martes, 10 de abril de 2007

Aquéllos días de abril

Está por salir (esta semana) Del 11 al 13. Testimonios y grandes historias mínimas de abril de 2002, un libro editado y presentado por Fundarte que recoge una serie de testimonios sobre los sucesos ocurridos en Caracas hace cinco años. La investigación la hizo José Roberto Duque. Se supone que los entrevistados son "gente de pueblo que, fuera de los predios oficiales y desde diferentes perspectivas políticas, fue protagonista en la calle de tan agitados días".

Yo soy uno de esos entrevistados y, aunque me asalta la duda sobre si soy "de pueblo" o "protagonista" de alguna vaina que no sean mis reiterados naufragios, anticipo que el respeto y profesionalismo del Duque son inapelables. Incluso, omitió algunas vainas dizque para protegerme, no fuera a pensar la gente que soy chavista (no lo soy), egocentrista (sí lo soy) o machista (sí, también).

Por último, está claro que además del juego de memoria histórica contemporánea para Caracas hay otro político. A favor del gobierno. Y no me importa. El pana me preguntó y yo le respondí con gusto. Aquí va parte de esa larga cháchara, si lo pongo completo no lo lee ni mi vieja (las imágenes no son del libro, las robé de Internet para que se vea menos largo el testimonio):

MIS DÍAS COMO CARNE DE CAÑÓN

¿Mi posición ante Chávez y el chavismo? Yo no soy chavista. No puedo serlo. No creo que esto sea un gobierno revolucionario. Siento que, en efecto, hay una dimensión del país donde están ocurriendo cambios que se pudieran llamar revolucionarios, en algunos barrios, en algunos pueblitos, pero esa dimensión no ha tocado a las mayorías. En lo que me toca de cerca, como ciudadano, no percibo cambios desde hace diez años para acá.

...Aspirar a que los hospitales funcionen, que las vías estén transitables y que el hampa no te mate no es ser de derecha o de izquierda, es tener una aspiración básica, querer vivir en un país habitable.


LAS GUARDIAS EXTRAORDINARIAS

Entre diciembre de 2001 y abril de 2002 me tocó cubrir varias de esas concentraciones o manifestaciones. Debo aclarar antes que yo nunca fui y creo que nunca iré por decisión propia a una de esas movilizaciones, ni a favor ni en contra del Gobierno. Asistí a un par porque era una obligación de trabajo...

...Más o menos ese ánimo y esa visión de las cosas tenía yo cuando se produce el anuncio presidencial del domingo 7 de abril, de botar al poco de gerentes de Pdvsa; la rueda de prensa del día 8, donde se anuncia el paro nacional, y las movilizaciones del 9 de abril y los días siguientes.

El lunes 8 nos avisan que hay guardia y que hay que llegar al día siguiente a las cinco de la mañana, porque había guardias extraordinarias, todo el equipo periodístico tenía que activarse en una jornada extraordinaria. Recuerdo que justo ese día me fui a celebrar la graduación de un compañero en la noche, y la rumba terminó a las cuatro y media de la mañana. Por supuesto, no llegué a las cinco sino a las ocho. Así que empecé mal el paro. Mi jefa se arrechó, con toda razón, pero yo me defendí diciendo que estaba llegando a mi hora habitual de trabajo, que eran las 8 en punto. Me pasó por la mente responderle que, como había llamado a paro y yo lo apoyaba, no tenía que ir a trabajar, pero no lo dije, la cosa servía nada más como chiste de pasillo. Ella tenía problemas conmigo porque opinaba que yo era borracho e irresponsable, también con toda razón.

Después de dos o tres días de trabajo mecánico, esas largas horas en que uno sabía que estaba pasando algo en el país pero no había forma de procesarlo ni de preparar un plan de acción, porque el trabajo era un asunto automático, uno comienza a colapsar, a agotarse en demasía, física y mentalmente. A mí me llegaban de pronto con unos cassettes, en formato DVC Pro, y revisar unas intervenciones larguísimas de una cantidad de gente, porque había que hacer silentes de 30 segundos, segmentos escogidos por uno mismo para ser transmitidos. Trabajando en eso entendí por qué hay tanta gente que se queja diciendo que equis periodista tergiversó unas declaraciones o que “no dijo eso”. Claro, si tú te tiras un discurso de hora y media y de ahí el canal tiene que seleccionar 30 segundos, nunca va a verse reflejado lo que el declarante dijo. Eso es imposible...


