Estábamos buscando a nuestras madres para irnos cuando se nos acercó un chico con una radio en la mano, y le habló a mi prima. Yo, sin entender, sólo observé los gestos de shock y emoción de Gauri. Su boca abierta. Le pregunté qué pasaba y me contestó que Billy Corgan quería vernos y que el chico nos llevaría con él. Caminamos por la calle hacia una puerta lateral del Music Hall; la gente nos veía y gritaba. Subimos por un ascensor y llegamos a un piso iluminado, lleno de gente. El chico nos dejó en el cuarto donde Billy nos recibió calurosamente, habló un rato con mi prima, que se reía nerviosa y decía de todo. Yo atendía en silencio. De repente, D’arcy me pasó por un lado con su blusa negra transparente, y me impresionó mucho.

Billy habló con nosotras. Mi prima le contó algo sobre mí porque ambos me vieron y él se agachó para decirme “hola”, colocando sus manos en mis hombros; yo seguía sonriendo. Quisimos tomarnos fotos, pero la cámara de Gauri se atoró. Algo tenía que salir mal, dijo suspirando en perfecto castellano. Billy nos firmó autógrafos en varias hojas e intentó decirme frases en español. Luego nos despidieron amablemente y salimos del edificio. Nuestras madres nos recibieron desesperadas, haciéndonos millones de preguntas.

Compramos camisas del concierto a un inválido que estaba en la calle, y un chico se nos acercó prometiéndonos que nos vendería un video del show, grabado por él. Le pedimos su teléfono y al mes tuvimos el material prometido, que junto al autógrafo de Billy, el ticket de entrada, la uña de D’arcy y unas fotos que incluía el video, se suma a las pruebas. Todo fue real.

Sobre la carta, a estas alturas desconozco si Gauri especificó quién la había escrito, pero lo cierto es que una pequeña venezolana de tan sólo once años fue el gancho perfecto para sensibilizar el lado humano que caracteriza a Billy Corgan: el texto, escrito en primera persona y dirigido a él, decía que “tenía cáncer, que el sueño de mi vida era conocerlo y que había acudido de muy lejos sólo para poder verlo”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gustó, pero siento un poco despectivo que haya dicho que le compró las camisas a un inválido. Sé que no es la intención, pero a veces puede sonar mal.
¿Era necesario decir que era inválido? ¿Le aporta algo contundente?
No me parece, pero bueno... Excelente historia.

Korangel Bueno G. dijo...

La idea de decir que el vendedor era inválido es para ilustrar los acontecimientos ofreciendo la mayoría de detalles posibles. En Estados Unidos la condición de inválido es respetada por las leyes y no se discrimina a un vendedor por ello, especialmente en NYC. Entiendo que haya personas que al escuchar ese adjetivo se sientan ofendidos, pero como todo, depende del contexto y de cómo lo quiera tomar cada quién.
Muchas gracias por tu comentario.