PANTALLAS DIVIDIDAS

Llega el día 11 y el ambiente de trabajo era insostenible, yo creo que no sólo para los trabajadores sino para los televidentes. RCTV pretendió en esos días pasar de tener una programación informativa de tres horas a una de 24 horas. Eso lo único que genera es agotamiento interno, exceso de información y de declaraciones, mucho ruido y al final un vacío. Tantas voces juntas terminan no diciendo nada. Nadie puede conservar la cabeza fresca después de todo un día escuchando y procesando las declaraciones de un gentío, desde Pablo Medina hasta Alfredo Peña, pasando por Carlos Ortega y cuanto alcalde de cualquier pueblo de Monagas quisiera venir a decir algo contra Chávez. Y al espectador también se le agota, pues de tener un Globovisión pasó a tener cuatro.


Así que llega el día de la marcha y empiezan a producirse rumores. Yo estaba, como todos esos días, pegado de unos monitores, pero oía lo que se decía: que había temor de que ocurriera lo del 27 de febrero por la cantidad de gente que había en la calle, que un mal manejo de la información podía producir efectos graves y situaciones que nadie iba a poder controlar.


Empiezan a llegar imágenes sorprendentes de la marcha, que ya habían desviado desde Chuao hacia Miraflores. De pronto aparece el Presidente dando una cadena y la gente en el canal se empezó a indignar, “Otra vez nos clavó una cadena”, decían. Si mal no recuerdo, creo que el primer canal que dividió la pantalla, para pasar a Chávez en un lado y la marcha por el otro, fue Televén. En la sala había cinco televisores; empezó un grupito de gente a decirles a los directivos, “Cobardes”, les gritaban, “Partan esa pantalla”. Supongo que se produjo un acuerdo entre todos los canales y entonces todas las pantallas aparecieron divididas.


A esas alturas de la crisis nadie, al menos entre los trabajadores, hablaba de golpe de Estado. En algún momento empecé a ver que llegaban militares, seguramente algunos conocidos y de alto rango. Yo no reconocía a ninguno porque no me interesan los militares ni como fuente ni como nada; llegaba un tipo de uniforme blanco y yo no sabía si eso era la Naval o la Aviación, pero lo único que estaba claro ahí era que la vaina estaba jodida, sólo eso. Y en efecto, empiezan a llegar las primeras noticias graves: la muerte de Tortoza, la del otro muchacho a quien cubrieron con una bandera. El rumor general en todo el canal era que Chávez estaba asesinando al pueblo, y por supuesto la gente se lo creía, incluyéndome. Decidimos que había que seguir trabajando, procesando material audiovisual. Éramos casi unas maquinitas de escoger imágenes y audio que iban a ser transmitidos.


Yo vivía muy cerca de RCTV, a unas cuatro cuadras del canal, y por esa razón era de los últimos que se iban. Esa noche monté noticias hasta las 10 ó 10:30. Lo último que recuerdo de la jornada del 11 de abril fue la presencia de un militar que estaba por reunirse con Sapene. El hombre estaba hablando por un celular. A cada rato decía: “Se jodió. Y mire que tratamos de hablar con él. Ahora se jodió. Ahora que entregue el mando”. No me costó mucho entender que estaba hablando de Chávez.


EL PUEBLO INFORMA; EL PERIODISTA ESCUCHA

...Nada que se hablaba todavía de golpe de Estado: el enunciado del chisme decía que el hombre se asustó, que no aguantó la presión y renunció. Había, sí, la sensación de que no estaba claro lo que había pasado en la avenida Baralt. Eso de que habían matado a una gente y que se hablara de francotiradores, pero los militares no decían quiénes eran esos francotiradores, era algo que no encajaba ahí. Era algo que olía raro pero todo el mundo se conformó fue con el final de la historia, que Chávez ya no estaba en Miraflores.


Vinieron entonces los allanamientos del 12, el momento de los coscorrones contra Rodríguez Chacín. Esto me pareció bien, pero no porque fuera un triunfo o un acto de justicia de la oposición, que no lo era, sino que una gente de a pie se sentía enardecida contra los poderosos y en lo que vieron a un ministro se desahogó metiéndole unos coscorrones, debo confesar que eso lo disfruté. Después ya no me pareció nada sano porque estaba claro que era una cacería de brujas. El canal se dedicó todo ese día a transmitir también el acoso a la casa de Tarek, a la embajada de Cuba, y dos o tres sucesos más. Todos los reporteros estaban dedicados a esos sucesos. Y, por supuesto, el show de Carmona en Miraflores...



...Yo me vine a enterar de lo que está pasando en varias zonas del país después de las seis de la tarde, en una conversación que escuché en una camioneta por puesto.

A esa hora, bastante temprano y después de un día relativamente suave de trabajo, tomo una camioneta en la avenida Baralt para visitar a mi mamá en la avenida Victoria, y allí se forma una discusión entre un señor que está celebrando la caída de Chávez y una señora que le responde, casi histérica, que los canales de televisión son un asco porque no están transmitiendo los saqueos. Me sobresalté porque hasta ese momento yo no había oído hablar de saqueos o disturbios, y me entero por boca de la señora de que hubo protestas en casi toda Caracas y en Guarenas. “Yo estuve esperando que aparecieran las cámaras y no llegaron nunca”, gritaba la doña. Llego a casa de mi vieja, veo un rato la televisión y sólo veo el desfile de declarantes: otra vez Lameda, otra vez Camacho Kairuz, los tipos que estaban de moda. Estuve conversando un rato con mi vieja y me fui a acostar. Fastidiado porque me tocaba guardia otra vez al día siguiente, 13 de abril...


LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TRANSMITIDA

Llego al canal temprano...

...De repente, como a las once de la mañana, se me acerca uno de los reporteros, el que cubría la fuente militar, con quien yo tenía buena amistad y mucha confianza. Me llama aparte y me dice: “Mire panita, Chávez vuelve hoy a Miraflores. Es más, Chávez ya volvió”. No recuerdo la hora exacta, pero estoy seguro de que era antes de mediodía, y este pana me aseguraba que lo sabía por una fuente de primera. Me lo cuenta además con unos detalles que todo el mundo supo mucho más tarde o al día siguiente: que Chávez estaba en La Orchila, que la Brigada de Paracaidistas estaba alzada, que había unos movimientos en Fuerte Tiuna. Así que no era un rumor sino una noticia confirmada. Le pregunté: “¿Vas a sacar eso?”. Y él me responde: “No, cómo voy a sacarlo sin imágenes”.

Unos minutos después de decirme esto el amigo tiene un problema con los jefes. Esto fue a mediodía. Yo lo veo salir muy molesto de la Gerencia de Información y me le voy atrás, a acompañarlo para el estacionamiento. Cuando salimos a la calle vemos que hay un tipo en las afueras del canal, golpeando un poste con una llave de cruz, y eso hacía un ruido ensordecedor; tanto, que no pude hablar con el compañero sino hasta que nos alejamos un poco. Le pregunté qué había pasado.

--Nada. Que me voy de esta mierda.
--Pero qué pasó, ¿renunciaste?
--Todavía no sé si voy a renunciar, pero hoy no voy a trabajar. Si quieren que me boten. Después te cuento.

El amigo se montó en su carro y se fue. Nunca me dijo qué había pasado y nunca lo confirmé con él, pero yo lo relacioné enseguida con la noticia que me acababa de dar.

Cuando vengo de regreso al canal veo que el tipo que golpeaba el poste no está solo, que había como ocho en total haciendo lo mismo, golpeando postes y objetos, haciendo bulla. Pensé: “Lo que falta es esto, que se prenda una coñaza aquí afuera”. Entro a la redacción y escucho por primera vez dos órdenes que vienen de arriba, o más bien una orden compuesta de dos elementos:

1) El canal no transmite nada hasta que Sapene lo firme.
2) En el país no está pasando nada anormal. Todo está en orden.

La primera reacción de algunos redactores, entre ellos yo mismo y la muchacha con quien estaba medio empatado, fue de rechazo. Dije en voz alta: “Mire, compadre, yo no soy chavista pero tampoco soy güevón. Yo voy a revisar de arriba abajo los casetes que me lleguen. Lo que yo vea ahí que me parezca noticioso lo voy a transmitir”. Los jefes de redacción quisieron aplacarnos con el cuento de que nosotros trabajábamos para una empresa, y nosotros les respondimos que por encima de eso éramos periodistas. Seguramente fue por eso que me dieron para procesar unos materiales que mandaron de San Cristóbal...


...Yo hoy lo veo así: había en la calle unas noticias tan grandes que no se podían ocultar, pero la directiva se empeñaba en ocultarlas. Sucede que llegan unas imágenes por cable, creo que de Telemundo. Era el reporte de una manifestación, un gentío que estaba manifestando a favor de Chávez en el centro de Caracas y en los alrededores de Miraflores. Fue cuando el rumor de los saqueos y protestas dejó de ser simple rumor, y entonces entendimos, con mucha arrechera la mayoría, que aquella orden de decir que el país estaba en orden, que todo estaba normal, era para ocultar esto. ¿Por qué nos mandaban a decir que todo estaba normal? Porque no estaba normal.

ATACAN LAS HORDAS

Se produce entonces la orden de ubicar a la reportera (asignada a Miraflores), porque ella y el camarógrafo que la acompañaba tenían, entre otros materiales, los preparativos de la toma de posesión de Carmona, que fue suspendida y los invitados tuvieron que huir de Miraflores y otros se quedaron ahí encerrados. Alguien le respondió que la reportera tuvo un problema, que habían tratado de agredirla. “Ajá, pero ¿dónde está ese material?”, volvió a preguntar Izarra, seguramente recordando que cada vez que a un reportero lo golpeaban o le gritaban el canal estaba transmitiendo ese material a los cinco minutos.

Un momento después aparece Diosdado Cabello dando unas declaraciones por CNN, en su condición de Presidente Constitucional en ausencia de Hugo Chávez (ya que él era el Vicepresidente de la República), en las cuales decía que había una situación que ya el Gobierno tenía bajo control. Fue entonces cuando Izarra se dirigió a la oficina de Eduardo Sapene...


...Me acerqué justo para ver el fin de la discusión de Izarra y Sapene. El primero le mostraba un casete y le decía “Este material tiene que salir”, y el otro decía que no se podía. En eso estuvieron un rato hasta que Sapene gritó “Bueno, ultimadamente, aquí yo soy el jefe”. Izarra batió el casete y se marchó. Era la segunda persona que se retiraba furiosa del canal el mismo día. Algo andaba muy mal. Pero como el canal no estaba transmitiendo noticias me decidí a ver qué era lo que tenía el maldito casete de San Cristóbal. Lo revisé completo y aquello daba risa de lo pueril: imágenes de una plaza, unos ancianos en una panadería diciendo que estaban contentos porque había nuevo presidente. El país estaba estremeciéndose otra vez y yo ocupado procesando imágenes de unos carajitos echándoles cotufas a las palomas en la plaza Bolívar de San Cristóbal...

Estaba en eso, cuando de pronto entró corriendo una mujer que trabajaba allí, gritando a todo pulmón: “¡Entraron los Círculos Bolivarianos! ¡Entraron los Círculos Bolivarianos!”, y se produjo la estampida. Aquello era un gentío lanzándose debajo de los escritorios, otros chocando entre sí, atropellándose, las mujeres gritando enloquecidas, toda una escena de pánico. Mi impulso inicial, bajado de la nube en que estaba, con la mente puesta en la plaza y los niños y los viejos en la panadería de San Cristóbal, fue coger un termo de café, un radio que estaba puesto allí y que nadie usaba, y salir a ver con qué me encontraba en los pasillos.

Salí de la sala de redacción y me encontré con un viejo trabajador del canal, un caballero muy querido, pero sicológicamente muy frágil. Estaba llorando desesperadamente, diciendo “Nos van a matar a todos, nos van a matar”. Traté de calmarlo, le propuse que se refugiara en un lugar que le indiqué, ahí mismo dentro del edificio, y me fui acercando hacia la puerta, pensando con preocupación en mi compañera de trabajo y de amoríos. A medida que avanzaba iba sintiendo unos gritos y unos golpes. Cuando llego y me asomo a la recepción, es decir, el lobby que da a la entrada principal, me encontré con otra escena de esas que no se me podrán olvidar más nunca.
Del lado de afuera, un cojonal de gente con franelas rojas y un tipo dándole con una mandarria a los cristales blindados de la fachada principal.

Y del lado de adentro, la apoteosis: dos camarógrafos haciendo tomas y dos vigilantes, par de güevones, apuntando hacia la entrada con una manguera contra incendios.

Pensamiento del día: “Bueno Leo, ahora sí te jodiste”.

A lo lejos vi dos rostros conocidos: Freddy Bernal y Eliécer Otaiza.


MIEDO AL CUERO

Segundo pensamiento del día: estos tipos llevan una semana planificando un golpe de Estado. Llevan una semana explotándonos, nos tienen trabajando quince horas diarias. Están avisados de que los Círculos van a ir al canal, y son incapaces de organizar un plan B para evacuar el edificio a la hora de una contingencia. O al menos entrenar a alguien para la defensa, si es que llegaba el momento de defenderse. Señor: era una manguera contra incendios, que yo estoy seguro además de que no probaban en años y tal vez ni agua echaba esa mierda, y si echaba agua lo que iba lograr era hacer arrechar más a la gente de los Círculos si entraban, porque a nadie le gusta que lo mojen. Yo me sentía más seguro con mi termo de café que viendo a aquellos pobres hombres apuntando con la manguera...

...Al anochecer una de las jefas comienza a hacer y a recibir llamadas. Después de una de esas llamadas, anunció que había un acuerdo con el Gobierno. El canal debía sacar una de las cámaras y un reportero para que la gente concentrada afuera expresara su parecer, y en seguida se enviaban fuerzas de la Casa Militar para desalojar a los manifestantes. El canal cumplió, pero con un cintillo debajo de la pantalla que decía algo así como “Estas imágenes son transmitidas a petición del Gobierno”. Cosa que no debió dejar conforme a la otra parte, porque al rato se produjo otra llamada. Pude escuchar cuando la jefa exclamó: “¡Pero Jesse! Ya hicimos lo que pediste, ¿nos vas a obligar ahora a pegarnos a la señal del canal 8?”.


LOS INSURRECTOS, LOS CONSENTIDOS

Pero la historia para nosotros no terminó el 13, ni el 14 de abril.

...Cuando llego a trabajar, muy temprano... noté, al entrar en Prensa, que la sala estaba semidesierta. Yo era el único redactor y me querían poner a reportear; había dos editores, tres camarógrafos. Empecé a notar algo raro, otra vez, hasta que caí en cuenta: al no haber quien hiciera el trabajo del día, optaron por transmitir el material que se negaban a transmitir el 12 y 13.

Decidí entonces comunicarme con los compañeros que me habían dejado los mensajes, y enseguida me pusieron al tanto. “Sal de ahí rápido, vamos a reunirnos en el San Ignacio. Aquí estamos todos, tenemos que hablar”. Por supuesto, acaté el llamado y cuando iba saliendo la jefa se descompuso: “¿Qué está pasando? ¿Para dónde vas? ¿Qué se están tramando ustedes? ¿Nos quieren boicotear?”.

Sentí una satisfacción, una sensación de justicia muy de pinga: por primera vez había algo que los trabajadores sabíamos y que ellos ignoraban. Dejé a esa mujer gritando ahí y fui a encontrarme con la gente.
Al llegar al sitio de reunión, allí al aire libre y a la vista de todo el mundo, estaban todos los que no fueron a trabajar, que era la mayoría. La Gerencia de Información en pleno, excepto los jefes: camarógrafos, editores, redactores, reporteros, locutores, anclas. Todo el mundo. De pronto caímos en cuenta de que estábamos llamado la atención. Era un poco de gente, muchas caras conocidas y emblemáticas de RCTV, un lunes y después de aquellos sucesos, y decidimos movernos a un lugar cerrado. Nos fuimos al patio de una casa en Campo Alegre, y empezamos a hacer un balance.


Quien toma la palabra es un veterano locutor, cara visible del canal y por lo tanto alguien que tenía, además de mucha experiencia, mucho que perder. El hombre resumió en pocos minutos el sentimiento de todos: los directivos de ese canal sabían lo que estaba ocurriendo y nos utilizaron, arriesgaron nuestras vidas, nos manipularon como piezas importantes no como gente sino como elementos necesarios para unos fines ocultos, o ya no tanto. Y lo dijo con sus palabras un caballero que es casi patrimonio del canal, y no un guerrillero sino un señor antichavista hasta las cejas.


Esto les soltó la lengua a los demás. Cada quien intervino para hacer un reclamo y para fijar posición. Quedamos en que ahí íbamos a darle forma a un discurso único, una queja de toda el área de información a los gerentes. Estamos en eso cuando se aparece Andrés Izarra, a quien había que escuchar porque el hombre sabía cosas que nosotros no sabíamos, y nos terminó de confirmar las sospechas: habíamos sido utilizados como conejillos de Indias, como carne de cañón. Los directivos sabían desde temprano que Chávez regresaba y que estaba en vías de ser rescatado, y además sabían que los Círculos Bolivarianos iban a ir a las sedes de todos los canales. Y nos hizo una importante revelación: el Gobierno tuvo la delicadeza, desde temprano, de avisarles a todos los canales que los Círculos iban a ir de canal en canal, así que no era lógico ni prudente dejarnos ahí toda la tarde y la noche. ¿Dónde coño estaba Marcel Granier mientras la gente allá adentro era presa del pánico? ¿Por qué nos dejaron ahí sin decirnos lo que sabían que iba a ocurrir?

Mientras Izarra nos cuenta estas cosas la alta gerencia de RCTV llama a alguien que estaba en la reunión, y le dice que desean reunirse con nosotros para escuchar nuestras quejas y nuestras propuestas. Alguien propuso que renunciáramos en pleno, pero al final se impuso la idea de que eso no les creaba ningún problema a los gerentes, que en dos o tres semanas reclutarían gente nueva y salían del rollo. ¿Y la liquidación de 40 personas? Nada, eso no es un golpe para la chequera de un consorcio poderoso como ese. No cristalizó la propuesta de renunciar en cambote, e Izarra hizo su anuncio: “Bueno, compañeros, ya yo renuncié. Si esos señores vienen por ahí yo me marcho, porque yo no tengo nada que negociar con esa gente. Yo los invito a que no se vayan a dejar joder ni engatusar otra vez. Ellos van a venir mansitos pero al final el objetivo va a ser ensartarlos de nuevo”. Hubo un intento final por unificar unas exigencias para defenderlas delante de los directivos, pero al no ver avances Izarra se despidió y se fue...

6 comentarios:

Martín dijo...

Tremendo relato Leito, me siento satisfecho de por fin creer algo de todo lo que me han dicho, visto, oido y leido sobre el 11 de abril. Cuando se acerque la fecha de vuestro viaje a Buenos Aires (a conocer a la pequeña Evita Caterine) te pediré, aparte del ron que traerás con el Parra, el libro de Duque para leer la crónica completa.
Te mando un beso con amor, con mucho, pero mucho, amor.

Leo Felipe Campos dijo...

Gracias, querido. A riesgo de ser ingenuo, yo creo cualquier cosa de lo que me han dicho, visto, oído o leído sobre esos días. Casi todas, por atroces, románticas, cursis o abominables, deben ser ciertas. El libro no sé si me lo vaya a dar el Duque, pero si lo hace, prometo entregártelo a ti. A Eva le llevaremos algo más de pinga. Abrazo de los grandes.

JRD dijo...

Martín, no creas nada, toda esa mierda que me dijo Leo es mentira. La publiqué porque me dio lástima con el pobre tipo.

Leo, tengo un ejemplar pa ti. Los otros deberás comprarlos: 12 mil bolos allá en Fundarte.

Gracias a ambos por los comentarios.

Maito dijo...

Ya yo me lo temía, las fabulaciones de Leo bajo los efectos del ron ese de la tierra tan poético y etílico para beber.

Un beso

Leo Felipe Campos dijo...

Perro, me das el ejemplar la primera semana de mayo para verificar lo obvio: me metiste ahí porque sentiste pena, los demás testimonios sí tienen sentido.

Maito, yo me temo que siempre se teme algo cuando bebo.

Abrazos.

Anónimo dijo...

Yo, al igual que tu, creo cualquier cuento de esos días...Este no me lo sabía completo.